Marca personal a Mad Men: The Better Half | Letras Libres
artículo no publicado

Marca personal a Mad Men: The Better Half

La agitación –sirenas, gritos, confusión- se ha convertido en el tapiz sónico de Mad Men. El zumbido comienza a ser insoportable. La amenaza está a la vuelta de la esquina.

La agitación –sirenas, gritos, confusión- se ha convertido en el tapiz sónico de Mad Men. El zumbido comienza a ser insoportable. La amenaza está a la vuelta de la esquina.  Al igual que la piedra que rompe la utopía sexual del departamento de Los soñadores (Bertolucci, 2003),  las calles están a punto de penetrar las viviendas  y oficinas de Manhattan.

Episodio 09: “The Better Half”

1.  “I guess we're all a little bit out of context right now.” – Roger Sterling.

Los magnicidios, Vietnam, la tensión racial, el activismo universitario, la liberación sexual, la expansión de las drogas. Todo explotó en 1968. La esperanza sicodélica se transformó en confusión. Como bien mencionó Draper el capítulo pasado, “todos sienten la oscuridad”. ¿Dónde refugiarse?  Mad Men se desarrolla en un universo de interiores; el exterior (la calle) se sugiere con el ruido que caracteriza a toda gran ciudad (tránsito y voces que se unen en un flujo acústico). Ese fondo ha sido sustituido por sonidos chillantes y desesperados. Ya ni siquiera el departamento de Megan y Don se encuentra libre del caos. Por eso es que el robo al departamento en “The Crash” fue tan inquietante: la atmósfera ominosa de la temporada tornaba creíble la posibilidad de que la secuencia redundara en el infanticidio.

Algo terrible está por suceder. Las señales están a la vista. No sorprende que varios comiencen a especular al respecto. La “teoría de la conspiración” de esta semana: Megan Draper sufrirá un destino similar al de Sharon Tate, la actriz brutalmente asesinada por la secta de Charles Manson en 1969. La hipótesis se basa en que la diseñadora de vestuario, Janie Bryant, comunicó vía Twitter que no es casualidad que el diseño de la playera que Megan usa al final de “The Better Half” sea el mismo que el de la prenda usada por Tate en una sesión fotográfica para Esquire, en 1967. El hecho de que Sally esté leyendo El bebé de Rosemary (llevada al cine por Roman Polanski, quien fuera esposo de Tate) ha elevado el frenesí conspirativo a nivel de “meme”. Dudo que Megan vaya a ser masacrada por una secta, pero todo apunta a que la violencia emerja en los próximos capítulos, como sucedió con el suicidio de Lane Pryce en la quinta temporada. La idea del altar sangriento no es ajena a Mad Men: la muerte de Pryce fue presentada casi como un sacrificio religioso: fue a partir de su fallecimiento que la agencia generó las ganancias que le permitieron crecer y fusionarse con Cutler, Gleason y Chaough. Se derramará sangre, sí, pero difícilmente será la de Megan. ¿Quién será el cordero?

2 La oscuridad no ha cancelado el humor del programa. Todo lo contrario: Mad Men  parece disfrutar cada vez más de su profusa mala leche, sobre todo en lo referente a  Peggy Olson. En el hábitat laboral, Peggy se encuentra en medio del fuego cruzado de sus jefes, Don y Ted, quienes han escalado una diferencia sobre la estrategia a seguir para publicitar la “margarina” en una batalla personal. En el ámbito doméstico, el enfrentamiento racial  y el crimen han obligado a la “copy chief” y su novio a habitar un estado de sitio similar al de Night of the Living Dead. Al igual que los protagonistas de la cinta de George A. Romero (de 1968, precisamente), sobreviven agazapados en su departamento, con puertas y ventanas clausuradas, bajo la expectativa de que los zombis entren en cualquier momento.

La situación límite funciona para presentar con jocosidad el rompimiento amoroso. Crispada por el miedo, Peggy acuchilla accidentalmente a Abe, quien termina con el noviazgo en plena ambulancia. El reportero progresista ha cobrado conciencia de que su novia es el enemigo, una esclava del sistema que representa todo lo que odia (“your activities are offensive to my every waking moment”); Olson, emocionada, va con Ted y le notifica el fin del compromiso. Ella supone que ahora Ted se sentirá libre para iniciar un affaire. Error. Lejos de comérsela a besos, Chaough adopta el papel de botarga corporativa, la conmina a trabajar con entusiasmo (¡es lunes!) y la conduce fuera de su oficina. Draper se cruza e intercambian información sobre la cuenta de la “margarina” (símbolo instantáneo de lo postizo). El cliente aceptó la idea de Ted. La controversia ha terminado. “Statu quo ante bellum”. Es una secuencia de contundencia geométrica: Peggy luce partida a la mitad, agotada, como  la madre de dos hermanos reconciliados tras un pleito infantil que ninguno ganó. 

Quizá Peggy sea la responsable principal de su mala suerte. Más que comportarse como una figura de deseo, tiende a adoptar un rol materno frente a los hombres de su vida. Confunde el amor con la complacencia (o para ponerlo en términos de “The Better Half”, a la mantequilla con la margarina). Abe y Ted se comportan con ella de una manera casi espantada, como niños en busca de refugio. Lejos de exigirles una postura más firme, menos infantil, Peggy  los solapa y consiente. Con Draper la dinámica es más compleja. Don también percibe a Peggy como una madre, pero sin la lascivia que se esperaría de un hombre que identifica el calor maternal con la promiscuidad (a estas alturas, un encuentro sexual entre ellos se antoja imposible). Nunca lo admitiría abiertamente, pero  requiere de su aprobación. Por eso no está dispuesto a compartirla con Ted. Peggy comprende instintivamente a Draper, pero no sabe dónde marcar los límites, por lo que lo trata como un hijo ingrato que le ha faltado al respeto. Don, por cierto, sabe cuál es el esqueleto más escandaloso del clóset de su madre: el hijo que tuvo con Pete. Probablemente eso explique en parte el vínculo: a diferencia de lo que sucedió con su progenitora, que murió al dar a luz, Don logró rescatar a Peggy.

 Nota al margen: qué novio tan chafa resultó ser Abe.

3 Como hemos señalado en entregas anteriores, si Mad Men fuera un estado de resultados, Betty sería el pasivo contable. Pese a desdoblar contradicciones fascinantes, el manejo narrativo de la ex esposa de Don ha sido errático. Peor aún: el conflicto de su sobrepeso rozó el humor involuntario (nunca entendí, por ejemplo, la lógica física con la que crecía y se desinflaba su papada). “The Better Half” redime todos esos pasajes. El “closure” con Don en el campamento de Bobby no sólo la habilita para decir las líneas más lúcidas y punzantes en la historia de su personaje (“that poor girl, she doesn’t know that loving you is the worst way to get to you”), sino que también le permite cogerse dos veces a su ex marido: en la cama y en el desayuno, cuando lo orilla a observar la pareja que ha formado con Henry. La imagen central de la serie opera de nuevo: como quien mira una vitrina en un centro comercial, Draper contempla una viñeta que no lo incluye. Casi sentimos lástima por él. Don tuvo lo que ahora ve a la distancia, pero lo dejó ir porque era incapaz de asumirlo como suyo. Betty tenía razón: la tragedia no es que no pueda ser feliz, sino que no le interesa. “La felicidad es un momento que antecede a otro en el que necesitas más felicidad”. Nada más. El sentimiento quebrado con el que se reencuentra con Megan es quizá la escena más triste en lo que va de la temporada. Los dos aceptan que algo tiene que cambiar, pero ninguno parece contar con la fuerza para intentarlo. Betty y Henry, en cambio, irradian energía y ambición.

4 Es oficial: Joan y Bob sostienen alguna clase de relación sentimental. Verlos juntos, de golpe, es anticlimático, pero congruente con el estilo narrativo de la serie (tendiente a  sabotear cualquier tentación “telenovelesca” mediante saltos temporales que impidan experimentar el placer vicario del romance excitado). Tampoco vimos cómo Peggy pierde el control en la junta con Ted. ¿Qué pretenderá Bob Benson? La posibilidad más trasgresora es que simplemente sea un tipo agradable sin ninguna clase de agenda, el personaje imposible del show.

5 Sin hijos, sin nieto y sin Joan. Pobre Roger, lo único que le queda es el ácido y el sexo con aeromozas.