Once Upon a Time in America | Letras Libres
artículo no publicado

Once Upon a Time in America

Nueva York y la última épica de Sergio Leone. 

 

Once Upon a Time in America(1984) fue la última película que filmó el italiano Sergio Leone y cierra la trilogía que el cineasta concibió alrededor de Estados Unidos, misma que completan los westerns C'era una volta il West (1968) y Giù la testa (1971). Es una especie de testamento y, por las monumentales proporciones de la entrega, no es exagerado considerarla como uno de los legados más ricos que nos ha dejado el cine. El brío y el manejo de la trama invitan a evocar otros géneros artísticos con los que tiende puentes provechosos y reconocibles, como el teatro, la novela y la ópera. Sin embargo, el terreno donde mejor cabe la entrega es en el de la épica, que aquí eleva a grandes alturas a un grupo de antihéroes.

El argumento se inspira en la novela de Harry Grey The Hoods y sigue las vicisitudes de un grupo de judíos neoyorquinos que inician su vida criminal precozmente. En particular da cuenta de las relaciones que se establecen alrededor de David Aaronson, mejor conocido como Noodles (Scott Tiler/Robert De Niro), quien vive enamorado de Deborah (Jennifer Connelly/Elizabeth McGovern) y encabeza una organización gangsteril con Max (Rusty Jacobs/James Woods) y otros muchachos. Después de matar a un competidor y atacar a un policía, el joven Noodles es encarcelado. Al salir se suma al negocio que Max y sus amigos hacen prosperar gracias a la prohibición de la venta de alcohol. Pero también hacen trabajos varios, como robos,  asesinatos y “apoyo” a sindicatos. La organización, no obstante, enfrenta un futuro negro cuando la prohibición se acerca a su fin.

La cinta cubre casi medio siglo de historia norteamericana (de los años veinte a finales de los sesenta) desde la que el cine ha erigido como la urbe por excelencia: Nueva York. Y si en las películas de Martin Scorsese hemos visto la cotidianidad de la Pequeña Italia y el ascenso de la mafia de aquel origen, en Once Upon a Time in America ingresamos a la intimidad del crimen del barrio judío, en el Lower East Side. Por ahí, en un paisaje que ofrece un aspecto casi rural y en el que se despliega una actividad incesante que no alcanza a borrar la miseria, transita una nutrida masa de variopintos personajes, incluida una cantidad importante de barbados ortodoxos. Leone, como Scorsese, nos hace seguir a los “chicos listos”, los que hacen dinero rápido por medios ilícitos. Desde la perspectiva de ambos realizadores queda claro que las posibilidades de ascenso son proporcionales a la inmoralidad (como, de igual manera, ilustra John Dos Passos en su novela Manhattan Transfer, que ubica parte importante de su acción en los años veinte y en la urbe de hierro): el sueño americano, en este momento y en este lugar, ofrece mejores dividendos a los que tienen grandes aspiraciones y poco sentimentalismo : el éxito es de aquel que sabe hacer de los otros escalones para alcanzar sus metas. Noodles escapa de la sordidez y la hostilidad que le ofrece esta ciudad, en la que los grandes proyectos conviven con las grandes decepciones, huyendo a otro lugar o mediante los sueños que están al alcance de cualquiera en los fumaderos de opio. Pero lo importante ocurre ahí, por lo que de la vida en el exilio no hay registro, si bien este personaje, apenas inicia la cinta, abandona abatido Nueva York y se ausenta por décadas.

Leone contrapone dos formas de ver el mundo dentro del mismo mundo: Max es un mafioso que piensa como hombre de negocios, que no tiene problema alguno para asociarse con delincuentes sospechosos del origen que sea, con tal de obtener jugosas ganancias para alcanzar las millonarias metas que tiene en mente; Noodles es un tipo de aspiraciones modestas, que valora lo que tiene en los bolsillos, que cree en la lealtad (y recibe el cariño incondicional de los suyos, en particular de El Gordo Moe) y se siente miserable cuando falta a ella: es un tipo que se mueve por las pasiones más que por las razones y, lo peor –para él– es que se empeña en alimentar un amor no correspondido. Deborah es la belleza inaccesible para alguien como él, y poseerla es perderla: incapaz de retenerla, decide recorrer entonces un camino sin retorno, el de la violencia. Leone elude el cinismo y hace que la perspectiva de Noodles sea la dominante, por lo que impera un aire nostálgico y al final queda la sensación de una pérdida irreparable. (No obstante, imprime algunas dosis de humor, en particular en la secuencia en la que los mafiosos, al ritmo de La urraca ladrona de Rossini, se dan a la tarea de cambiar de lugar a los niños recién nacidos en una sala de hospital para presionar al jefe de la policía, orgulloso padre de su primer varón.) Del amplio caudal emotivo de Noodles dan cuenta los prodigios del estilo.

Para empezar, las músicas de Ennio Morricone, que se encuentran entre las más celebradas de su cosecha, que compuso años antes y que fueron utilizadas durante la filmación para establecer el tono en el ánimo de actores y director. No menos valioso es el cálido colorido que propone el cinefotógrafo Tonino Delli Colli, colaborador de cabecera de Leone y de Paolini entre muchos otros, pertinente para crear diferentes atmósferas y hacer sensibles los diversos ánimos del personaje. Un rol protagónico en la cinta es cortesía de la puesta en cámara: si bien Leone utiliza a menudo el zoom –recurso que hoy ha entrado en desuso y que confiere a las cintas que lo usan un aire añejo– que da relevancia al paisaje gracias al uso de lentes de distancia focal corta (que ofrecen buena profundidad de campo) y nos guía por el espacio así como nos invita a acompañar a los personajes mediante un prodigioso arsenal de movimientos. La épica en el cine, queda claro con Leone –así como con Scorsese–, es asunto de cámara tanto como de dramaturgia.

Originalmente Once Upon a Time in America duraba 269 minutos. Para su estreno, fuera de concurso en el Festival de Cannes, se hizo una versión de 229 minutos, misma que circuló en el mercado internacional y que actualmente se consigue en DVD. En Estados Unidos se hizo un recorte no autorizado por el realizador, y por allá se exhibieron 139 minutos. A iniciativa de Martin Scorsese, recientemente la cinta ha sido restaurada, y uno de los platos fuertes de la edición del Festival de Cannes de este año es justamente el corte que el director concibió.