Ofensa y desgracia | Letras Libres
artículo no publicado

Ofensa y desgracia

El cine puede cosas que la literatura no, aunque la literatura sea una novela tan magistral como Disgrace y la película el trabajo de un ilustrador competente como Steve Jacobs. En uno de los diálogos entre David Lurie (John Malkovich) y su hija Lucy (Jessica Haines), él le pregunta a ella qué está leyendo, y ella le enseña la portada de El misterio de Edwin Drood, la inacabada novela de Dickens. El breve episodio está sacado (como casi todo en el guión de Anna-Maria Monticelli) del libro de Coetzee, donde al movimiento de Lucy el autor añade: “no lo que él habría esperado”. No hay palabras para expresar lo que el gesto mudo de Malkovich indica en ese gran primer plano: el aburrimiento infinito y el desdén que el refinado profesor especialista en poesía romántica siente por la torrencial obra del narrador victoriano.

La cautela vagamente positiva que el propio Coetzee expresó al ver la primera proyección del film de Jacobs es explicable, y no sólo por la reticencia que está convirtiendo al sudafricano (hace veinte años un hombre muy locuaz y sociable y hasta humorístico, según contó en privado Juan Benet después de conocerse ambos en un congreso de escritores) en una versión ligeramente menos cascarrabias del prototipo del misántropo “salingeriano”. Se explica porque la película es un monumento a la fidelidad, fidelidad al texto y también al turbador sentido político del libro, a la vez que una roma puesta en imágenes que incluye –son las obligaciones del cine– un tratamiento grandilocuente del paisaje ajeno a la parquedad descriptiva de la novela, y la elección como protagonista de un nombre estelar. Malkovich compone una figura de extraordinaria densidad, angustiado sin paroxismo, abrasivo en sus contestaciones pero inseguro y vacilante aun cuando se muestra altivo, y con ese dominio en la colocación de la frase que evidencia al actor de teatro que ha sido. Pero siendo su genio lo que sostiene y anima el relato cinematográfico, me atrevo a aventurar que las palabras de Coetzee (“las interpretaciones de los actores principales son potentes y meditadas”) esconden un recelo a la sofisticada excentricidad, tal vez ya hoy inevitable para el americano, de su creación de David Lurie, especialmente resaltada en la escena de la genuflexión ante la hermana y la madre de la alumna Melanie, que adquiere un ribete granguiñolesco.

No todo, sin embargo, resulta oficioso o plano en la realización del director. Es muy elocuente la copulación de David y Melanie en el suelo, un párrafo particularmente hermoso del libro en el que Coetzee compara la desgana sexual de la chica al “conejo cuando las garras del zorro le atenazan el cuello”. Jacobs sólo muestra la espalda del depredador que es entonces David embistiéndola, y el rostro entre perezoso y mortecino de Melanie, un excelente trabajo de la actriz Antoinette Engel. También se resuelven con contenido pathos las secuencias del tratamiento compasivo a los perros en la clínica donde David entra de ayudante voluntario. En la novela –sin llegar nunca a alcanzar ese obsesivo espíritu de cruzada animalística que tanto ha degradado alguna de las novelas últimas del autor– ocupan un capítulo entero, el dieciséis, todo él de una intensidad y precisión conmovedoras; Jacobs lo condensa con eficacia, y vuelve de nuevo a descansar en el rostro de Malkovich para expresar, por ejemplo, una frase como ésta del libro: “Curioso que un hombre tan egoísta como él se ofreciera a ponerse al servicio de los perros muertos”.

Mucho se ha discutido, desde que apareció la novela en español, sobre la traducción del término Disgrace. No comparto la negativa drástica respecto a usar “desgracia”, aun entendiendo que los conceptos de deshonra, vergüenza o ignominia deberían haber sido, al menos, considerados. Pero los títulos de las obras de ficción difícilmente admiten los escolios, y desgracia, si se piensa en la locución “caer en desgracia”, no traiciona el original, sobre todo recordando, en el capítulo diez, el diálogo que David sostiene en la clínica con Bev Shaw, cuando le habla de que su voluntariado humanitario surge de su previo estar “in disgrace” por el escándalo sexual. Desgracia y deshonra se asocian en todo caso, en el libro y en su honroso remedo fílmico, como metáfora –desprovista de cualquier sentimentalismo de lo correcto– del sino trágico de un país fundado sobre el odio y la división colonial y en el que, como le sugiere el padre a la hija que acepta el pacto ignominioso con sus violadores, la historia habla ahora, también con odio, por boca de los que antes sólo podían ser víctimas del silencio y la ofensa. ~