Inadvertidas primero: dos series encuentran su público | Letras Libres
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Inadvertidas primero: dos series encuentran su público

Crematorio y Vientos de agua son dos series que no recibieron la atención que ahora tienen mientras estuvieron al aire. Ahora viven su segundo aire. 

¿Qué son las audiencias? “Índices de embrutecimiento”, respondió el crítico Javier Pérez de Albeniz en el diario El Mundo. Corría el año 2006 y el canal español Telecinco decidió cambiar el día y el horario de la serie Vientos de agua, marginándola a la madrugada de los viernes para retirarla dos capítulos después. “No me sorprenden las malas audiencias: si las televisiones llevan años alimentando a los asnos con paja seca es difícil que estos aprecien la miel a la primera”.

Hoy la serie, dirigida por Juan José Campanella, se ha convertido en un producto de culto y en una de las más vendidas en DVD. Vientos de agua es un drama sobre la inmigración que retrata un doble éxodo: el de los españoles que huían a América en vísperas de la Guerra Civil española y el de los argentinos que marcharon a Europa huyendo de la famosa crisis del corralito en 2001. Se rodó en Madrid, Buenos Aires y Asturias y costó unos ocho millones de euros. Producida por Telecinco y 100 bares y distribuida por HBO, fue una de las producciones más caras de la historia de la televisión en castellano hasta el momento. Se realizaron 13 capítulos de 72 minutos con presencia de varias caras conocidas como Héctor Alterio y su hijo Ernesto, Eduardo Blanco, Pablo Rago y Marta Etura.  

https://www.youtube.com/watch?v=GEQT55XhYg4

La serie estuvo por debajo de las cuotas de audiencia previstas, tanto en España como en Argentina, pero al mismo cosechó críticas elocuentes. “Es una bofetada en la cara de todos los productores de bazofia embuchada en forma de ficción” dijo el citado Albeniz, “merece un estruendoso aplauso” (dijo el diario español El País), “una apuesta internacional por elevar contenidos, actuaciones y estéticas televisivas” (calibró el argentino La Nación).

Finalmente Campanella decidió retirarla de la pantalla y sacarla a la venta en DVD. Reconoció que este era el formato idóneo para su historia, ya que “ha interesado a un público más acostumbrado a seguir producciones cinematográficas”. Hoy la serie sigue vendiéndose y recordándose como una de las primeras series en castellano (las mexicanas Capadocia y Señor Ávila llegarían dos y siete años después respectivamente) en las que hay una clara voluntad cinematográfica en cuanto al trabajo de los actores, el guión, los decorados y el concepto temporal. Un gran fresco que retrata los últimos 70 años de historia española y argentina y que nos recuerda quienes somos y de dónde venimos.

Casi seis años después apareció otra serie que por ambición y concepción puede equipararse a Vientos de agua. Su nombre es Crematorio y está basada en la novela homónima del recientemente fallecido Rafael Chirbes, uno de los escritores más celebrados en lengua castellana.

Las semejanzas son múltiples: ambas son superproducciones que no tuvieron el éxito esperado en televisión, ambas pretenden retratar y explicar de modo crítico la historia reciente (la crisis argentina en Vientos de agua y la corrupción española en Crematorio), ambas fueron concebidas por talentos reconocidos a nivel mundial (Campanella ganó el Oscar en 2009 y Chirbes fue uno de los escritores más premiados en castellano), ambas fueron distribuidas por HBO y convertidas en objetos de culto. Ambas son mucho más que meros productos televisivos.

https://www.youtube.com/watch?v=I9joAr5ca_8

El protagonista de Crematorio fue José Sancho (Curro Jiménez, Cuéntame cómo pasó) en el que fue su último gran papel antes de morir. Su interpretación del mafioso valenciano Rubén Bertomeu le granjeó múltiples elogios, entre ellos los del mismísimo Chirbes, que a su muerte escribió: “Su energía, su voz poderosa, su presencia en la pantalla (crecía, se ensanchaba ante la cámara) le dieron credibilidad a la reencarnación en aquellas imágenes que traducían lo que yo había pensado para ser leído. No volví a verlo nunca, pero ya no he dejado de sentirme unido a él: compartíamos a nuestro Bertomeu. Hoy siento que, al marcharse, se lleva algo mío”.

En la ficción, Bertomeu encarna al patriarca de la famosa burbuja inmobiliaria, aquella España que cambió la naranja por el ladrillo y se hizo de oro jugando al Monopoli en la costa mediterránea. El constructor de hoteles hizo sus pinitos con los narcos de México y hoy se enfrenta a la mafia rusa, a su hija bienpensante, a sus amigos intelectuales y sobre todo al recuerdo de su hermano, el derrotado revolucionario reconvertido en ecologista. La corrupción es el ADN que enloda las venas de España y destruye su paisaje. Y el crematorio es el símbolo del estado de ánimo de todo un país. En palabras del gran Chirbes: “Es la historia de nuestro gran fracaso”.

La serie, dividida en ocho capítulos de una hora, se emitió en Canal+, alcanzó un 0.2 % de cuota de pantalla y desapareció poco después del mapa televisivo. Tras ganar varios premios en España (el Ondas, el Premio de la Crítica) HBO Latinoamérica decidió distribuirla fuera de las fronteras europeas. Al igual que Vientos de agua, no tuvo demasiado éxito en televisión, pero hoy sigue vendiéndose, emitiéndose y revisándose como lo que es, un objeto de culto.

A pesar de las audiencias embrutecidas, Crematorio y Vientos de agua reviran en el mar. No son sólo series de televisión: son cine, son literatura, son dos pedazos de nuestra historia reciente. Dos jarros de miel no aptos para asnos.