Eric Rohmer (1920-2010) | Letras Libres
artículo no publicado

Eric Rohmer (1920-2010)

Crítico, director y productor de cine, personaje emblemático de la Nouvelle Vague francesa de la década de 1950 y escritor, Éric Rohmer (Nancy, 1920-París, 2010) murió ayer, lunes 11 de enero, a los 89 años.

Dirigió, a lo largo de su vida, varias decenas de películas. Entre las más conocidas: La coleccionista (1967), La rodilla de Clara (1971), Paulina en la playa (1983) y la serie de cuentos de las cuatro estaciones, Cuento de primavera (1990), Cuento de invierno (1992), Cuento de verano (1996), Cuento de otoño (1998). Entre las más entrañables: El amor al mediodía (1972), La mujer del aviador (1980), La buena boda (1982), El rayo verde (1986). Su obra maestra: Mi noche con Maud (1969).

Se ha dicho a menudo que Rohmer encarnaba, dentro del grupo de jóvenes que publicaba sus textos en la célebre y todavía existente revista Cahiers du Cinéma, uno de los miembros más conservadores. Se ha señalado, también, el influjo de la palabra en sus películas.

Conviene acentuar la importancia de la narración –en sí misma un personaje, la voz única, paradigmática, del relator omnisciente que describe el aspecto más íntimo, más paradójico, más complejo y a la vez diáfano del ser humano. Rohmer abordó, como pocos cineastas, temas como la religión y la moral, la soledad, el amor físico, la esperanza, el desaliento, la experiencia arrolladora de lo cotidiano.

Rodó su última cinta, El romance de Astrea y Celadón, en 2007. Sin demeritar la trascendencia del resto de su obra, habría que confesar, acaso, el poco interés de esta fábula en la que convergen una faceta teatral –lúdica, grotesca–, otra más cinematográfica e incluso una pictórica. Aunque fue multipremiada y llegó a estimarse la quintaesencia de su cine, no constituyó más que una caricatura burda, sensiblera, de sus películas más antiguas.

Confiemos en que Rohmer sea recordado por la esencialidad de sus tramas, por su peculiar sutileza, por la presencia del azar en sus historias, por la vitalidad de sus personajes. “Yo no digo, muestro”, afirmó en alguna ocasión. En definitiva, consiguió mostrarnos un estilo clásico, muy personal, que lo sobrevivirá.

-María Lebedev