The King’s Speech | Letras Libres
artículo no publicado

The King’s Speech

Claustrofobia y tartamudeo son dos de las nociones que recorren a The King's Speech, según sugiere Olga de la Fuente en esta reseña

“La nación piensa que cuando hablo, hablo en su nombre. Y no puedo hablar…” dice Colin Firth en el papel del príncipe Alberto de Inglaterra, también conocido como el futuro rey Jorge VI.

 

La historia comienza en 1925. El rey Jorge V le pide a su hijo Alberto que dé el discurso inaugural de la Exposición del Imperio Británico en el estadio de Wembley, en Londres. Mientras los técnicos de la BBC monitorean la transmisión desde el cuarto de control, Alberto entra nervioso al estadio. Lo único que lo separa de las 100,000 personas que lo observan es un micrófono, para él intimidante y gigantesco. Silencio total. La cámara corta entre los gestos de expectativa del público y la vergüenza de Alberto tragando saliva. Para este pobre príncipe, pararse frente a un micrófono a dar un discurso es un suplicio. Hablar es un suplicio. No puede ni contarle un cuento a sus hijas, la hoy reina Isabel II de Inglaterra y su hermana, Margarita, sin tartamudear.

 

El príncipe acude a distintos médicos “expertos” en problemas de lenguaje sin éxito, hasta que su esposa Isabel (Helena Bonham Carter) encuentra a un terapeuta algo extravagante. Su nombre es Lionel Logue (Geoffrey Rush), australiano y actor frustrado que recita monólogos de Shakespeare con perfecta dicción pero que carece del talento para transmitir la pasión de los personajes que interpreta. El príncipe, en cambio, posee el temperamento de un rey, pero le falta la voz. Vaya dupla. ¿Y qué mejor escenario para un buen actor que trabajar con una contraparte que alimente su interpretación? Firth y Rush se nutren el uno al otro sin opacarse; y le deben mucho a David Seidler, quien escribió un guión elegante y lleno de ingenio. Otra interpretación que merece una mención es la de Bonham Carter. Muy diferente de sus excéntricos papeles burtonianos a los que tantos están acostumbrados, la actriz encarna a la hoy fallecida Reina Madre con una sutileza excepcional. Cuando Alberto se paraliza ante el micrófono, la cámara corta al gesto de pena de Isabel. Cuando Alberto escucha por primera vez una grabación de su propia voz recitando un soliloquio de Hamlet con dicción casi perfecta, la cámara se enfoca de nuevo en el gesto de sorpresa de Isabel. Su rostro lo dice todo.

 

A través de peculiares ejercicios (repetir acertijos, decir groserías, vocalizar hacia la ventana, usar a Isabel como pesa para fortalecer el abdomen), Logue ayuda a Alberto a tratar su tartamudez. En uno de los momentos más emotivos de la película, el príncipe se desahoga con Logue. Y como no puede hablar, le cuenta la historia de su vida cantando. Cuando su hermano Eduardo abdica a la corona para casarse con Wallis Simpson –una americana dos veces divorciada- Alberto se convierte en rey; pero eso no es todo. Es el año de 1936 y Hitler se está volviendo cada vez más poderoso. Vemos imágenes del Führer hablándole al pueblo alemán. “No tengo idea qué está diciendo, pero se ve que lo está diciendo muy bien”, le dice Alberto a su hija Isabel. Ahora, más que nunca, el pueblo británico necesita un líder que levante la voz en contra del nazismo.

 

Despojados de la grandiosidad de la realeza que otras películas retratan, los escenarios de The king’s speech constan de pasillos de palacio angostísimos, cabinas de radio apretadas, consultorios oscuros, paisajes nebulosos, y alcobas llenas de sirvientes y parientes con caras largas. No importa dónde se encuentren los personajes (en un estadio con capacidad para 100,000 personas o en un Rolls Royce), los espacios dan una sensación de claustrofobia. Es como si las paredes estuvieran en peligro constante de derrumbarse sobre Colin Firth. Para el director Tom Hooper, el espacio –o la falta de- es una metáfora del silencio, de la ausencia de palabras para un tartamudo. Hooper, quien trabajó muchos años con el cinematógrafo de Kubrick, usó la lente favorita del afamado director –un gran angular de 18 mm.- para retratar a detalle los gestos y la tensión del rostro de Firth, y así evocar la ansiedad del protagonista mientras lucha por encontrar su voz. La lente de Hooper nos muestra los músculos del príncipe tensándose mientras intenta enunciar una oración completa. Es imposible no sentir su dolor.

 

Manohla Dargis, del New York Times, criticó la visión bondadosa de Hooper sobre la monarquía: que si no se atrevió a satirizar a la familia real, que si no mostró la relación amistosa entre Eduardo y Hitler. Pero lo cierto es que The king’s speech no es un documental, ni una crítica política, ni una declaración en contra de un personaje histórico. Es un relato de la diferencia de clases, de la lucha de un hombre por superar sus demonios, de la amistad entre un monarca y un plebeyo: y, como tal, es extraordinaria: emocionalmente honesta e íntima. Alberto tiene que luchar por ganarse el respeto de Logue -un hombre común que se resiste a llamarlo “Su Majestad” hasta que no se merezca el título- quien de alguna manera encarna al pueblo británico.