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artículo no publicado

Novedades en el FICG

Una selección de lo mejor y lo peor del Festival Internacional de Cine en Guadalajara. 

La Muestra de Cine Mexicano en Guadalajara nació a mediados de los años ochenta con el objetivo de hacer visibles las propuestas nacionales que por entonces surgían y no tenían canales de salida. Pero las producciones que llegaron en años recientes -al ahora Festival Internacional de Cine- se encargaron de hacerlo indeseable: el cine mexicano se fue convirtiendo poco a poco en el patito feo del evento. Particularmente las ficciones, que en el mejor de los casos han sido ejercicios bienintencionados pero pobremente realizados. Es por eso que la novedad más importante de la edición número 28 del festival -que inició el viernes anterior- es la inclusión de las películas nacionales en la sección iberoamericana, lo que supone una selección más rigurosa pero también una menor cantidad de producciones. La decisión parece acertada para la ficción, pero no así para el documental (donde está lo mejor de la cinematografía mexicana reciente) y el cortometraje, pues no abundan los foros para exhibirlos. Este año parece que la ficción tampoco dará buenas noticias. El paisaje que ofrecen las cintas de los demás países es más luminoso, como cada año.

La primera ficción mexicana que se presentó en competencia fue Besos de azúcar (2013), el segundo largometraje de Carlos Cuarón. En ésta, el responsable de Rudo y cursi (2008) sigue las contrariedades de un puberto de 13 años que sufre en un ambiente violento. Vive con su madre, sus hermanos y su padrastro y padece la hostilidad cotidiana de propios y extraños: todos le dan zapes, lo humillan, lo insultan; no falta quién lo orine. Su cotidianidad cambia cuando conoce a una chica de su edad, de la que se enamora. Pero para su mala suerte es hija de la lideresa de los vendedores ambulantes del barrio, quien hostiga a sus agremiados y no quiere que su hija, como Doña Florinda con Kiko, se junte con la chusma. Su amor, así, vivirá un obstáculo tras otro. En conferencia de prensa Cuarón comentó que desde siempre quiso hacer un remake de Melody (1971), “y lo que salió fue esto”. Añadió que sus protagonistas representan la inocencia, “esa parte de la sociedad mexicana que está a expensas de ese lado oscuro, representado por los adultos”. Pero la historia de amor difícilmente sacude la indiferencia y el resultado está más cerca de la visita turística por los barrios bravos de la capital que de la denuncia. Al final queda una sensación de gratuidad y de inautenticidad. Como solía suceder con las cintas mexicanas en años recientes, dicho sea de paso.

Más auténticas son un par de propuestas brasileñas: la ficción Érase una vez Verónica (Era uma vez eu, verônica, 2012) de Marcelo Gomes y el documental Elena (2012) de Petra Costa. Ambas siguen a personajes femeninos en crisis y consiguen un ingreso provechoso a la intimidad. El personaje principal de la primera, Verónica, es una médica que recién concluyó sus estudios y comienza a laborar en el área de psiquiatría de un hospital público. El trabajo resulta abrumador mientras se deteriora la salud de su padre, con quien vive (y es el único con el que se involucra sentimentalmente). Entonces Verónica se refiere a sí misma como “paciente”. Gomes muestra cómo el malestar emocional, así como el bienestar, pertenecen a terrenos que escapan a la razón. Y dar el salto de uno a otro puede ser un asunto de voluntad, pero también de hartarse de sufrir.

Elena es un documental en primera persona, protagonizado por la realizadora. Ésta busca en Nueva York las huellas de su hermana mayor, quien da título a la cinta. Desde allá comparte sus recuerdos infantiles -a partir de material fotográfico y videográfico de la familia- y su admiración por Elena. Ambas comparten la meta de ser actrices y buscan experiencia y formación en la urbe de hierro, y, conforme avanza la búsqueda de Petra, comienzan a fundirse y a confundirse. Costa imprime valiosas dosis de poesía a su propuesta y echa mano del documental como una especie de terapia. El proceso es catártico, y el resultado, emotivo.

Blancanieves (2012) es el segundo largometraje del español Pablo Berger, quien se inspira libremente en el conocido cuento de los hermanos Grimm y tardó ocho años en levantar el proyecto. El cineasta emula la estética del cine silente y filma en blanco y negro, en formato de pantalla “angosto” (1.33:1) y prescinde de los diálogos en la banda sonora (recursos similares a los utilizados por la francesa The Artist). En este dispositivo estilístico ubica a una chica que nació bajo el signo de la tragedia: su madre muere en el parto y horas antes un toro coge a su padre, quien queda paralítico. Años después sufre el odio de su madrastra, pero consigue escapar y se une a un grupo de enanos toreros. La apuesta de Berger es afortunada: funciona bien la exageración en las gesticulaciones (como la que se puede apreciar en el cine silente) y la música. Pero lo mejor de la propuesta está en la fotografía (cortesía de Kiko de la Rica, quien es colaborador habitual de Alex de la Iglesia), que hace recordar las películas de S. M. Eisenstein y es de un dramatismo extraordinario. No sería extraño que Blancanieves se llevara de Guadalajara más de un premio.

Infancia clandestina (2012) es el primer largometraje de ficción del argentino Benjamín Ávila. Éste regresa a los años setenta para acompañar a un niño de 11 años cuyos padres militan en un grupo subversivo. Desde su perspectiva somos testigos de las actividades de sus mayores, pero también de la calidez de la familia. La estrategia funciona bien para ir más allá del panfleto y alcanzar universalidad. Mientras se recuerda una etapa aciaga de la historia argentina, se aborda un tema al que es difícil permanecer indiferente: las decisiones y las buenas intenciones de los padres, que son el motor del cariño, también pueden provocar males no buscados; su generosidad también puede ser egoísmo.

La noche de enfrente (2012) es el último largometraje dirigido por el chileno Raúl Ruiz , quien realizó una buena parte de su obra en Europa (en la que figuran Klimt, El tiempo recobrado y Misterios de Lisboa) y murió poco después de concluir esta película. El andino se inspira libremente en los relatos de Hernán del Solar y ubica su historia en Antofagasta. Por allá deambula un hombre que está a punto de jubilarse y que vive entre lo imaginado y lo real, y lo mismo comparte sus encuentros con Jean Giono que recuerda pasajes de su infancia (en la que dialogaba con Beethoven y el pirata Long John Silver). Fiel a su estilo, Ruiz propone un trabajo de cámara brillante e instala sugerentes atmósferas oníricas. La cinta invita al espectador a participar más allá de la construcción de una historia: a vivir la experiencia de acompañar las aventuras de un personaje ingenioso que fantaseó más de lo que viajó.

Si bien es una conclusión parcial, es posible afirmar que lo menos atractivo del festival sigue siendo la ficción mexicana. Ya veremos si el paisaje mejora…