Mujeres que arden | Letras Libres
artículo no publicado

Mujeres que arden

Lejos de la tierra quemada (The Burning Plain) empieza con un fuego en una llanura desértica y una mujer desnuda en un frío interior de Hopper mirando la pared mientras enciende un cigarrillo; a su espalda dormita el hombre que ha compartido cama con ella. Pero la mujer se levanta, se asoma a una ventana, y vemos el exterior: un paisaje indefinidamente industrial, con la silueta de un puente y el sonido del tráfico denso de la hora punta. La mujer (Sylvia, que interpreta Charlize Theron) mira con desasosiego y fuma, y entonces se produce una conexión entre el interior y el exterior: dos madres y dos hijos en edad escolar pasan por delante de esa ventana, y los niños miran curiosamente los pechos de la mujer desnuda, hasta que las madres, molestas, les hacen desviar la mirada y seguir andando por la calle. En la habitación, el hombre ya ha despertado, empieza a vestirse, y ella repara en él como si no lo conociera.

El juego de correspondencias entre lo íntimo y lo que Rilke llamaba “lo abierto” continúa: el espectador sigue a Sylvia dentro de un coche (seguida ella asimismo por un hombre joven desaliñado y atento a todos sus movimientos), en el restaurante de lujo del que es encargada y sumiller, en su nuevo encuentro sexual, esta vez con un cliente al que ella recomendó un vino en su comida de negocios, hasta que el paisaje urbano, los automóviles y vestidos de lujo, la costa de olas bravas y acantilados desde los que Sylvia parece querer arrojarse son bruscamente substituidos por el mismo desierto del arranque, al que ahora llegan en camioneta unos muchachos para ver la caravana carbonizada donde un hombre chicano (el padre de los chicos) y una mujer casada que no era su esposa murieron mientras estaban copulando al explotar el gas de unas bombonas. Las dos tramas, las dos –por decirlo de un modo prudentemente inexacto– familias, los dos territorios, continúan su orden simultáneo durante el resto de la película, construida esta vez por Guillermo Arriaga en un mosaico que no sólo inserta piezas de distinto tamaño y color sino que fluctúa en el tiempo, con anticipaciones y retornos nunca sujetos a la trillada fórmula del flash back. Es una construcción que al principio puede parecer caprichosa, aunque menos que la de 21 gramos, que hacía de su rompecabezas un alarde tan ingenioso como fatigoso. Al cabo de una media hora, esa impresión se desvanece por completo, y Lejos de la tierra quemada adquiere su consistencia, su intriga, una razón dramática de ser que la convierte, para mi gusto, junto al guión de dos historias en macla de Amores perros, en el mejor libreto fílmico de este siempre estimulante autor mexicano.

Aunque The Burning Plain es el título que se dio en inglés al libro de cuentos de Juan Rulfo El llano en llamas no creo que la coincidencia sea más que un homenaje de Arriaga a su compatriota; la fantasmagoría desolada y el substrato telúrico del mundo de Rulfo no predominan en esta película, más atenta a las resonancias de cierta narrativa norteamericana contemporánea centrada en la familias desvinculadas (Carver, pero no sólo él) y en los antihéroes desarraigados (aquí mujeres todos), y claramente situada en la estela formal de las road movies. Para entendernos, y esquivar así de un plumazo la estéril polémica de las envidias o guerra de egos: Lejos de la tierra quemada se parece mucho más a París, Texas de Wenders y a algunos de los primeros títulos de Alan Rudolph que a Babel, cuyo estreno de éxito marcó la ruptura entre el guionista Arriaga y el director y cuate suyo de muchos años González Iñárritu.

La película es, naturalmente, fronteriza, como lo eran a su modo propio no sólo esa Babel intercontinental sino Los tres entierros de Melquíades Estrada (el guión de Arriaga dirigido por Tommy Lee Jones) o 21 gramos. Arriaga lo corrobora en estas palabras recientes: “Cuando tenía ocho años crucé la frontera por primera vez. Recuerdo la sensación que supone que un paso más adelante estás en un país y un paso hacia atrás estás en otro […] La sensación de que algo empieza y algo termina en una frontera se convierte también en una metáfora de la vida”. Lo fascinante de Lejos de la tierra quemada es que la frontera empieza cuando la mirada de un niños a unos pechos desnudos sugiere el descubrimiento intempestivo de la carne y su ocultación o anatema, motivos que después se desarrollan con gran riqueza metafórica en el resto del film. Fronteras de la niñez y la adolescencia anticipada, fronteras lingüísticas, frontera entre el dolor y el placer, en una película que descarga la transmisión del fuego y el poso de las cenizas en las mujeres, todas heridas; por una cicatriz infantil la niña María, por una decisión liminal y un azar trágico las dos Marianas, cuya duplicidad no conviene explayar, por su mutilación corporal la casada infiel Gina, un papel que recupera a Kim Basinger, una mujer que pensábamos ya ardida en la pira de Hollywood y aquí renace en plena integridad interpretativa. ~