En el camino: Little Miss Sunshine | Letras Libres
artículo no publicado

En el camino: Little Miss Sunshine

Los concursos de belleza infantiles conforman una de las subculturas más escalofriantes y fascinantes de Norteamérica. Familias enteras movidas por un ideal de belleza que raya en lo grotesco, niños con apariencia de adulto que alimentan las expectativas de un jurado cercano a lo patológico. Little Miss Sunshine visita este mundo con una visión cándida y amable, cercana a las motivaciones de las feel good movies pero con una factura superior, de propósitos más transparentes.

Abigail Breslin, que se reveló con este papel como niña actriz a tomar en cuenta, encarna a Olive, la hija más pequeña de un fracasado aspirante a orador motivacional (Greg Kinnear) y de una ordinaria ama de casa (Toni Collette), quien tiene como meta e ilusión ganar el concurso de belleza Little Miss Sunshine, en California. Guiada por su atípico abuelo, Edwin (un divertidísimo Alan Arkin), un adicto a la heroína, veterano de guerra, paranoico y cercano a la locura, la pequeña ha ensayado una y otra vez una coreografía secreta. Cuando se entera que ha calificado al concurso, Olive se vuelve loca de la felicidad y arrastra a su familia, incluidos su medio hermano Dwayne (Paul Dano), un adolescente tristón, arquetipo del joven emo, y a su tío Frank (Steve Carrell), homosexual y especialista en Marcel Proust en plena recuperación de un suicidio fallido, a un viaje de Nuevo México a California.

Uno de los aspectos más destacados en Little Miss Sunshine es el hecho de que los grandes planos y las tomas panorámicas están prácticamente ausentes. Alejándose del cliché del género que acostumbra mostrar, como tedioso lugar común, la belleza de la gran América, la cinta acerca su cámara y su discurso a la condición humana de los protagonistas: lo que le importa en realidad a la pareja de directores (Dayton y Valerie Faris, que debutaron con este trabajo) son las relaciones familiares que se gestan entre individuos, diametralmente opuestos, obligados por la vida a convivir entre sí. Las relaciones familiares, siempre tirantes, son expuestas bajo una óptica sincera pero quizá demasiado optimista: todo se arregla con un final feliz pasado por el filtro del cine independiente de la década, siempre irónico. No quiere decir esto que Little Miss Sunshine sea una mala cinta. Por el contrario, su colección de entrañables personajes y argumento sencillo pero efectivo, la convirtieron en referencia obligada para quienes pretendan hacer una radiografía del cine indie de estos años.

Si hay algo que distancia a este cine de su predecesor, es la mirada con la que contemplan la resolución de los problemas cotidianos de la vida: mientras el cine independiente estadounidense de los noventa (encarnado en Tarantino, en Smith, en Clark, entre otros, a su vez descendientes de Scorsese, Allen, o Van Sant) veía el mundo con declarado pesimismo y humor negro, en el mejor de los casos, este cine de los dosmiles (que tiene a sus portavoces en Webb, en Wes Anderson, en Jonze y en Gondry, extraídos casi todos del universo del videoclip) ve la realidad, salvo contadas excepciones, con un agridulce ánimo que, por regla general, arranca al final del día una media sonrisa a sus protagonistas.

- Luis Reséndiz