Mission: Impossible Ghost Protocol | Letras Libres
artículo no publicado

Mission: Impossible Ghost Protocol

Absurda y entretenida, la cuarta entrega de la serie resalta por su tono ligero.

Hay muchas cosas que son dignas de aplauso en Mission: Impossible: Ghost Protocol (o M:I 4, para aquellos que aprecian la brevedad). La primera, y más importante es la elección del director. Brad Bird, cabeza detrás de la divertidísima The Incredibles, tomó las riendas después de que la solemnidad de J.J. Abrams y el dizque ballet cinematográfico de John Woo casi arruinaran a la franquicia entera. En esta nueva entrega se nota la mano ligera de un director que pulió su oficio en largometrajes animados. Basta ver la secuencia del Kremlin –absurda e ingeniosa- y todo el desenlace: un auténtico ping pong humano entre el villano y Tom Cruise dentro de un estacionamiento en forma de cilindro. El tacto suave de Bird no solo logra que la acción de la cinta fluya sino que embona perfectamente con la esencia de este tipo de historias. Después del realismo hiperactivo y difuso que pusiera de moda la trilogía Bourne y sus derivados –Casino Royale el cenit; Taken el nadir-, es refrescante ver una película de acción que no solo no se toma en serio: sabe que toda ella es un chiste. Así, M:I 4 nos dispensa los elementos de rigor con toda velocidad y sin aspavientos. ¿Quién es el malo? El malo es un científico. ¿Qué quiere? Acabar al mundo con una guerra nuclear. ¿Guerra nuclear entre quiénes? Entre Estados Unidos y Rusia, obviamente. Bird no da más explicaciones porque sabe que no las necesitamos. Estamos en una montaña rusa, no en una obra de Eugene O´Neill. ¿Y qué queremos ver? A Tom Cruise colgando del edificio más alto del mundo. Un monumento histórico volando en mil pedazos. Una inverosímil persecución de coches. Bird ofrece adrenalina, sin drama, sin matices y sin profundidad. Una bendición.

M:I 4 resalta por su falta de pretensiones. Su estética es limpia, sus encuadres solventes, sus actuaciones directas. En una palabra, la cinta es eficaz. ¿Necesita el género de acción a otro héroe torturado a la Bourne?, ¿ un villano con mayor complejidad que la de Hans Gruber, el villano de Die Hard?, ¿más destellos de supuesta elegancia como los de Woo o los de Greengrass? Claro que no. El género de acción –de este tipo: remedo de Bond, donde el héroe es sobrehumano- debe saberse ridículo para ser disfrutable. Y M:I 4 lo logra con creces.

No obstante, a pesar de su falta de neuronas, la última entrega de Mission: Impossible permite acaso una doble lectura que, si bien no es -digamos- profunda, por lo menos es notable. Y esa doble lectura está anclada a la figura de Tom Cruise. Lejos, muy lejos, de la confianza a prueba de balas que caracterizara a su Maverick; a años luz de ser el portador de esa sonrisa de dos mil Watts que lo lanzara al estrellato en Risky Business; ni siquiera cerca de la solidez con la que cargó a la menospreciada Minority Report: aquí Cruise da la impresión de ser un hombre incómodo en los zapatos ya no digamos del héroe: del estrella de cine. Culpen a los años o la señora Holmes, pero el hecho es que el actor más famoso del planeta se comporta en esta cinta como un Sansón cinematográfico después de pasar por la tijera de Dalila. Su rostro aparece remoto, casi disonante con su musculosa figura. Pronuncia cada diálogo con una mansedumbre que, viniendo de Jerry Maguire, resulta hasta tétrica. Dentro de M:I 4 está el ocaso de la estrella, pero no del actor. Como ejemplo basta la última escena de la cinta, que brilla a pesar de su insoslayable cursilería. Ahí, Cruise ve a alguien de su pasado y, al verlo, sonríe a la cámara. Es una sonrisa inédita en su carrera. Intenta proyectar seguridad, cierto grado de ternura: una secuela, quizás, de ese famoso discurso en la sala de Dorothy Boyd en su más famosa cinta. Fuera de darnos eso, Cruise, probablemente sin querer, envía un registro insospechado. Por un instante, Maverick es vulnerable. No quebrado como Ron Kovic, no descorazonado como Frank T.J. Mackey. Humano, terrenal y hasta  triste. Las posibilidades actorales que se esconden en ese instante son casi incontables.