La moda de Dios | Letras Libres
artículo no publicado

La moda de Dios

En uno de los mejores cuentos de Paul Bowles, “El tiempo de la amistad”, hay un episodio memorable en el que la solterona Fräulein Windling, una maestra de Berna que cada verano pasa sola sus vacaciones en un oasis del desierto argelino, invita a cenar en Nochebuena a Slimane, el niño de doce años al que ha tomado cariño y al que más adelante ayudará económicamente. El niño, que siente un gran respeto por la extranjera, acude al modesto hotel donde, en una sala próxima al comedor, está el belén que la señorita ha improvisado para la celebración. Cuando ella, después de ausentarse un momento, regresa, ve que el chico ha desbaratado las figuras de los Reyes Magos y se ha comido los dátiles y los bombones que ella había puesto decorativamente junto al pesebre. Slimane, musulmán acérrimo, ignorante de la significación navideña, se ha manifestado, sin ánimo de ofensa, en su naturalidad infantil y primaria. “En su deseo de verle cambiar –escribe Bowles respecto a la maestra– había empezado a olvidar cómo era Slimane realmente.”

Situada en Argelia y basada en el hecho verídico de la matanza en 1996 de siete monjes franceses a manos, seguramente, del grupo terrorista islámico gia, De dioses y hombres no es una película interesada en mostrar la colisión de opuestos (religiosos, sociales, sexuales) que tan profundamente obsesionó a Bowles, y sobre la que tantas páginas de ficción y memoria personal escribió. Pese a contar también con una escena de disensión en Nochebuena, la propuesta del director Xavier Beauvois es de más corto alcance, aunque el resultado sea una obra de sostenido vigor narrativo y excelente interpretación, sobre todo por parte de los actores franceses que encarnan a los hermanos del Císter, y en especial Lambert Wilson y el inveteradamente extraordinario Michael Lonsdale. Una vez acabada la proyección, y al salir del cine, satisfecho de las dos horas pasadas en él, pero con un recelo, me hice dos preguntas, que voy a tratar de responder a continuación.

La primera pregunta era antropológica, o quizá sociológica. Nada en De dioses y hombres, más allá del atuendo de los nativos y las palabras en árabe que se oyen de vez en cuando, remite al verdadero sentido de la realidad que sin duda aquellos piadosos varones encontraron en las montañas de Tibhirine donde estaba enclavado su monasterio. La muerte de los monjes (elegantemente escamoteada en la pantalla) estuvo relacionada, lo sabemos por la coda escrita y por las escenas menos interesantes, las del gobernador y el comandante del ejército, con un conflicto armado entre los islamistas y el gobierno militar. El horrendo crimen tendría, sin embargo, el mismo peso dramático en la película de Beauvois de haber sido perpetrado por unos maleantes marselleses que roban y matan en un cenobio del sur de Francia. El pathos logrado en la media hora final no es distinto al de cualquier otro relato de un hecho criminal tan espantoso como aquél, y tanto el guionista como el director eluden esa trascendental zona de sombra que siempre hay en las historias de cruce o choque de dos culturas. La única secuencia, y es magistral, en la que la condición religiosa aporta algo peculiar a De dioses y hombres es la de la cena de despedida en la que el hermano médico (Lonsdale) introduce en un acto litúrgico la frivolidad mundana de El lago de los cisnes y las botellas de vino tinto. Beauvois, consciente del gran potencial del texto escrito en el guión, lo explota fílmicamente   –con una profusión de primeros planos cortos dentro de amplio formato del cinemascope–  de modo elocuente y hondamente conmovedor. Solo en ese momento del film me pareció que este cineasta estaba a la altura del mejor cine católico (Dreyer, Rossellini, Bresson) que ha dado Europa.   

Porque mi segunda pregunta era de orden espiritual, y surgía del hecho de recordar, una vez visto el film, el clamoroso éxito comercial que ha tenido no solo en Francia (3.100.000 espectadores) sino en otros países de Europa. ¿Exclusivamente por sus méritos cinematográficos? La película no tiene episodios de amor, ni siquiera de gore explícito, y básicamente consiste en la mostración de un grupo de hombres, casi todos ancianos, cantando gregoriano y haciendo actos de caridad. La bondad. La fe. Soy muy respetuoso, en mi ateísmo militante, de las creencias ajenas, pero ¿no se habrá beneficiado en el box office de su subliminal mensaje vaticano? Nadie duda del sacrificio de aquellos y otros religiosos que trabajan valerosamente como misioneros en tierra hostil, ni del ecumenismo de la carta-testamento del abad. Pero el hecho de que, como crónica de sucesos, se cuente el asesinato de unos católicos irreprochables a manos de unos musulmanes malencarados podría llevar a pensar que los espectadores de De dioses y hombres –en una época en que la espiritualidad y el espiritismo, la blandura new age y la dureza sectaria se funden en la desconcertada alma del hombre occidental–  están quizá cayendo en esa “moda del espíritu” que Cioran ya veía con sorna en uno de sus primeros libros, el curiosamente titulado De lágrimas y de santos. ~