Películas de escritorio: el nacimiento de un género | Letras Libres
artículo no publicado

Películas de escritorio: el nacimiento de un género

En el cine de desktop la acción puede ocurrir parcialmente o en su totalidad dentro de una computadora. Aquí un recorrido por este subgénero y su mayor exponente hasta ahora, Unfriended, dirigida por Levan Gabradzie.

Hay un subgénero que tiene algunos años luchando por nacer. Su característica más notable es que sucede en la pantalla de una computadora; no vemos lo que sucede alrededor del escritorio ni vemos las manos teclear: vemos el cursor recorriendo la pantalla o las letras aparecer y formar oraciones o los rostros conversando desde skype o… En este cine la “cámara” sostenida por un camarógrafo tiende a desaparecer y a ser sustituida, si acaso, por la pequeña cámara que se encuentra encima del display en la mayoría de las computadoras y, si vemos rostros humanos, es gracias a que son tomados por otras cámaras de laptops o teléfonos. Son películas de escritorio porque ese es el gran set de su acción.

El cine de hackers y virus (malware) siempre ha tendido a mirar la pantalla aunque sea con encuadres ligeramente angulados. Para algunos el año 1995 marcó el nacimiento de la “paranoia cibernética” con películas como The net, Johnny Mnemonic, GoldenEye o Strange days. Naturalmente todas esas cintas incluían en algún punto a un personaje principal sentado ante una computadora y luego su punto de vista: la pantalla y lo que se desarrollaba en ella. Son películas de ‘especialidad’, digamos, ciberthrillers. También Hackers es de 1995; ahí hay representaciones de escritorio incipientes pero genuinas:

e incipientes pero descabelladas:

(Así se veían los adentros de internet en 1995, según esto.)

Tienes un email es de 1998 y fue la introducción más notable a las curiosidades de la infancia de internet para el “gran público” de Hollywood: los aficionados a la comedia romántica. Fuera de la ciencia ficción y los ciberthrillers, rara vez (acaso nunca) dos protagonistas habían pasado tanto tiempo mirando una pantalla. Es notable que los intercambios de email eran una novedad relativa. Hay marcas de ello. Por ejemplo, cuando la cámara se concentra en lo que pasa en la pantalla de la laptop –algo muy básico: letras apareciendo en mensajes de correo electrónico o en el chat de AOL– los personajes dicen en voz alta lo que están escribiendo. Es muy probable que, ante la novedad, la maquinaria hollywoodense recurriera a una de sus herramientas favoritas: la redundancia. En esta escena, por ejemplo:

 

Siempre en busca de bajar costos y muchas veces en busca de subirle a la tensión explorando tecnologías caseras, el cine de horror found footage encontró pronto una veta de interés en los desktops, incluso antes de la aparición de Skype (2003) y YouTube (2005), dos herramientas que terminaron por darle forma a la estética de buena parte del cine de horror contemporáneo. Ya The Collingswood story, realizada por Mike Constanza en 2002 con dos dólares de los de entonces, sucede casi completamente en intercambios de “videollamadas” por internet a través de un software ficticio llamado Dekko:

The Collingswood story es también producto de la paranoia cibernética: aquí, internet mismo está poblado de entes malignos, oscuros. El medio es parte de la maldición que va revelándose a la protagonista, Rebecca, en conversaciones con su novio Johnny. La estructura es muy similar a la de ‘The sick thing that happened to Emily when she was younger’, segmento dirigido por Joe Swanberg para la primera V/H/S (2012). Aquí, Emily cree habitar una casa embrujada (a Rebecca en Collingswood se le revela que habita una casa con un pasado mortífero) mientras su novio, James, la conforta en Skype desde el otro lado de Estados Unidos. Una notable diferencia está en el compromiso formal. Collingswood es un ejemplar muy temprano del subgénero –si es que existe este subgénero–: hay varias cámaras, a veces encendidas “injustificadamente”, varios planos, etcétera. La forma de Emily es casi radical en que la “cámara” siempre está colocada hacia el escritorio. Salvo el último minuto, sucede completamente en el desktop de la protagonista. Ahí están el icono de su disco duro y un par de carpetas, lo que les da a las fantasmales apariciones un grado de verosimilitud sumamente inquietante –sobre todo si, como es probable, resulta que estamos viendo la película en una computadora:

El horror por encuadre desde la webcam en Emily es exactamente contemporáneo al de Actividad paranormal 4 (2012), que sucede en cierta medida en el desktop de la protagonista, Alex, y buena parte de lo capturado (y de los sustos) se obtiene gracias a la cámara de su laptop. Un ejemplo:

(Una nota curiosa: Mike Constanza, director de The Collingswood story, demandó a los productores de Actividad paranormal 4 por ‘robo de concepto’ en 2013.)

Fuera del horror las películas de escritorio siguieron su camino. Internet story (2010), de Alan Butcher, utiliza el modo documental para narrar una historia misteriosa. En 2009 un usuario de nombre Al1 crea un sitio en internet: Al1’s Nine Grand Quest; su premisa es sencilla: el autor o autora ha enterrado nueve mil libras en algún lugar del Reino Unido y elaborado una laberíntica serie de pistas para hallar ese dinero. Otro usuario, Fortress, parece haber dado con las claves para desenterrar la pequeña fortuna. Un narrador nos cuenta esa búsqueda a través de google, gifs, una animación en flash, videos en YouTube y, al final, pantallazos de noticias de la BBC y otros cuantos sitios. Internet story es una ‘historia de internet’ en que habla de esa soledad compartida (hasta la muerte) por decenas de millones de seres humanos cuya interfaz con la computadora (o teléfono o tablet) equivale a la interfaz con la realidad; también es una historia de internet en que casi todos los hechos suceden en internet –casi: la voz del narrador, que es el único que conoce la historia, sucede fuera de internet porque internet es su herramienta: no lo vemos a él, pero vemos su acción de pausar un video, de adelantarlo; lo oímos comentar, a veces con cierta crueldad, lo que vemos; lo escuchamos ponderar y reflexionar respecto de la historia que nos cuenta y de sus personajes. Él es nuestra interfaz: esa conexión física y funcional entre dos sistemas: nosotros y la máquina.

https://vimeo.com/13780892

Megan is missing (2011) es una película de intenciones didácticas o alarmistas. Su director, Michael Goi, la pensó como una advertencia sobre “los peligros que internet puede representar para los adolescentes”. En este caso, Megan y su mejor amiga, Amy, ambas de catorce años. Megan –que fue violada repetidamente por su padrastro desde los nueve años y hoy ya tiene relaciones sexuales– conoce a un tal Josh (@skateboardude) en un chat de video. La cámara de Josh, convenientemente, no funciona. En algún punto Megan y Josh quedan en verse “en la parte de atrás de un diner”. La chica desaparece. Entonces seguimos el videodiario de Amy en los días posteriores a la desaparición de Megan, la investigación policiaca y las transmisiones de un programa dedicado a desapariciones juveniles. Josh vuelve a entrar en acción: secuestra a Amy, la encadena en un calabozo, la viola, la deposita en un tonel (donde vemos, pavorosamente, el cadáver de Megan en descomposición) y la entierra viva. La película está hecha de recortes: el videodiario, las grabaciones de Josh, programas de televisión y –esto nos atañe– conversaciones en Skype o un software similar de las protagonistas:

La intención explícita de Goi era “mostrar qué se siente esa cosa que en las noticias pasan por cinco segundos” y los últimos 22 minutos de la película son el pietaje grabado por el asesino y encontrado en la cámara de Amy. Nada se nos ahorra de su tortura y violación. Megan is missing ha sido muy maltratada, tal vez con justicia. (Nueva Zelanda de plano prohibió su estreno en cines.) Uno emerge de ella con una sensación de desasosiego; también, con la sensación de haber participado en algo fundamentalmente erróneo. Si les interesa, por completistas de desktop movies, por explotación o morbo, pueden verla acá.

En 2013 se estrenó en el festival de Toronto un corto de 17 minutos, Noah, dirigido por Walter Woodman y Patrick Cederberg. Celoso por una posible relación infiel, Noah, el protagonista, hackea la cuenta de Facebook de su novia y, como siempre pasa, lee entre líneas lo que quiere leer y eso se convierte en el acabose de su relación. Es una película especialmente tensa si consideramos que conocemos a su protagonista por los movimientos de su cursor, por sus decisiones musicales, por algunas fotos. Sucede casi enteramente en el desktop de Noah, salvo dos momentos en que vemos la pantalla de su iphone. Una novedad es que aquí la “cámara” contribuye con movimientos laterales, acercamientos, temblores. Enfatiza, enerva. La historia es microscópica –con un más o menos bobo “final sorpresa”– pero la maestría técnica es innegable. Si tienen tiempo, pueden verla aquí; si no tienen tiempo, pueden darse una idea del artificio formal en un par de minutos con este anuncito de Spotify realizado por los mismos Woodman y Cederberg (y estrenado unos meses antes que Noah):

 

The den (2013) de Zachary Donohue y Open windows (2014) de Nacho Vigalondo habrían de considerarse parte del ‘interface horror’ (subfamilia del desktop cinema) al que pertenecen Collingswood y Emily: ambas suceden casi completamente dentro de la pantalla de una computadora. En The den, también llamada Death on line, Elizabeth obtiene una beca para estudiar un sitio de chat aleatorio (The Den es el nombre de ese sitio); en su estudio, debe hablar con todos los extraños que le sea posible y documentar sus conversaciones. Atestigua algo que parece un asesinato; su cuenta es hackeada (ella no lo sabe) y empieza a padecer un acoso que termina con su propio asesinato. Al final la narración deja las grabaciones con webcams y teléfonos, ‘sale’ al mundo exterior (filmado, no grabado), donde un hombre acaba de ver ‘The Elizabeth’s narrative’ en su computadora: comprendemos que un grupo criminal atrae víctimas a través de The Den y vende sus martirios en otro sitio, anónimo, dedicado a snuff.

La confusa historia de Open windows concierne a un joven, Nick, que gana un concurso cuyo premio es conocer a su actriz favorita, Jill Goddard (la increíble Sasha Grey); los planes son interrumpidos por el manager de la actriz, el hacker Chord, que fuerza a Nick con amenazas y chantajes a espiar a Jill desde su computadora. Pronto sigue una espiral de vueltas de tuerca de violencia, secuestros, identidades suplantadas y hackeos varios. Más interesante que el hecho de que buena parte de la película suceda en la pantalla de la laptop de Nick es el artificio de cómo abandona esa pantalla. En los últimos minutos de Open windows Vigalondo crea un mundo intermedio entre el display y la realidad tridimensional, un mundo semipixealeado, deforme, intermitente, incompleto y provisional que parece esforzarse por existir.

Unfriended (2015) es la más reciente adición al subgénero y es, por ahora, la más completa de todas. Combina el cine de escritorio con una premisa clásica del slasher film: un personaje asesinado (o en este caso forzado al suicidio a través del ciberbullying) regresa de entre los muertos para cobrar venganza sobre sus asesinos. Laura Barns, la joven muerta, es descendiente de Michael Myers (Halloween) y Jason Vorhees (Viernes 13) y es tan implacable como ellos. Como otros asesinos del pasado, Laura regresa justo en el aniversario de su muerte. Quienes la llevaron al suicidio son sus “amigos”, cinco adolescentes ruidosamente insoportables en diversos grados: Val, Jess, Adam, Mitch, Ken y Blaire, a quien podríamos considerar la protagonista: nosotros estamos atados inseparablemente a su laptop.

Para mantenerse en las convenciones del subgénero, el medio que llevó a la muerte a Laura fue internet: un video –posteado en YouTube– de una borrachera monumental que termina en relajación de los esfínteres; el medio que capturó y difundió la muerte de Laura también es internet: un video –posteado en LiveLeak– en que la pobre adolescente se pega un tiro. Es natural que el espíritu de Laura elija internet, principalmente Facebook y Skype, para ejercer su venganza. En Unfriended como en The Collingswood story internet mismo está embrujado y, a pesar de las búsquedas velocísimas de Blaire, internet no está aquí para ofrecer la salvación.

Unfriended es una película de presupuesto mínimo. Su ingenio para nunca dejar el desktop de Blaire sin que el hecho se sienta forzado por la decisión estilística de sus autores es siempre terso. Su compromiso formal es absoluto. Toda la película está compuesta por una sola toma, sin cortes y sin movimientos de cámara (salvo uno, en el último segundo), siempre sobre el desktop de la protagonista, un desktop de Mac tan común y corriente que si uno ve la película en una Mac (recomendadísimo) está constantemente tentado a interactuar con los elementos del escritorio:

Unfriended es narrativamente muy económica. No hay exposición obvia ni backstory, sino pequeños detalles que se revelan de paso, como el hecho de que Adam “bebe” o de que la chica asesinada padeció acoso sexual de parte de su tío. (Esta película tiene más de un lazo narrativo con Megan is missing.) Un crítico adverso a la película podría decir que los personajes son casi inexistentes; un crítico favorable, que la caracterización de estos personajes se nos da en unas cuantas pinceladas. A Blaire sin embargo la conocemos mejor que a todos los demás. Sabemos que un instante antes de que comenzara el terror miraba por su cuenta el video del suicidio de su amiga, tal vez porque justo ese día se cumplía un año de ese hecho terrible. Sabemos también que un poco antes que eso estaba comprando o browseando ropa: aún tiene tabs abiertas de Forever 21 y Free People. Conocemos sus dudas –a veces escribe un mensaje y lo borra, lo reescribe, lo edita, a veces no lo envía– y, en parte, sus gustos musicales. Es una adolescente tan compleja y elemental como cualquiera.

Está claro que Unfriended utiliza la tecnología doméstica a su favor. Todo el resto de las películas del subgénero, por definición, lo hacen también. La novedad es que Unfriended también utiliza las limitaciones de la tecnología a su favor. En found footage suele marcarse una presencia sobrenatural o maligna con pequeñas imperfecciones en la transmisión o grabación. Inaugurado probablemente en Ghostwatch, la primera obra maestra del género, éste es un recurso muy común. En Inner demons (2014), por dar un ejemplo muy reciente, las imágenes pierden nitidez o se ven manchadas de ruido cuando el demonio se manifiesta:

Unfriended subvierte este tópico. Aquí la característica constante es el glitch, la transmisión interrumpida, pixeleada. Los cineastas usan a su favor la imperfección inherente a Skype y las conexiones wifi en 2014. Esto puede producir imágenes de una misteriosa cualidad fantasmagórica:

 (Dentro de unas décadas, cuando vuestros hijos vean Unfriended se preguntarán: ¿pero por qué se ve tan mal?)

En la gran mayoría de las películas de escritorio la imagen va desde la computadora o webcam hacia la habitación o el espacio abierto. En Unfriended, implacablemente, no es así. Lo que vemos es el desktop –nada más. La mirada está perversamente fija y va de fuera hacia adentro sin vacilar nunca. No hay movimiento, salvo de lo que sucede en el desktop. No hay interfaz en el sentido en que el narrador de Internet story funciona para nosotros como una interfaz. No hay cortes, y por tanto no hay una ‘inteligencia’ detrás que nos presente los hechos, como suele suceder en la mayoría de las películas de found footage, que requieren que alguien haya encontrado el pietaje y lo haya acomodado y a veces editado de tal o cual forma. (Entre paréntesis, la película parece suceder en ‘tiempo real’ pero es mérito de los cineastas que en realidad e imperceptiblemente no sea así. La primera imagen nos indica que en la computadora de Blaire son las 8:57 PM y la última, que son las 10:05 PM. Una hora y ocho minutos transcurren en ese mundo, pero en el nuestro han pasado una hora y 16 minutos, que es la duración real de la película.) Unfriended es una película sin intermediarios. Probablemente la primera en su tipo.