Inside Llewyn Davis | Letras Libres
artículo no publicado

Inside Llewyn Davis

Una historia de talentos desperdiciados o insuficientes, de promesas incumplidas. 

*Spoilers a continuación*

Un bar de Greenwich Village, invierno de 1961. Bañado por la luz gris de invierno, entre humo de cigarro, un hombre de ojos tristes canta una vieja canción folk. Su voz es tersa y melancólica. Tiene talento, pensamos. La cámara sigue su boca, sus ojos, su mirada, tejiendo un momento de gran intimidad. Así conocemos a Llewyn Davis, suspendido en la bruma de la música. Inmediatamente, detrás del bar donde acaba de presentarse, un tipo le da una paliza.

Entrada típica de los Coen.

Maestros en delinear a sus personajes con unas pinceladas, en menos de diez minutos obtenemos una idea clara de quién es Llewyn Davis: tuvo un dúo, pero su compañero se suicidó; no tiene casa y merodea de sillón en sillón; acaba de embarazar a la esposa de su mejor amigo; sin dinero y sin abrigo de invierno, intenta cobrar regalías de su primer disco solista (Inside Llewyn Davis), que ha pasado desapercibido. En resumen: se trata de un artista en el punto crítico de su vida y su labor, a punto de alcanzar o perder para siempre su llamado.

Llewyn fracasa, tanto en aspectos que escapan su poder como en los que tiene plena responsabilidad. En él aparecen los aspectos más vulnerables del temperamento artístico: las dudas, las envidias, la confianza ingenua, los ideales abandonados, las sospechas de que alguien más, al lado de ti, está creando arte verdadero.

Durante los siguientes días, incluido un viaje exprés a Chicago para tocar frente a un representante, la odisea de Llewyn consiste en perseguir y fallar continuamente en la consecución de su sueño. El viaje de Ulises (también aludido en O Brother, Where Art Thou?) se recrea en el de Llewyn, lleno de déja vus y vueltas en círculos, sin destino claro.

Inside Llewyn Davis nunca resuelve por sí sola la incógnita del talento de su personaje principal. Se trata de una fina parodia de las biopics de músicos legendarios, situándose en el punto de vista de los más modestos anónimos que pavimentaron el camino del éxito. Y sin embargo, con su humor negro y desparpajado, los hermanos Coen entregan un producto hermoso, con gran resonancia para todo aquel que persiga un fin artístico. Inside Llewyn Davis es un estudio sobre la pulsión desnuda y llena de dudas del quehacer artístico y cómo esta pulsión se contrapone con una sociedad indiferente. Cómo este rechazo mina el alma del joven artista. Cómo lo pone en duda, lo anula y, finalmente, lo borra de la historia.

Por momentos un musical y una road movie, Inside Llewyn Davis es también un festín visual. Hay cuadros de mucha belleza: una gasolinera solitaria en una carretera del midwest, algunas calles de Nueva York disfrazadas de otra época, espacios amplios o estrechos colmados de detalles. También hay mucha comedia, como es sello de la casa. Poco a poco, una galería de personajes excéntricos se apodera de la epopeya. El casting parece estar lleno de bromas y guiños a la industria: el recurrente John Goodman, un envejecido músico de jazz cuyos diálogos arrancan las mejores carcajadas; Carey Mulligan, adorable y sensata en su enojo hacia Llewyn; Justin Timberlake como el mejor amigo, también músico, de personalidad más entusiasta y talento mejor administrado (curiosamente, a pesar de sus excelentes aportaciones al soundtrack, Justin no es memorable); Garrett Hedlund, como un hermético artista con una ocupación extraña, es un eco voluntario del Dean Moriarty de Walter Salles. Hay hasta un par de actores del universo Girls, Alex Karpovsky y Adam Driver; este último se luce como Al Cody, cantante de voz agudísima en vías de cambiarse el nombre (que es Arthur Milgram). Sin embargo, la revelación absoluta es Oscar Isaac, que interpreta sus propias canciones, encarna los claroscuros del personaje con naturalidad y transmite un desamparo lleno de ira y desesperación.

Otra gran actuación es la del gatito (awwww). Los Coen escogieron este animal, escurridizo y ligero con sus patitas apenas tocando el piso mientras camina, para representar el carácter elusivo del arte. Llewyn constantemente lo pierde y recupera, aunque también es cierto que el gato escapa y de la nada aparece. El camino errante de Llewyn consiste en que todo pasa dos veces: un diálogo apenas intercambiado, una repetición que lleva a la desesperanza (más que Ulises, Llewyn encarna a Sísifo). En una parte, para nuestra desesperación, John Goodman nunca termina de contar un chiste, pues la idea es dejar los punchlines abiertos e irresolubles (incluso el tráiler, tan juguetón como la película, se aprovecha del recurso: cuando Llewyn está a punto de cantar, cual Maggie en la boda imaginaria de Lisa, la imagen corta a negros y aparece el título en silencio).

Las cartas con las que juegan los Coen les permiten retener información y dejar la incógnita del futuro de Llewyn en manos del espectador. Debajo de un sillón, Llewyn encuentra una caja con los discos de  Al Cody que nunca se vendieron, un espejo tragicómico de su propia caja con discos sin vender: las portadas son incluso similares, un intento por mostrar de qué está hecha el alma de cada uno (de pie, melancólicos, solitarios). ¿Es ésta la imagen del artista segundón?

Al final de la semana, cuando uno siente que el espíritu de Llewyn está a punto de romperse, arrastrado por la desgracia, lo vemos sentado bajo la luz de invierno, cantando Hang me oh hang me[1] como en la primera escena. El principio de su travesía se revela como el final: la película es en realidad un largo racconto. Y es ineludible pensar que en este momento, con todo lo que ha vivido, hay alguna catarsis y también, forzosamente, alguna iluminación. Pero Llewyn Davis dejó el gato abandonado, tomó malas decisiones, tal vez es cierto que no va a ninguna parte. Al salir al callejón donde recibirá una golpiza merecida, un hombre se acomoda en la silla vacía. Reconocemos de pronto el timbre de voz inconfundible y, a contraluz, la cabellera rizada y esponjada. En el piso, sangrante, Llewyn escucha la voz de Bob Dylan, sentado en el mismo banco donde él acaba de sentarse, iluminado por la misma luz gris de invierno, y sin embargo no hay nada aquí que los Coen tengan que decir: el talento probado, el éxito (¿pero qué es el éxito?, eso tampoco lo responden), la pulsión del artista resuelta: Bob Dylan, el mito vivo. Por cada Ray Charles y cada Johnny Cash, hubo cientos que no lo lograron, que rodearon a los grandes sin alcanzarlos. Ésta es la historia de los talentos desperdiciados o insuficientes, de las promesas incumplidas. Un círculo que se cierra con una idea triste: Inside Llewyn Davis es una impresión en negativo del triunfo artístico.


[1]           La inspiración más directa de los Coen son las memorias de Dave Van Rok, ícono tardío del folk, que en 1963 lanzó un disco titulado Inside Van Rok. La canción que Oscar Isaac canta en la primera (o última) escena, Hang me oh hang me, es original de Grandpa Jones, pero la versión más conocida es la de Van Rok. El momento exacto de la película (invierno de 1961) es el momento previo a la nueva ola del folk que encumbraría a Bob Dylan, Joni Mitchell, Leonard Cohen y otros.