La Verdú | Letras Libres
artículo no publicado

La Verdú



Después de estar treinta años (o más) obsesionados por la politique des auteurs, apetece alguna vez hablar también de otra política cinematográfica más visible pero menos considerada en las altas esferas: la politique des acteurs y, naturalmente, des actrices, aprovechando que el sustantivo francés para los intérpretes sí tiene género, al contrario que el de auteur, donde las mujeres se han de englobar a la fuerza en el masculino. Con lo bonita que sería la palabra autrice, llena de ecos habsbúrgicos e incluso un poco, como diría Berlanga, austro-húngara.

Hoy el autor elegido es una mujer, una destacada actriz-autrice del cine español y hasta del mexicano, a quien, siguiendo la costumbre apelativa de las grandes divas belcantistas, le pondremos el artículo antes del nombre: la Verdú. Acabo de ver seguidas tres películas suyas, dirigidas por dos auteurs indudables, Gonzalo Suárez y Rodrigo Plá, y una autrice también de calidad, Gracia Querejeta, y aunque a mí no me causan ninguna sorpresa las extraordinarias interpretaciones que hace en esas obras (Oviedo Express, La zona, Siete mesas de billar francés), dos amigos que salían del cine conmigo después de ver la de Querejeta estaban asombrados de que les hubiese gustado tanto el trabajo de Maribel. La Verdú es una grandísima actriz que, tal vez por haber empezado en el mundo del espectáculo como niña prodigiosamente sensual, haber crecido sin perder su belleza y mostrándola generosamente à poil en ciertos destapes célebres, o por alguna razón que se me escapa, queda para algunos espectadores en un rango de reconocimiento inferior al de otras actrices de su edad. La Verdú, sirva esto como mero síntoma, nunca ha ganado un premio Goya, y a la hora del palmarés en el reciente festival de San Sebastián, Paul Auster y los demás jurados internacionales prefirieron premiar a su compañera de reparto en Siete mesas de billar francés, Blanca Portillo (extraordinaria), siendo a mi juicio superior, por más expuesta y cambiante, la prestación dramática de Maribel Verdú.

Yo la descubrí en la gran pantalla, supongo que como casi todo el mundo, en 1986, cuando ella era una adolescente de poco más de quince años en su breve intervención de 27 horas de Armendáriz y en la más lucida de El año de las luces, de Fernando Trueba. Al año siguiente se mostró deliciosamente barriobajera en La estanquera de Vallecas de Eloy de la Iglesia, y a partir de ahí, en una carrera innumerable, ha hecho de todo, no todo bueno, pero bastantes veces excepcional; recordemos como muestra de lo mejor sus papeles de protagonista en Amantes, de su descubridor Vicente Aranda, en La buena estrella de Ricardo Franco, en Y tu mamá también de Alfonso Cuarón o en Tiempo de tormenta, una película injustamente subvalorada de Pedro Olea. Y a los que insinúan que esos niñatos (y niñatas) guapos del cine español sólo tienen gracia física ante el engañoso objetivo de la cámara pero no talento, les respondo que en teatro, donde no hay trampa ni cartón, la Verdú hacía una actuación sutil, inteligente y de poderosa stage presence en la obra de Sergi Belbel Después de la lluvia.

Ahora la Verdú revalida su gran categoría por partida triple, en papeles muy distintos: hija atormentada en Siete mesas de billar francés, cómica procaz (se desnuda frontalmente, aunque con abrigo por los hombros) en Oviedo Express y creando memorablemente un personaje en La zona pese a lo poco desarrollado que está en el guión. En esta apasionante aunque a mi modo de ver no plenamente lograda mezcla de thriller de angustia y parábola socio-apocalíptica a lo Haneke, Rodrigo Plá, nacido en Uruguay pero a todos los efectos cineasta mexicano, le da el ingrato papel de la madre del niño “testigo” y esposa de uno de los “vigilantes” de la urbanización cerrada para todos, y ella, con ciertas figuraciones gestuales –como la compulsiva manera de fumar–, insufla a su personaje espesor, verdad, pathos. Por esos rasgos de autoría actoral y otros que no nos caben aquí, amamos tanto a Maribel. ~