Nightcrawler | Letras Libres
artículo no publicado

Nightcrawler

Con ecos de The Wolf of Wall Street y Heat, Nightcrawler es un retrato de un lado nocturno y siniestro de Los Ángeles que rara vez vemos en el cine.

Louis Bloom, protagonista de Nightcrawler —debut como director de Dan Gilroy—, es un hombre de principios. La primera escena de la película lo pinta de cuerpo entero: Louis acaba de entrar a propiedad privada, tras cortar una malla metálica. Vemos cómo golpea al guardia que cuidaba el terreno y sabemos, por una especie de transición enganchada, que le robó el reloj:

Bloom lleva a vender la malla a un depósito, donde intenta, infructuosamente, negociar un mejor precio con el administrador. Acto seguido, Louis le pide trabajo y para convencerlo suelta una perorata como salida de libro de autosuperación o finanzas personales. «Sé que los hombres como usted, los que están en la cima de la montaña, no aparecieron allí nomás. Sé que hay que trabajar duro. Mi lema es: “Si te quieres ganar la lotería, primero tienes que ganar el dinero para comprar el boleto”». El administrador lo escucha con indiferencia y le da una respuesta que podría ser un escupitajo: «No voy a contratar a un pinche ladrón». Louis lo mira con cara de póker y después sonríe, como si entendiera de pronto una máxima enrevesada, y sale de allí con rostro satisfecho, asintiendo con la cabeza. Así es Louis Bloom: un ganador, un self-made man, un tipo que sabe que no importa cuántas veces caiga sino cuántas se levante. Nightcrawler es la crónica del ascenso de ese hombre.

Algunos críticos han tildado a esta película de estar «vacía» (lo dijo Dana Stevens, de Slate, empleando un juicio que debería ser usado con menos ligereza), o de «no tener sorpresas» (David Edelstein, de Vulture). Ambos coinciden en que la maldad de su protagonista queda definida desde el principio y el resto de lo que vemos es sencillamente una confirmación de esa maldad. Es posible que estén en lo cierto: las notas que da Gyllenhaal al principio de la película serán repetidas hasta el final, y su perfil está delineado casi en su totalidad en esa primera escena. Todo eso es verdad, y sin embargo, no debería considerarse por sí mismo un defecto. Louis Bloom es de esos villanos que son más interesantes sin que se develen sus orígenes.

Buena parte de la efectividad de este monstruo se debe a una afortunada conjunción entre los diálogos y la actuación de Jake Gyllenhaal. Su personaje tiene una extraña consistencia, esculpida mediante una colección de frases clichés que nunca abandona. Sin importar el momento en el que se encuentre, sea una discusión laboral o una situación de vida o muerte, Louis Bloom siempre hallará la forma de recitar con precisión y monotonía de robot un estudio, unos expertos o alguno de sus cursos para aprender a triunfar en línea. Estas líneas bien pueden ser la forma en la que Lou se autoconfirma como un ganador: son su propio y personal mantra emprendedor. Este acierto guionístico es potenciado por el físico de Gyllenhaal, delgado, con el rostro y el cabello descuidado, y por su mirada: serena durante el apretón de manos, crecientemente desquiciada mientras conversa.

Pronto, Bloom incursionará en el negocio de la venta de videos de nota roja. Su total falta de consideraciones le permite escalar rápidamente en la cadena noticiosa: compra mejores cámaras, cambia de auto, tiene un nuevo sistema de radio. Pero Louis no aplica ninguna de esas ventajas a sí mismo: sigue pidiendo un vaso de agua con hielo cuando va a un restaurante, sigue vistiendo las mismas camisas de tela delgada, continúa con el mismo semblante desaliñado del principio. En algún momento, Lou afirma: «Quiero ser el tipo que tiene la estación, que tiene la cámara». No es extraño que esa frase y esa actitud encuentren resonancia en libros del tipo de 7 hábitos de la gente altamente efectiva. Lo que le importa a Louis en ese momento no es mejorar su aspecto, sino recorrer las calles de Los Angeles hasta encontrar la nota que necesita, la siguiente filmación que lo catapultará al siguiente escalón social y económico.

En el constante acecho de Louis se encuentra otro punto fuerte de Nightcrawler: su visión nocturna de Los Angeles. La película sucede casi en su totalidad de noche, lo que permite que la cámara de Robert Elswit (famoso por colaborar en películas tan buenas y disímiles entre sí como There Will Be Blood o Mission: Impossible — Protocolo fantasma) se concentre en la composición de encuadres que aprovechan el contraste de la iluminación nocturna de la ciudad. La lente de Elswit transmite a Nightcrawler una vibra que no desentona con el trabajo de Michael Mann: acá hay ecos de Thief y Collateral:

Acompañado de Rick —Riz Ahmed, quien interpreta con precisión a un joven sin hogar, empleo o expectativas de vida— al que pagará 30 dólares por noche de trabajo, Louis Bloom se deslizará por Los Angeles, olfateando a las víctimas de crímenes o accidentes sangrientos. Es así como se revela la verdadera naturaleza de Louis Bloom: más que un simple camarógrafo, Bloom es un vampiro. La sangre que con tanta insistencia busca la consigue filmando; con las imágenes obtenidas mantiene a Nina Romina —Rene Russo en una actuación que merece mayores elogios—, la directora del noticiario matutino al que provee de ese material explícito. Nina y Louis encarnan a una pareja simbiótica regida por el ansia de una insatisfacción perenne.

El insaciable apetito de Louis —enmascarado de compromiso con el trabajo y afán de superación personal— lo llevará a transgredir cualquier norma ética: lo mismo se ensucia las manos en una escena al mover un cuerpo para obtener un mejor ángulo que fabrica su propia nota roja. En el desenlace de esta película se entrecruzarán la inquebrantable metodología de trabajo de los ladrones de Heat y el triunfo del protagonista de The Wolf of Wall Streetcinta de la que Nightcrawler bien podría ser una especie de versión deformada: no es imposible pensar en Louis Bloom como un lector asiduo de los consejos para el éxito de Jordan Belfort. El self-made man americano siempre encontrará la manera de cumplir sus objetivos, sin importar qué tan huecos se escuchen sus secretos para el éxito, con las palabras deslavadas de tan repetidas. Nightcrawler es el espejo roto en el que se refleja ese voraz emprendedor.

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