Ozu entre líneas | Letras Libres
artículo no publicado

Ozu entre líneas

El uso de los espacios y silencios en Tokyo Story, la obra maestra de Yasujiro Ozu.

En el templo de Enga Kuji en la ciudad de Kamakura, se encuentran los restos de Yasujiro Ozu. Un solo carácter adorna su tumba: 無(mu).Mu expresa el vacío, la nada, la ausencia, mas no la nada como la nada, sino la nada como un componente integral que armoniza la naturaleza. En la estética Zen, mu se utiliza para designar el espacio vacío que queda entre las flores de los arreglos. En el budismo Zen, en la meditación, una mente en blanco o vacía, es esencial para alcanzar la claridad y hacer que la ideas fluyan. En la arquitectura tradicional japonesa (y en el Bauhaus también) el espacio es el valor más importante, y las líneas son protagonistas porque delimitan ese espacio. Así es Ozu, y así es el escenario donde se desarrolla Tokyo Story (1953): simple, puro, mas nunca desprovisto de contenido. El cine de Ozu posee una sofisticación emocional extraordinaria que se desarrolla dentro de la simpleza de sus formas. Como dijo el escritor Donald Richie: “solamente a través de lo mundano y lo común se puede expresar lo transcendente.”

El argumento de Tokyo Story es de una simplicidad exquisita. Tomi y Shukichi -una pareja de viejos del puerto de Onomichi en el sur de Japón- van a Tokio a visitar a sus hijos y a sus nietos. Los nietos los ignoran. Los hijos están demasiado ocupados para atenderlos, y el viaje acaba siendo una decepción. Ni siquiera tienen oportunidad de conocer bien la ciudad, porque nadie –excepto la viuda de su hijo- tiene tiempo de llevarlos a pasear. La cinta empieza en Onomichi donde la pareja se prepara para su viaje. Tienen altas expectativas: imaginan que su hijo es un doctor importante y esperan ver un Tokio próspero, moderno y emocionante. Pero la desilusión no tarda en asomarse: el suburbio donde viven los hijos es todo menos próspero, moderno y emocionante; y su hijo no es más que un doctor de barrio que da consultas de casa en casa. La película omite el viaje en tren. Sin embargo, sabemos,  por los diálogos, que fue un viaje muy largo. Más adelante queda claro que la distancia entre Onomichi y Tokio no solamente es geográfica, es también un distanciamiento emocional entre dos generaciones que han dejado de entenderse.

Los viejos pasan casi toda su visita encerrados. El escenario principal es la casa tradicional japonesa: un lugar de puertas corredizas, de tatamis, y de espacios convertibles donde la sala se vuelve comedor, recámara y oficina. La cámara siempre se ubica en la misma posición, emblemática de Ozu: a menos de un metro del piso (el punto de vista de alguien sentado en un tatami). Salvo alguna tetera al fondo, prácticamente no hay adornos. Las estructuras son rígidas, las líneas asimétricas, los espacios pequeños. Cada cuadro es una composición perfecta que enmarca a sus personajes entre puertas o los ubica al fondo de un angosto pasillo. Es en esa simplicidad arquitectónica donde viven esos personajes complejísimos, que son un manojo de emociones detrás de esa actitud de calma y reposo que recuerda a las máscaras del teatro Noh.

Tokyo Story es una película de personas que hablan, guardan silencio, comen,  beben, se abanican, caminan, y contemplan el pasar de la vida con una serenidad envidiable. Es el aquí y el ahora. Es también la teatralidad. Ozu coloca la cámara, apenas la mueve, y deja que las conversaciones se desarrollen en su totalidad, sin cortes, ni estilismos, ni adornos, ni siquiera disolvencias. La cámara empieza a rodar antes de que empiecen las conversaciones y corta mucho después de que acaben, porque en el Tokio de Ozu es igual de importante lo que vemos y lo que no podemos ver. Personajes entran, personajes salen, y la acción continúa fuera del cuadro mientras la cámara permanece inmóvil frente a un espacio aparentemente vacío.

Hay pocos exteriores y casi nada es reconocible. Chimeneas, tendederos, estaciones de tren, el mar: paisajes quietos, sin gente, utilizados como transición entre un interior y otro. Lo poco que vemos de la ciudad es en una parodia muy divertida de los autobuses turísticos, cuando Noriko, la viuda y la actriz más bonita de Japón, lleva a sus suegros de tour. Ozu dirige la cámara a los turistas, sentados en el camión y moviendo sus cabezas al unísono de izquierda a derecha mientras la guía habla, con una música de fondo que parece sacada de un juego de Disney. Cuando la cámara nos muestra la ciudad, lo hace a través de tomas indiferentes, como si fuera un turista que no tiene tiempo de bajarse del camión. Este no es el viaje que los viejos imaginaron.

Siempre hace calor. Los personajes hablan del clima y se abanican constantemente. Da la impresión de que no pasa nada en estas escenas, pero el clima es parte de la geografía, sirve para establecer un tono, rompe tensiones, e influye en el estado de ánimo de los personajes (Chekhov hace algo similar: sus obras de teatro se desarrollan a lo largo de las estaciones del año). Cuando rodaron la escena donde Fumiko, la hija mayor, acepta ir a recoger a sus papás a la estación de tren, Ozu le pidió que hiciera un movimiento circular con su abanico y lo siguiera con los ojos mientras hablaba por teléfono. El resultado es increíble: los movimientos de Fumiko transmiten una actitud egoísta y desinteresada ante la llegada de sus padres.

Ver una cinta de Ozu es ver una especie de meditación en movimiento. Si esperamos acción, melodrama, e infinidad de altibajos en la trama, nos vamos a decepcionar. El cine de Ozu requiere de nuestra participación: en las sutilezas y en los silencios tenemos que aprender a leer a los personajes.