Luc Moullet: Elogio de la locura | Letras Libres
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Luc Moullet: Elogio de la locura

El cine de Luc Moullet, cineasta francés adscrito a la Nouvelle Vague, de lejos el más joven y desconocido entre nosotros de esta corriente fílmica, se caracteriza por exhibir las costuras que urden el quehacer cinematográfico. Bastaría recordar el extraño western sicodélico, Le Aventure de Billy The Kid, caracterizado por su estética cutre y sus errores adrede –como el dislate entre la voz y la apariencia del personaje principal–, para corroborar esta afirmación. Como en cierto cine mudo, hay en las cintas de Moullet siempre una apariencia de equívoco, de miscast, que conduce a una sensación de extrañamiento. Utiliza las convenciones de los géneros, sí, pero para emprender una especie de aventura metafísica. Afirma: “Empiezo con la idea del género popular y después cambio el sentido”.

Moullet ha partido del delirio, de las infatuaciones melodramáticas para, por un lado, rescatar los valores de una estética del mal gusto, que lo convierten en un primo de John Waters más que del Güero Castro, y por otra parte, para exhibir el cine como artificio. Es un elogio del cine de Serie B tanto como una apuesta por un cine que es apenas algo más que secuencias y tomas en plano medio. Una de sus más célebres afirmaciones como crítico se refiere justamente a la moralidad implícita en la elección de un plano secuencia. Formalmente se inscribe dentro de una revaloración de la estética de George Meliés y al ver su obra siento que apreciaría las observaciones crítica vertidas por Daniel González Dueñas en su Meliés: El alquimista de la luz.

Para referirnos a Moullet tendríamos que evocar cierta comedia grotesca, una obra concentrada en una especie de personaje a través del cual se deforma el mundo. Pienso, en castellano, en la obra de Gerardo Deniz, a través de cuyo personaje poético la realidad se refracta y deforma hasta ajustarse a un nuevo sistema de referencias. A Moullet, colaborador y discípulo de Jean Luc Godard, amigo de Brigitte Bardot y hermano travieso consentido de cineastas como Eric Romher o Jacques Rivette, comparte mucho de este humor. Un patafísico. En una conversación sostenida informalmente le pregunté qué opinaba de esta filiación:

Me compararon con Alfred Jarry por el principio de tomar cosas que no existen y de tratarlas como si lo fueran. Por ejemplo, en mi película La cabale des oursins existe una situación patafísica debido a que muestro un camión de turistas que se detienen para tomar fotos de las montañas de carbón (terrile) que los mineros extraen del norte de Francia. Pareciera que los turistas creen que es una cosa linda pero en realidad no lo es.

Su cinta más reciente, que Ambulante ha decidido convertir en bandera de su gira itinerante por doce ciudades de la República Mexicana, es La tierra de la locura, una especie de antidocumental, delirante y concentrado en sí mismo. Parte su documental de un inmejorable guiño a Montaigne, de quien reconoce la ascendencia. Todo atraviesa por uno mismo, de modo que el hecho de que al cineasta le atraigan las buhardillas y los desvanes polvorientos le parece suficiente síntoma de locura como para abordar en su filme una investigación sobre la demencia que invade a los pobladores de una región, delimitada como una especie de pentagrama, al estilo de esa influencia borgiana que retoma Lars Von Trier en Europa.

Moullet delimita mediante chinchetas y una gruesa liga varias poblaciones, villorrios y caseríos aislados, perdidos en la región de Alpes des-Hautes Provence, donde se han cometido, a lo largo de un siglo, suicidios violentos –inmolaciones–, asesinatos inexplicables y toda suerte de abusos. El centro de ese valle del mal es Digne, donde ocurrió el asesinato de los Drummond. Si en Bowling for Columbine, Michael Moore argüía que la facilidad para adquirir armas resultaba consustancial a la explosión de la violencia y los asesinatos entre los escolares estadounidenses, en la cinta de Moullet, que ante todo debe de verse más que como un documental como una especie de ensayo, las razones para esos oleajes de violencia son la falta de yodo, con el consiguiente bocio, la soledad, la vecindad endogámica, el odio hacia los extraños e incluso la contaminación nuclear propiciada por Chernobil. Y para ilustrar el aserto de que se trata de una especie de pentagrama de la locura, el cineasta, convertido desde hace mucho tiempo en su propio y principal actor y personaje, expone sus recuerdos, los casos famosos ocurridos en la región, entre ellos el alguna vez famoso crimen de Dominici, cuyo caso Orson Welles pretendió filmar. No hay tesis: sólo recuerdos y conversaciones, como si se buscara asentar la imposibilidad.

Es cierto que muchas de las historias expuestas, algunas de las cuales motivaron prolijas investigaciones, permiten justificar un documental tan extraño. Sin embargo, lo importante en esta suerte de elucubración y de retrato de un temor colectivo no está en las conclusiones o en las premisas, que se limitan a una especie de mural del chisme y de las leyendas provincianas. Lo importante está en la tomadura de pelo que Moullet realiza y al mismo tiempo en la rabia sorda que se adivina contra el provincianismo chovinista de los habitantes de esta región. Algo hay de C. F. Ramuz, mucho del odio de Thomas Bernhard hacia las altas tierras de la Silesia austriaca. “La locura inspiró a muchos escritores, por ejemplo a Steinbeck en su obra De ratones y hombres, donde hay un personaje loco muy interesante, y en La mansión de William Faulkner aparece Snopes, otro personaje que representa la locura, o en Santuario, donde aparece Popeye”, complementa Moullet ante mi observación.

El discurrir de esta cinta, su deriva en el sentido que Guy Debord confirió al término, que exhibe la miseria moral de los campesinos de los Alpes, no busca la perplejidad ni el azoro ante la resolución final sino igualmente asentar un disgusto con las costumbres y prácticas llenas de estulticia de la comunidad donde se originó este crítico de la razón cómica, como ha sido llamado.

José Homero

Luc Moullet — Fotografía de Stéphane Louis