Las aventuras de Tintín | Letras Libres
artículo no publicado

Las aventuras de Tintín

La primera colaboración entre Peter Jackson y Steven Spielberg, tiene, a pesar de sus defectos, algunos de los mejores momentos del año.

Es cierto lo que se ha dicho varias veces en los últimos días, tanto en el eterno zumbido de las redes sociales como en algunas críticas aquí y allá: The Adventures of Tintin es una cinta con un arranque aburrido y un desarrollo de personajes prácticamente nulo. La lectura es clara, aunque con matices: Spielberg es pan con lo mismo; no importa cuán deslumbrante sea en lo técnico. Parcialmente verdad, el discurso palidece después de mirar con atención el último largometraje del director: Tintín es un festival absoluto, un arranque de júbilo en medio de un cine que por momentos parece haber perdido cualquier posibilidad de disfrute de lo ingenuo.

La anécdota inicial de Tintín es un cliché total: un jovencísimo periodista – su profesión, al final, da lo mismo: podría ser un arqueólogo o un cazador y la efectividad de sus correteos sería la misma – que, por diversos motivos que solo podríamos adjudicar al colonialismo europeo de la época y sus facilidades para internarse en países recién descubiertos, se ve inmerso en sorprendentes aventuras y peligros. Spielberg comete varios errores en el arranque del filme: no nos presenta a Tintín, no sabemos quién es; pretende solucionar vagamente esto con un anticuario que responde a la pregunta de la identidad del joven: 'Oh, es Tintín, ¡todo el mundo lo conoce!', lo que a la larga deriva en falsedad: no lo conocemos en el resto de la cinta. Error que se dilata cuando el personaje principal es un individuo que, con todo y la portentosa animación y las grandes escenas, no demuestra un gramo de carisma frente a personajes del mismo filme: sin ir más lejos, sus compañeros de aventuras, el Capitán Haddock y el perro Milou, superan ampliamente el nivel de empatía con el público (Haddock, principalmente, interpretado por Andy Serkis, la mente detrás de los performances de Gollum en The Lord of the Rings y King Kong en el remake de Peter Jackson). Resulta difícil imaginar que éste es el guión que dieron a luz las mentes en conjunto de Joel Cornish, guionista y director de la brillante Attack the Block, Edgar Wright, director de Scott Pilgrim vs. The World y Steven Moffat, involucrado en el desarrollo de programas tan interesantes como la última y más reciente etapa de Doctor Who.

Con lo anterior, daría la impresión de que es un trabajo perdido más de Spielberg, ahora en mancuerna con Peter Jackson, pero la cinta logra reponerse: tras poco menos de media hora de una introducción hueca y torpe, el director toma nuevamente el proyecto con firmeza para entregar los minutos más divertidos del año: un delirio visual que arroja referencias por doquier, momentos donde el mismo Spielberg visita trabajos anteriores. Hay que prestar atención a la parodia/autohomenaje a Jaws y, principalmente, a toda la secuencia del robo y la persecución en Bagghar: una nueva visita y reescritura de varios momentos de la filmografía de Spielberg, sobre todo de la híper famosa persecución en la mina de Indiana Jones and the Temple of the Doom y la escena de la roca gigante en Raiders of the Lost Ark. ¿Cómo no emocionarse con una secuencia tan imposible y al mismo tiempo perfectamente coreografiada como ésta?

 

 

 

He aquí la fuerza del filme: no son sólo escenas de acción bien rodadas sino inteligentes comentarios al estado del entretenimiento actual; Spielberg introduce un subtexto a medio camino entre la nostalgia y la vanguardia, una amalgama de lo mejor del pasado y el presente en un solo sitio, todo dentro de una clase maestra de espacio y dimensión, justo como aquel prodigio técnico visto en War of the Worlds, la escena del sótano. Los arranques visuales de la cinta, como esa ardiente arena convirtiéndose en embravecido mar y viceversa, son también dignísimos:

 

 

El asunto, en realidad, radica en que The Adventures of Tintin no alcanza a conectar del todo con la audiencias por varios motivos (pesa muchísimo, al menos en el público nacional, donde Tintín es casi un desconocido, que Spielberg crea que todos somos fans) y estas desventajas  entorpecen la correcta apreciación de las virtudes que,  como siempre con Spielberg, siguen allí. Superados estos defectos, lo que resta son los minutos más divertidos del año: explosivos, perfectamente bien ejecutados, prodigios técnicos llenos de jovialidad, buen humor y sana ingenuidad. Steven Spielberg se encuentra en excelente forma, y su reciente encuentro con el cine de animación no hace más que confirmarlo: solo se pueden esperar grandes cosas de él durante la próxima década.