Girasoles cortos | Letras Libres
artículo no publicado

Girasoles cortos

Leí tarde Los girasoles ciegos, el libro de Alberto Méndez tan fulgurantemente premiado y ampliamente leído post-mortem del autor. Lo leí, siendo exactos, cuarenta meses después de su aparición en la editorial Anagrama, en enero del 2004, y cuando el libro iba por la décimosexta edición, que es la que tengo en mi biblioteca. No pertenezco a la categoría de sus entusiastas, aunque guardo recuerdos muy gratos, lejanos, del propio Alberto y de su familia, en la que hay traductores, valerosos militantes de izquierda, libreros y cocineros ilustrados. Una familia artística, y un libro, Los girasoles ciegos, cuyos excesos de escritura acaramelada no anulan la originalidad del concepto y la fuerza dramática de alguno de sus episodios.

José Luis Cuerda, con la mano maestra –por no decir el espíritu tutelar– del gran Rafael Azcona en calidad de guionista colaborador, tenía una ardua misión y una facilidad para adaptar el libro al cine. Empezando por lo fácil. Ni uno ni otro tenían que buscar equivalentes fílmicos a frases como “Madrid nocheaba”, “El invierno estaba pegado a los balcones acechando la tibieza y el olor a achicoria del interior de la casa”, “cerraban sus puertas con las fallebas del pánico”, “recorrer con precisión el glisando (sic) tras el que se ocultaba Bach” o “paseando su soledad en aquel hangar de angustias”, por citar ejemplos de lo que en inglés se llama overwriting. Para ser justos (en un país de tanta baja prosa altisonante), Méndez sólo hace sobreescritura de vez en cuando, siendo por lo general conciso y neto, sin sonaja.

Lo arduo era condensar los cuatro relatos que forman la breve novela partida en una película unitaria, es decir, no compuesta de sketches, como se hacía en los años setenta. Y es una lástima que el formidable tándem Cuerda-Azcona no haya podido llevar a cabo lo que el libro, una vez comprados sus derechos y decidida su producción económicamente desahogada, permitía y pedía: un gran fresco intrahistórico de la guerra civil y la primera posguerra franquista, en el que los personajes, los temas, los fondos y las melodías solistas apareciesen entretejidos y mutuamente enriquecidos. Una película de tres horas de duración, como tantas hay hoy con menos soporte argumental, que nos arrastrara (materia tenía suficiente) a la emoción, a la revelación, al espanto y tal vez a la catarsis.

Tal y como la vemos en los cines, Los girasoles ciegos descansa en la probada solvencia narrativa de Cuerda y cuenta con un grupo de actores donde destacan al menos cuatro prestaciones de primerísima calidad: la de Raúl Arévalo (en el papel del diácono rijoso), la de Maribel Verdú, la de José Ángel Egido (el rector del seminario), y, cosa de mérito, la del niño Roger Príncep, que da relieve y encanto a su difícil personaje, evitando siempre la ñoñería. Pero el conjunto aparece trunco, corto, y no sólo porque sepamos (habiendo leído el libro de Méndez o las declaraciones de Cuerda antes del estreno) que el cineasta descartó a priori del guión el tercer segmento o “tercera derrota”, a mi juicio uno de los dos mejores de Méndez, y, una vez rodados los otros tres, eliminase del montaje por completo el que corresponde a la historia inicial del libro, la del capitán rebelde que el día de la Victoria se pasa al bando enemigo derrotado. Cuerda ha anunciado que así tendrá “un extra grande para el dvd”, pero habrá que ver si por separado o en un montaje global que podría, al menos en mi wishful thinking, hacer mejor justicia al proyecto.

Y es que mi sospecha de espectador avezado es que el acortamiento de Los girasoles ciegos, la película, podría deberse a la tiranía de los exhibidores españoles que, lo sé muy bien, huyen como de la peste de cualquier producto nacional superior a los 115 minutos, mientras que, por chantaje hollywoodense o gusto propio, aceptan sin rechistar cintas norteamericanas que oscilan alegre y plomizamente entre los 150 y los 180 minutos de duración. Todo da a entender en la película de Cuerda que el segundo relato original de la obra impresa (mi favorito) había sido trenzado de modo sutil y elocuente por Azcona en el continuo narrativo del libreto, y quizá su presencia apenas esbozada esté motivada por la debilidad interpretativa de la joven pareja que protagoniza la huída y refugio en la cabaña. Entre esa tijera posiblemente voluntaria y los recortes de orden supremo, me temo que nos quedaremos sin saber para siempre, nosotros y –en su más que honroso Más Allá– tanto Alberto Méndez como Rafael Azcona, cómo habrían podido crecer y multiplicarse Los girasoles ciegos en la gran pantalla. ~