Fair game | Letras Libres
artículo no publicado

Fair game

Basada en una historia real, Fair Game es una cinta que, más allá de la denuncia política que expone, funciona como una cinta de acción, un thriller y un drama doméstico.

La identidad es un dilema fundamental en el espionaje, ya que por definición la labor del espía descansa en la negación de una parte de su “verdadero” yo. Ocultar la nacionalidad, la filiación política o ideológica, la profesión e incluso el nombre son requisitos necesarios que tiene que cumplir el agente encubierto para engañar al enemigo y persuadirlo para que le proporcione información.

El arma más letal del espía es el disimulo. Su escudo es el disfraz. Por ello, los agentes más memorables de la historia— como Sidney Reilly, quien utilizó el alias ST1 para conspirar contra Lenin en 1918— y por supuesto, los espías más fascinantes de la industria fílmica como el Agente 326, el Agente 007 y el Superagente 86, utilizan un nombre clave para resolver sus misiones y tramar sus estrategias, ya que éste les permite mantener su identidad en el anonimato.

Pero, ¿qué pasa cuando el nombre detrás del código es revelado? Fair Game (2010) es un escenario a esta pregunta que no deja de ser dramática —y paradójica— pues si bien, la funcionalidad del espía depende de la negación de su yo, por el contrario, la afirmación de su verdadera identidad sólo puede llevarlo al descalabro y al ostracismo.

Como muchas otras películas del género, Fair Game comienza con un plan macabro para destruir a los Estados Unidos y por ende, con una misión secreta para detenerlo, a cargo de la agente encubierta Valerie Plame (Naomi Watts).

Dirigida por el creador de The Bourne Identity (2002) y Mr. & Mrs. Smith (2005) los pasos siguientes parecen ser predecibles: acción, intriga, romance. Los ingredientes habituales de toda película de espionaje. No obstante, unos minutos después, el argumento da una vuelta de tuerca: con el objetivo de desacreditar a su esposo, el diplomático Joe Wilson (Sean Penn), Valerie es descubierta como un agente de la CIA por la propia Vicepresidencia de los Estados Unidos.

Con la confabulación de la Casa Blanca, Fair Game toma un nuevo rumbo. De la intriga política pasa al drama de una espía que ha sido despojada de la información más íntima y confidencial que puede tener —su nombre real— y al dilema de una mujer que ha perdido su trabajo, su tranquilidad y, probablemente a su esposo, quien está más interesado en ajusticiar la indiscreción gubernamental —y con ello, brillar en los medios de comunicación— que en ser un apoyo para evitar el deterioro existencial que puede desatar una revelación de semejante envergadura.

Siendo una película de Doug Liman, fácilmente se podría creer que Fair Game es la  consecuencia natural de mezclar The Bourne Identity con Mr. & Mrs. Smith, pero en versión dramática y sin las escenas desmesuradas de acción. No obstante, Fair Game plasma uno de los episodios más controversiales de la administración de George W. Bush.

El guión, a cargo de los hermanos Butterworth,está basado en el libro homónimo de Valerie Plame (Fair Game: My life as a spy. My betrayal by the White House) y en las memorias de Joe Wilson (The Politics of truth: inside the lies that led to war and betrayed my wife's CIA identity), quienes dieron su beneplácito,aunque la película también incluye varios personajes inventados, como los supuestos contactos iraquíes, para dar peso narrativo a la historia. Tanto en la realidad como en Fair Game, el escándalo inició cuando la verdadera agente de la CIA Valerie Plame recomendó a su esposo, Joe Wilson —el último embajador en reunirse con Saddam Hussein—, para verificar una supuesta venta de uranio enriquecido por parte del gobierno de Niger al régimen iraquí.

Aunque la compra nunca fue demostrada, como indicó en su momento Wilson a la CIA, el presidente Bush la utilizó como argumento para justificar la invasión a Irak, por lo que el ex embajador decidió publicar en The New York Times el artículo “What I didn´t find in Africa” donde cuestionaba la veracidad de dicha información. Pocos días después, el columnista Robert D. Novak reveló en The Washington Post que Joe Wilson nunca trabajó para la CIA, pero que su esposa Valerie Plame era una agente en operaciones, especializada en armas de destrucción masiva.

Una simple nota bastó para borrar los más de 15 años que Valerie dedicó al servicio de inteligencia. A casi un año de haber sido presentada en el Festival de Cannes, Fair Game llega a México liberada de la polémica que supone revivir el “Plamegate”. Quizá por ello sea más fácil distinguir que, más allá de la denuncia política, es una película de manufactura convencional que, sin ser cautivadora, acierta en presentar un historia en dos direcciones: la conspiración gubernamental y el desgaste que provoca el enfrentamiento —y la reconciliación—de una pareja ante el abuso de poder.

"¿Qué es más levantado para el espíritu: sufrir los golpes y dardos de la insultante Fortuna, o tomar las armas contra un piélago de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas?" Aunque en un sentido distinto a la tragedia de Hamlet, las palabras que prosiguen a la máxima de Shakespeare "ser o no ser" parecen guiar la pugna entre Valerie y Joe.

Tras publicar el artículo que despoja a Valerie de su profesión, y por ende, de una parte significativa de su identidad, Joe emprende una guerra mediática contra la Casa Blanca. Su motor, en la película,  es una combinación de sed de justicia y protagonismo. Por otro lado, el personaje de Valerie —ya sea por lealtad a la CIA o por precaución—decide guardar silencio. Pero su mutismo no es el de una mujer atemorizada. Al contrario, es la respuesta de un agente que, a pesar de la calamidad, conserva el temple y el autocontrol. La actuación de Naomi Wattses destacable porque conserva la entereza que caracteriza a la verdadera Valerie Plame, sin dejar de mostrar la crisis interna —calmada, pero presente— que provoca dejar de ser, de un solo golpe, lo que se era: una espía.

A pesar de los anacronismos que algunos han detectado, Fair Game destaca entre otras películas del género del espionaje porque además de intriga y una pizca de acción, plasma las disputas domésticas y el dilema de la identidad a través de actuaciones que se distinguen por su realismo y sobriedad.