Never let me go | Letras Libres
artículo no publicado

Never let me go

The remains of the day fue y sigue siendo una de las mejores y más importantes novelas de la segunda mitad del siglo XX. En ella, Kazuo Ishiguro (nacido en Japón pero criado en el Reino Unido) cuenta la historia de Mr. Stevens, el mayordomo de Darlington Hall, que durante un viaje en automóvil por Inglaterra recuerda los años en los que trabajó con Lord Darlington, un noble inglés que apoyaba a los nazis en secreto. Más que por su exquisita trama, el éxito de la novela se explica gracias al punto de vista que adopta Ishiguro para contarla. The remains of the day está narrada en la voz de Stevens, un vestigio arcaico de una época perdida, un hombre cuya rectitud le impide entender hasta los más mínimos matices del humor, pero ante todo un hombre que no puede admitirse a sí mismo que gastó su vida entera siéndole fiel a un amo moralmente partido a la mitad. La proeza de Ishiguro está en cómo delinea la trama, cómo no deja cabo suelto, aun cuando la narración de su protagónico pretende esconder lo que éste siente. Más que una novela, The remains of the day se lee como un truco de magia. No sabemos cómo, pero al final Ishiguro no deja una sola sombra, una sola duda, un solo tramo sin explorar.

Pasaron más de diez años para que Ishiguro volviera a escribir una novela que recibiera aplausos unánimes por parte de la crítica. Never let me go, su sexto libro, cuenta la historia de Kathy H., una mujer criada en una especie de reformatorio que lentamente cae en la cuenta de que ella y toda la gente que quiere y conoce son en realidad clones, creados con el único propósito de donar sus órganos vitales antes de llegar a los treinta años.

A diferencia de The remains of the day, Never let me go es una novela difícil de leer. Como siempre, la prosa de Ishiguro luce por su aparente simpleza, por su pulcritud y orden. Y tal y como ocurre en la mayoría de sus escritos, Never let me go está contada en primera persona. Esta vez, los menesteres narrativos caen en los hombros de Kathy. No obstante, la voz de su personaje carece de especificidad. Mientras que The remains of the day no podría haber sido contada por nadie más que por Stevens, la sexta novela de Ishiguro podría prescindir de su narradora. Lo que en la historia del mayordomo es virtud, aquí se convierte en un arnés: Ishiguro entiende que la narración de Kathy no puede ser locuaz, colorida o rica en descripciones, precisamente porque ella es incapaz de ser cualquiera de esas cosas. Lo que deviene, por supuesto, en un libro inusitadamente espeso a pesar de ser tan breve. Más allá de amplificar la historia, la voz del protagónico la entorpece. Estamos, pues, frente a un libro contado con los limitados recursos de una mujer que no conoce el mundo y que conoce un espectro muy angosto de las emociones humanas.

No obstante, Never let me go es, por lo menos en Estados Unidos, aún más querida por los lectores y la crítica que The remains of the day. Es posible que la trama, que mete los pies con recato en el universo de la ciencia ficción, apele a la sensibilidad norteamericana. Como lector, nunca he entendido la fascinación que ejerce este libro de Ishiguro. Quizás es por eso que me entusiasmé al enterarme que Mark Romanek, el director de decenas de videos musicales experimentales y de One Hour Photo, dirigiría la versión fílmica. Después de todo, el cine tiene la capacidad de transformar las historias que, por uno u otro motivo, no funcionaban en papel. Se han hecho maravillosas películas de novelas mediocres (The Shawshank Redemption y The Godfather, por mencionar solo un par), así como se han hecho películas muy malas de novelas maravillosas (cualquier adaptación de cualquier novela de García Márquez serviría de ejemplo). Quizás a través de los ojos de Romanek, Never let me go podría mejorar.

A pesar del indudable pedigrí de la película y de las actuaciones estelares de Andrew Garfield, Keira Knightley y Carey Mulligan, las reacciones de la crítica norteamericana frente a la adaptación de Romanek fueron, en una palabra, brutales. Prácticamente ninguna publicación de renombre (salvo Film Comment) le encontró mérito alguno a la cinta. “Líricamente inepta”, dijeron algunos. “Tiesa”, dijeron otros.

Mientras tanto, yo disfruté Never let me go inmensamente. La versión fílmica también está narrada por Kathy. Sin embargo, el yugo de una narración en cine es mucho más tenue que el de una primera persona en un libro. La Kathy del libro nos impone su punto de vista, su vocabulario y su vaivén narrativo. En el cine, debido a que la cámara forzosamente la registra a ella y a su alrededor, el espectador es mucho más libre de interpretar y absorber el mundo que la rodea. Todo esto trabaja, por supuesto, en beneficio de la película de Romanek, un director visualmente prodigioso. Liberado del anclaje de la tinta y el papel, el universo de Never let me go renace en el celuloide. No hay encuadre de Romanek que carezca de alguna imagen hermosa. Más que decorativos, los elementos con los que reviste su mise en scene ayudan a delinear un mundo que es a la vez gris y bello, inhóspito y ordinario. Está el barco oxidado a la mitad de una amplísima playa, con el mar británico –adormilado, casi quieto– al fondo; está esa imagen maravillosa de restos de plástico atascados entre las púas de una reja, como diminutas e inútiles velas de barcos; está ese muelle vacío, un brazo de madera descansando en el mar, sin turistas, sin vida. Por supuesto que la elocuencia visual de Romanek no tendría importancia si sus imágenes no sirvieran de soporte para la trama. Pero ahí están, en cada una de esas imágenes, las vidas de Kathy, de Ruth (Knightley) y Tommy (Garfield; magnífico): vidas prematuramente huecas, destinadas a acabar en un parpadeo; y el mundo sordo que apenas conocen.

El tono de la cinta –la tranquilidad con la que Romanek decora su lienzo- jamás cambia. No faltará el espectador que, como muchos de los críticos más álgidos de Never let me go, se queje de lo poco que hacen Katy, Ruth y Tommy para evadir el destino que se les ha impuesto desde que nacieron. Un director impaciente, de aquellos que trabajan con un ojo en el lente y otro en la taquilla, quizás habría apresurado el paso, se habría inventado una vuelta de tuerca, o habría coqueteado más de cerca con la ciencia ficción que Ishiguro apenas si tocó de soslayo. Romanek claramente no forma parte de ese grupo. Su película transforma la novela (la convierte en un animal innegablemente fílmico), pero jamás deja de respetar el ritmo y las acciones de Ishiguro. Es, por lo tanto, todo lo que podemos esperar de una buena adaptación fílmica: fiel a su fuente, inventiva en su interpretación, Never let me go es una película de silenciosa potencia. Y algo que, me atrevo a decir, no es su gemela literaria: una obra de arte.

-Román Cabeza