Gamas del arcoirís | Letras Libres
artículo no publicado

Gamas del arcoirís

Coinciden en los cines, pocos meses después del éxito de La vida de Adèle, cinco nuevas películas basadas en la condición homosexual; dos tratan el carácter diferencial de lo masculino y lo femenino, una el turismo sexual, otra la enfermedad del sida y sus enemigos, y la última en estrenarse, que es la mejor, explora de manera sutil el misterio que une al deseo con la muerte. De las seis, cinco han sido muy premiadas y celebradas, lo cual no debería, sin embargo, engañar a los optimistas: la homosexualidad sigue siendo un coto cerrado donde los cazadores de la normalidad entran como ojeadores más o menos tolerantes, como curiosos, como estudiosos, sin dejar de sentir que ese campo ajeno siempre es extraterritorial.

Pelo malo es una película venezolana de reducido presupuesto y modestas ambiciones que ganó de modo inesperado el máximo galardón, la Concha de Oro, en el festival de San Sebastián de 2013. La propuesta de la directora y guionista Mariana Rondón es muy honrada, y su significado varía, como la propia autora ha reconocido, según el lugar desde el que se contemple. En América Latina puede predominar la metáfora racial y política, mientras que para nosotros, en Europa, la figura de Junior, ese niño de nueve años (subyugante Samuel Lange Zambrano) que quiere alisarse el pelo y cambiar su persona hacia una entidad más delicada, quizá más femenina, queda definida por la homosexualidad incipiente. Totalmente distinta es la comedia disparatada (sobre todo en el “almodovariano” episodio que trascurre en La Línea de la Concepción) Guillaume y los chicos, ¡a la mesa!, primera película de su director y actor principal Guillaume Gallienne, intérprete simultáneo del papel de un hombre afeminado al que su abrumadora madre (interpretada por él mismo “en travesti”) aboca desde la infancia a la homosexualidad; la vis cómica de Gallienne, prestigioso miembro de la Comédie Française, depara los mejores momentos de una película que estabiliza en su forzado happy end cualquier desorden de género sexual antes planteado en la trama. Como la anterior, triunfadora absoluta de los Premios César de la academia del cine francés, Dallas Buyers Club, del canadiense Jean-Marc Vallée, obtuvo un enorme eco internacional y tres Óscar de Hollywood, muy merecidos los tres, mejor actor a Matthew McConaughey, mejor secundario a Jared Leto, convincentemente travestido a lo largo de toda la acción, y mejor peluquería y maquillaje, esencial en la verosimilitud que los peinados de época (los años 1980) y los estragos de la enfermedad dan a los personajes protagónicos. El filme de Vallée se encuadra dentro del cine de tesis benevolente (recuerda en ese sentido a la también muy reconocida Philadelphia de Jonathan Demme, 1993), añadiendo al contexto de los peores momentos de la epidemia del sida un paisaje inusual, el del rodeo más rigurosamente heterosexual. En cuanto a la menos afortunada en honores y difusión comercial, la española La partida, de Antonio Hens, se trata de un relato que combina la descripción de la miseria económica y moral en la Cuba de los hermanos Castro con una historia de amor entre dos muchachos, uno de los cuales se prostituye con turistas varones. La pintura social y familiar está bien plasmada, incluyendo las escenas del entrenador de fútbol y depredador sexual encarnado con talento por Toni Cantó, pese al esquematismo de su personaje, en quien se ha querido ver en clave críptica a una estrella del balompié catalán. El drama de la intolerancia machista incurre, por el contrario, en un cierto efectismo truculento, poniendo más de relieve la insuficiencia actoral de los jóvenes debutantes cubanos.

Presentada en el festival de Cannes 2013 dentro de la sección “Un Certain Regard”, donde obtuvo el premio a la mejor dirección, El desconocido del lago de Alain Guiraudie vivió la dulce experiencia de ser considerada por la crítica internacional como un título que tendría que haber entrado en la competición oficial, desafiando allí, para el gusto de muchos, la primacía de otra película francesa, La vida de Adèle. Ambas no son comparables, en su extraordinaria calidad, del mismo modo que resultan antitéticos desde el punto de vista formal Abdellatif Kechiche y Alain Guiraudie, autor de varios largometrajes, ninguno estrenado en España. El desconocido del lago muestra desde su primer plano (repetido idénticamente varias veces) un áspero no-lugar campestre donde aparcan esporádicamente los coches de unos hombres de distinta edad y físico, casi todos anónimos, que acuden a la orilla de un lago a fornicar, por lo general de modo inmediato y desprotegido. El lago es grande y también lo frecuentan, lo sabremos a través de los parcos diálogos, familias y bañistas más apacibles, aunque el espectador solo ve, a menudo de lejos, al puñado de buscadores de la aventura, que se practica en el bosquecillo cercano a la ribera.

El desconocido del lago no es una crónica de costumbres eróticas (si bien no faltan las escenas de sexo explícito), ni el relato de un amor pasional (que el protagonista Franck empieza a sentir), ni siquiera un thriller psicótico, teniendo la película como línea argumental un caso criminal y una resolución sangrienta. Alain Guiraudie compone con aplomo sutil una narración minimalista y despojada –la sombra de Robert Bresson es, por suerte, alargada en el cine francés– en la que adquieren una gran relevancia los dos personajes secundarios que observan y a su modo comentan la acción: Henri, el hombre grueso que no busca gratificación carnal, y el policía investigador. Sus intervenciones, muy sugestivamente escritas y magníficamente interpretadas, alivian de la atmósfera concentracionaria y maligna vivida por los dos amantes protagonistas, Franck y Michel, en una suerte de danza macabra que funde la pulsión de muerte con el goce libidinoso, un concepto central en la obra de Bataille. Y así, L’Inconnu du lac, con su final nocturno y enigmático, cierra una historia perversa tan alejada de la alegoría como de la moraleja. ~