Los ladrones viejos | Letras Libres
artículo no publicado

Los ladrones viejos

Juan Patricio Riveroll analiza el Distrito Federal como aparece en el documental Los ladrones viejos, de Everardo González.

Encarar la ciudad inabarcable no podría ser una meta en sí misma. La inmensidad del Distrito Federal junto a sus contradicciones rebasa la completa disección, ya sea a través del celuloide o por medio de la palabra. En su libro de aforismos, Robert Bresson escribió que las películas de ficción tradicional "son documentos de historiador para guardar en los archivos: cómo interpretaban la comedia, en 19..., el señor 'X' o la señorita 'Y'". En ese sentido, cualquier película puede ser vista como un documental en tanto que registra para la posteridad la manera en que se representa el mundo en un momento histórico determinado. En sentido opuesto, el cine documental es también ficción puesto que no existe la total objetividad, no hay una verdad absoluta. Un documental es también una construcción ficticia aunque en distinta forma que el drama, quizá un poco más apegado al mundo o a lo que llamamos "realidad".

 

La reconstrucción del Distrito Federal de los años setenta que hace Everardo González en el documental Los ladrones viejos, las leyendas del artegio no solo es una obra cumbre que evoca un tiempo que ya fue; es también un pedazo de historia que rescata para nosotros y guarda para generaciones venideras la versión de los vencidos. Un documental que nos une a ese otro tiempo mediante el testimonio de los ladrones más famosos de entonces, una obra en la que resalta la investigación exhaustiva de materiales audiovisuales de la época. Lo que más conmueve son los recuerdos que aún conservan los ladrones más buscados por la ley durante esos años, hoy ancianos que platican tras las rejas. Nombres completamente olvidados si no fuera por el micrófono de González, un documentalista de vocación como los hay pocos. De los ladrones entrevistados, quizá el más famoso sea Efraín Alcaráz Montes de Oca alias "El carrizos", un apelativo que hoy ya casi nadie recuerda, pero que en su momento hizo temblar a la jefatura de policía. "Cuando me aparecía en sus oficinas, era como si cayera una bomba", habla "El carrizos" con orgullo.

 

Las entrevistas que narran las andanzas de los ladrones están unidas a imágenes de la capital de hace treinta o cuarenta años: tomas aéreas que muestran una ciudad poco transitada, hecha tanto para vehículos como para el transeúnte. Las montañas de cemento que hoy la pueblan brillan por su ausencia. Los ejes viales que han rasgado a la ciudad no existen todavía, y aunque ahí está el Periférico, es un Periférico que encaja en el paisaje urbano, que está planeado para convivir con la metrópoli: no la hiere sino que la acompaña. Cámaras de televisión que antes filmaban en cine reconstruyen calles, plazas y avenidas; reportajes cuyo objeto es la prevención del robo se presentan como notas al pie, mientras una joven Lolita Ayala anuncia a los televidentes una de las tantas detenciones de "El carrizos", pues a fin de cuentas la ciudad no es solo el asfalto y la arquitectura sino la gente que la puebla. Así, varios presidentes desfilan ante nuestros ojos víctimas de estos rateros. Los testimonios de los robos a Adolfo López Mateos, Luís Echeverría Álvarez y José López Portillo son los puntos culminantes, así como el recuerdo de un ex capitán de policía que cuenta que "El elotes" se robó las pistolas de tiro al blanco que se usaron en las Olimpiadas. Recortes de periódicos desenterrados de la hemeroteca también ayudan a contar la historia, como el pie de foto que aparece en la película para resaltar la figura de "El cuatro vientos", un ladrón que murió hace décadas y que el elenco en su conjunto recuerda como el mejor de todos los ladrones: "'El cuatro vientos' José Rodríguez Torres o Rafael Jiménez Infante, otro carterista de 'Dedos de seda'. Nunca hirió a nadie. Muy distinto a los carteristas de la actualidad que no son sino sanguinarios y vulgares asaltantes." Ahí se resume el espíritu de la cinta, el hecho de que antes había una ética para robar en la que no cabía la violencia. La mayoría de estos ladrones no traían siquiera un cuchillo, menos aún una pistola. Ya fuera con palabras o movimientos de prestidigitador, el objetivo se alcanzaba sin que nadie lo notara, sobre todo la víctima.

 

Y para acabar de dibujar la lejanía está la música: Luis Alcaraz, Los golpes, Pérez Prado y su orquesta, Pepe Miranda y los terrícolas, Los ángeles negros. Sonidos que lucen tanto como la ciudad que los parió, dignos lazarillos de esas voces gastadas por la vida que, por una vez, cuentan una historia personal que se vuelve colectiva, que recuperan un momento histórico a través de un micrófono. Además de ser buenos para robar, los ladrones viejos son excelentes narradores. El Distrito Federal y la tradición oral vienen de la mano.

 

Hay dos instancias en las que Everardo González trae a colación imágenes de la ciudad como es hoy, y en ambas lo hace como contraste: un puñado de planos aéreos que muestran los cambios que ha sufrido esta gran urbe, con nuevos rascacielos antes impensables, y escenas de crímenes por robo con víctimas que murieron a manos de asaltantes, ejemplos concretos de ese código perdido. Patrullas contemporáneas con muertos contemporáneos son la contraparte de los testimonios que forman la espina dorsal del documental. El respeto por la vida ha quedado atrás. Si bien no me adhiero a la cantaleta de "todo tiempo pasado fue mejor", en el caso del Distrito Federal este es un hecho irrefutable. La capital de hoy no tiene nada que ver con la ciudad que habitaban los chilangos en décadas pasadas.

 

Retomo entonces la idea inicial. Los ladrones viejos es una visión de México entre muchas, una que favorece a los desfavorecidos —si algo tienen en común estos ladrones es la pobreza entre la que crecieron—. Le da voz a quienes nunca la han tenido y que tampoco la han buscado. Es una vista de una ciudad vieja desde el subsuelo, que camina entre los pasadizos del crimen no de manera sórdida como suele presentarse sino a través de una sincera empatía con los protagonistas de ese mundo anónimo. Es su versión de un México olvidado, una versión acallada y revalorizada con el tiempo.

 

En términos narrativos, es la típica historia de policías y ladrones desde el punto de vista del ladrón, una especie de western a la distancia, cocido con pedazos de tela vieja, parches y agujeros.

 

Si La canción del pulque es un canto rural y El cielo abierto una sinfonía épica, Los ladrones viejos es un baile de salón, con ficheras y de cachetito. El cine de Everardo González alumbra la memoria, hace de la historia poesía.