Marca personal a Mad Men: Time and Life | Letras Libres
artículo no publicado

Marca personal a Mad Men: Time and Life

“Time and Life” aborda la diferencia entre construir un legado y satisfacer expectativas más inmediatas, sean propias o ajenas. Una lucha que no le es ajena a Mad Men.  

Pese a que la espiral descendente del personaje se ha dibujado con detalle a lo largo de dos temporadas –la sexta y lo que va de la séptima-, no son pocos los miembros de la audiencia de Mad Men que desearían escuchar otro “pitch” legendario de Don Draper, un último lance de ingenio antes de que las cortinas se cierren el 17 de mayo. Esos son, a fin de cuentas, los momentos que le dieron popularidad al programa. ¿Por qué renegar de ellos? Los ratings son contundentes: buena parte del público comenzó a desertar cuando los triunfos del personal de Sterling, Cooper and Partners (SC&P) se tornaron más ambiguos y oscuros (de 3.5 millones en la quinta temporada a menos de 2.3 en la séptima). La presión sobre Matthew Weiner, creador y showrunner de la serie, es enorme: terminar fiel a su visión o condescender a una resolución que le permita quedar bien con  todos (trampa de la que, por cierto, no pudo escapar Vince Gilligan con el final de Breaking Bad).

“Time and Life” aborda precisamente la diferencia entre construir un legado y satisfacer expectativas más inmediatas, sean propias o ajenas. Una lucha que, cabe decir, no le es ajena a Mad Men

Episodio 11, “Time and Life”

1.

Demasiado viejos para representar al espíritu de su tiempo, pero lo suficientemente jóvenes para no existir al margen de la época, los ejecutivos de SC&P exhibieron una capacidad superior para mantener su independencia a lo largo de los sesenta. En 1964, el equipo se libró de la “apropiación hostil” de Puttnam, Powel y Lowe gracias a una serie de conspiraciones palaciegas pactadas con Lane Pryce. En 1967, con el fin de adquirir la cuenta de Jaguar (el “game changer” que marcaría la entrada de la agencia a las ligas mayores), Joan se prostituyó con uno de los directivos de la automotriz (ver “The Other Woman” T05E11). En 1969, ante la amenaza de acabar dominados por Jim Cutler y perder Don, el staff vendió el 51 por ciento de las acciones a McCann Erickson bajo la promesa de ser tratados como una unidad independiente. El nombre del episodio en el que se pacta la venta –“Waterloo” (T07E07)- ahora cobra pleno sentido.

 

2.

Al descubir que McCann va a traicionar el compromiso verbal de mantener a SC&P como una división autónoma, los directivos buscan recobrar la magia de 1967. El plan: proponer la creación de una agencia en California para asegurar  todas las cuentas que entren en conflicto de interés (“SC&P West, a division of McCann Erickson”). El equipo luce renovado. Todo parece indicar que los altos mandos van a aceptar la oferta. “¡Son 275,000 dólares en ingresos puros!”, exclama Draper. Hasta aquí, “Time and Life” se despliega como el episodio complaciente que muchos esperaban: un enfrentamiento contra el Goliat de McCann Erickson diseñado para despertar a los socios aletargados de SC&P y mostrarlos triunfantes en una nueva aventura empresarial, tal y como sucedió en “Shut the Door. Have a Seat” (T03E13). Jim Hobart, el mandamás de McCann, detiene en seco las expectativas y le pide a Draper que se calle. La sagacidad de antaño no basta para sobrevivir, por lo que la independencia de SC&P será inmolada en el altar de las fusiones y adquisiciones de la naciente década. Hobart empieza a hablar en tono papal. El capital es generoso con sus súbditos. Se dibuja una nueva cartografía mundial. Los nombres que salen de la boca del emperador no son países, sino marcas. Cada rey recibirá un territorio de acuerdo a su estatus y ambiciones.

Roger Sterling, Buick.

 

Ted Chaough, Ortho Pharmaceutical.

 

Pete Campbell, Nabisco

 

Donald Draper, “Coca Coooola”

 

La secuencia emana una ominosidad metafísica, casi religiosa (“stop struggling”). No es gratuito: cada vez que SC&P experimenta un momento transicional (la muerte de Lane, la adquisición de nuevas instalaciones), observamos una toma amplia en la que los accionistas aparecen alineados horizontalmente. Sea bajo una luz cósmica, como en el caso de la quinta temporada.

 

O alineados al estilo de “La última cena”. El portal a los setenta se ha cruzado. En verdad han muerto y despertado en otra dimensión.

 

3.

La desaparición de SC&P  subraya el sacrificio. Todos han perdido algo: Roger ya no heredará una compañía que lleve el apellido de su padre, los días de Don como leyenda creativa que desafiaba a gigantes como Lucky Strike se han esfumado, Pete nunca será el director que ambicionó ser y Joan no recibirá territorio alguno, sólo dinero. Ted -un muerto en vida- es el único accionista contento con la transacción. El resto del staff no escapa a esta lógica. Un casting infantil en la oficina le recuerda a Peggy el hijo que tuvo que abandonar para poder seguir con su ascenso profesional. Olson lamenta no saber nada de él (“I don´t know because you´re not supposed to know, or you can´t go on with your life”). La confesión con Stan es uno de los picos más altos en la carrera de Elisabeth Moss. La nota triste: Peggy también migra a McCann.

 

4.

“Time and Life” explora el tema de la venganza y su patetismo. El conflicto sólo goza de significado en la mente del que busca retribución. Lou Avery se “burla” de Don cuando consigue que su tira cómica sea convertida en una caricatura por un estudio japonés (Tatsunoko productions, ¡el mismo de Speed Racer!); la hija de Pete no es admitida en la escuela a causa de una extraña reyerta entre los Campbell y la familia del director que data de 300 años atrás, y Ken Cosgrove se niega a mudar a Dow Chemical a la hipotética SC&P West para “humillar” a Sterling y Campbell (“You, know, I´ve fantasized that one day I´d be in this situation”). A estas alturas, el lenguaje e imagen de Cosgrove se asemejan al de un genio malévolo de comic que busca venganza por el ojo que perdió. Es un chiste excéntrico del programa. En su mente, Ken se ha transformado en el supervillano del cuento de ciencia ficción que nunca escribió.

 

5.

En el fondo, los accionistas de SC&P sabían que la toma de control por parte de McCann era inevitable (“I thought we were safe”, dice un resignado Don al enterarse que el escenario pesimista que pensó se ha materializado). El autoengaño de asumirse independientes simplemente les permitía confrontar otros aspectos de su vida: en los casos de Sterling y Campbell, la ilusión de perpetuar un apellido a manera de marca (no es casual que ambos sean padres de hijas a las que nunca ven); para Draper y Joan, el margen de maniobra necesario para su reinvención personal. Una vez anunciada la mudanza a McCann, el personal de SC&P se niega a perpetuar el autoengaño de sus jefes. La cámara se aleja y se dibuja, una vez más, otro diorama. Esta vez no hay un personaje que observe la acción al margen del cuadro. La serie reflexiona sobre su propio final.

 

6.

“Time and Life” marca el debut como director de Jared Harris, el actor que interpretó a Lane Pryce, el director administrativo de SC&P que se suicidó tras haber falsificado la firma de Don (un personaje que, estrictamente, no existe). Lane fue uno de los primeros corderos engullidos por la voracidad monetaria de la agencia. Es casi un comentario metanarrativo que regrese a dirigir este episodio en particular. Harris cumple: no sólo conecta un par de composiciones espectaculares (la secuencia del anuncio de la fusión a la oficina, “La última cena”), sino que también maneja un ritmo ágil y preciso. Ojalá continúe su carrera como director.

 

7.

“You are ok!”