El Quijote de David Bowie | Letras Libres
artículo no publicado

El Quijote de David Bowie

A lo largo de la década de 1970 tuve oportunidad de tratar asiduamente en Londres a Celestino Coronado, un original artista español instalado en Inglaterra, donde sigue viviendo y ha desarrollado una importante carrera como cineasta y colaborador excepcional del actor y director teatral Lindsay Kemp. Coronado, autor de un Hamlet hoy convertido en film de culto, me pidió un día, creo que de 1974, escribir para él una adaptación cinematográfica de la novela de Cervantes (y he de decir que no había entonces ninguna conmemoración ni efemérides en perspectiva). Años después desarrollé otro guión completo para Celestino sobre nuestra Guerra Civil, pero este Don Quijote, ahora publicado en Letras Libres por vez primera, no pasó nuncadel estado de sinopsis larga o —como se llama en la jerga cinematográfica— "tratamiento".
     Señalo sucintamente dos curiosidades del texto, que bien podría haber figurado en la Anthologie du cinéma invisible publicada en Francia en 1995 (fue otro el elegido por el compilador de ese singularísimo libro, donde mi nombre aparece junto al de escritores mucho más célebres y valiosos que yo, firmantes todos de guiones nunca filmados). La primera resulta evidente con su lectura: la bibliomanía neurótica de Alonso Quijano se hace en mi propuesta cinefilia, trasponiéndose las fuentes librescas del original a las películas clásicas, las divas del celuloide y los magnates de Hollywood (equivalentes a los duques de la novela). No habiéndolo leído desde entonces, me ha sorprendido a mí mismo la posible anticipación genérica del road movie, la larga cita de la escena del plató vacío en Cantando bajo la lluvia en la parte final, y esa mezcla de los espacios soñados tanto por Raymond Roussel, sobre todo el de Locus Solus, como por Jerry Lewis (el de The Ladies Man, en España llamada El terror de las chicas) que se da en las secuencias cuatro y trece.
     La segunda es la que produce tristeza. Kemp, que siguió de cerca la escritura del tratamiento y se reservaba el papel de Sancho en la futura película, fue como es sabido mentor, inspirador y amigo íntimo de David Bowie, y el proyecto cinematográfico tenía al cantante como intérprete indiscutible de Don Quijote. Recuerdo un breve encuentro —el único de esa malograda empresa— en el que Celestino, Lindsay y yo comentamos con el muy inteligente autor de Ziggy Stardust and the Spiders from Mars los pormenores de su personaje, llamándome la atención el entusiasmo, la refinada cultura cinematográfica y el buen conocimiento de la novela cervantina que mostró Bowie. Pero el fervor de todos y la dedicación de Coronado en la búsqueda de una cuantiosa financiación fueron insuficientes. No muchos meses después de esa reunión, David había dejado de ser una araña marciana para convertirse en pin-up de millones de jóvenes del mundo entero, Kemp y Celestino cambiaron a Cervantes por Shakespeare (rodarían posteriormente en España un más realizable Sueño de una noche de verano), y yo, tras meter en un cajón hasta hoy los 14 folios del manuscrito, me puse a imaginar otras aventuras más pegadas a la tierra, menos heroicas.

     1. La película se inicia con un diálogo amoroso en grandes primeros planos entre Don Quijote y una gran dama del cine del pasado (que podría ser Greta Garbo). En una pequeña pantalla casera Don Q. proyecta una secuencia (quizá el despertar amoroso en Grand Hotel) que él ha remontado de forma que sólo aparezcan proyectadas las réplicas de la actriz, e intercaladas vemos nosotros las intervenciones en contraplano de Don Q., que sigue de memoria el diálogo y contesta con toda exactitud, haciendo él de galán, las palabras de ella. La secuencia termina, las luces se encienden y nos hallamos en la gran y desordenada habitación de Don Q.: cuatro altas paredes sin ninguna luz natural —las ventanas han sido clausuradas con celosías pintadas— y cubiertas por capas de viejos posters, fotografías, fragmentos de celuloide, libros de cine, revistas ilustradas, etc. El suelo lo cubre una alfombra de discos, más revistas, reliquias y objetos antiguos, y el resto de la habitación, donde apenas existen los muebles habituales de toda casa, está ocupado por gramolas, magnetófonos, aparatos de televisión, pantallas, vídeo, etc., que funcionan constante y simultáneamente mientras Don Q. se pasea por el cuarto nerviosamente y circula entre uno y otro, fija su mirada en uno, cambia de programa, apaga, enciende, sube el volumen o simplemente se sienta con los ojos cerrados en medio de todos los aparatos y se abstrae. Se puede observar que en una gran mayoría de las fotografías, posters e ilustraciones de viejas películas y actores famosos que hay en el cuarto, Don Q. ha sustituido los rostros originales por el propio, pegado a modo de collage y en los más diversos atuendos, según cada película o época.

2. Don Q. abandona muy pocas veces su reducto (parece no necesitar comer ni dormir, y de hecho ningún alimento, cocina o cama se ven en la casa), pero cuando sale a la calle, como ahora, es al atardecer, ya oscurecido, y su andar enérgico, su mirada perdida, su gesto casi heroico, su aspecto visionario y sus ropas desusadas y austeras, despiertan cierta sorpresa e hilaridad entre los viandantes con que se cruza. Don Q. camina sin reparar en ellos, sin darse cuenta de lo que sucede a su alrededor, y se limita a ejecutar su cometido (comprar más revistas o libros, o un objeto curioso de una tienda de antigüedades) y volver rápidamente a casa. Sin embargo, al andar por la calle, en sus gestos y movimientos irreales, teatrales, es fácil captar que Don Q. sigue pautas ajenas, está imitando al moverse a algún ídolo particular o a alguna estrella consagrada.

3. Mientras Don Q. está ausente, a sus habitaciones viene a espiar, revolver y mirar con gesto hosco y envidioso, de asco, un grupo heterogéneo de parientes y vecinos que, estando él presente, se mantienen a raya y a distancia de la morada del caballero. Son estiradas mujeres de luto con moños de pelo encanecido, hombrecillos esqueléticos y calvos, alguna jovencita enclenque y pálida, que, todos en grupo, husmean y se sienten a la vez fascinados y repelidos por el mundo ajeno y peculiar de Don Q. Cuando oyen en la escalera sus pasos de vuelta, todos se escabullen como ratas, presurosamente, por una puerta pequeña, al fondo del cuarto, y cuando Don. Q. entra ya no hay nadie.

4. Don Q. sueña despierto sentado en una butaca en el centro de su cuarto y rodeado de sus objetos queridos, imágenes y sonidos superpuestos. Lo que Don Q. ve en esa ensoñación es una gran galería o patio abierto de varios pisos con escaleras ascendentes por las que él va subiendo, como si estuviera flotando sobre unos raíles o andando sin mover los pies por una invisible escalera automática. El lento y mayestático ascenso le permite observar ciertas escenas que se desarrollan simultáneamente en improvisados escenarios situados en los distintos pisos de la galería. Cada una de las escenas representa una aventura o episodio dramático —con un marco, una música y unos personajes y vestimenta diferentes— de los cuatro que luego, a lo largo de la secuencia 11, Don Q. inventa y narra. Todas estas escenas fijas, breves, que él ahora tan sólo vislumbra, están presididas por la figura de la misma mujer. Una dama misteriosa y recatada, elegante y muy adornada, que sólo cambia en cada cuadro de atuendo pero en todos mantiene su distanciamiento y una sonrisa intrigadora. Don Q. la observa cautivado, mientras se palpa su propio cuerpo, cara y manos, tratando de averiguar si él mismo es real o forma parte de la visión; la dama —que siempre está fotografiada en flou— no se altera ni se mueve, permaneciendo como una sombra inaprensible.

5. Finaliza la ensoñación (desarrollada a manera de una superposición de trailers cinematográficos) y Don Q. se levanta de su butaca como pulsado por un resorte y comienza una actividad frenética por su cuarto, preparando lo que parece una salida, un viaje. Con rostro ilusionado, encendido, y con el impulso de quien se siente llamado a una misión trascendental y salvadora, Don Q. va recogiendo diversos objetos y metiéndolos en un antiguo maletín de médico, en cuero cuarteado y gastado, y a continuación, tras despojarse de sus humildes ropas habituales, abre con solemnidad unos rudimentarios armarios correderos que ocupan una de las paredes de la estancia. Tras las puertas descubrimos un maravilloso tesoro de guardarropa, una colección de túnicas, trajes, turbantes, esclavinas, capas, zuecos, pañuelos, etc., colgados en una larguísima hilera de perchas que resplandecen a la luz de los tubos de neón interiores y entre los cuales Don Q. elige una serie de prendas de vestir de distintas épocas y lugares y se las pone. Las ropas, aunque hermosas y llenas de color, son claramente usadas, y están bastante deterioradas. Así vestido y con su maletín en la mano, Don Q. abandona la casa.

6. Nada más salido Don Q., vuelve a aparecer siniestramente, filtrándose por puertas y rincones como alimañas, el grupo de sus parientes y vecinos, que ahora, al haberle visto abandonar el piso con el maletín y comprobar por el desorden reinante que se ha marchado, se dedican libremente a coger y romper todo lo que llena la habitación. La escena se convertirá, con un crescendo de ruido y furor violento, en un verdadero "auto de fe" en el que los personajes destrozan todo cuanto ven y finalmente se llevan a montones los rollos de celuloide, las cámaras, los libros y carteles, y lo depositan todo en un patio del edificio, para después prenderle fuego a la pira. Todos observan con un gesto de vengativo placer cómo las llamas consumen la memoria de Don Q., todos sus tesoros acumulados.

7. Don Q. recorre las calles de la ciudad con su maletín y vestido de la manera extravagante en que le vimos salir de su casa, y parece ir buscando algo con la mirada. Llega a una plaza en la que descansan al sol del mediodía varios grupos de jóvenes desocupados, tumbados desganadamente, semidormidos. Don Q. observa detenidamente a varios de los muchachos que hay allí, los examina, sigue su marcha con gesto decepcionado, y finalmente descubre a Sancho, sucio, vulgar, de unos treinta años, con mirada despierta y ropas andrajosas, ante el cual se detiene. Sancho dormita a la sombra de unos árboles, pero Don Q. le mira fija y largamente, y al cabo de unos instantes Sancho despierta. Don Q. le hace un gesto perentorio y autoritario de que le siga y S. se levanta ágilmente y va tras él, tratando de alcanzar el paso ligero de Don Q.

8. Don Q. y S. han iniciado su largo viaje o aventura y circulan por una carretera desértica a bordo de un viejo automóvil Oldsmobile pintado algo estrafalariamente y de tapicería y adornos interiores muy barrocos, mezcla de varios estilos. Don Q. ocupa el corrido y amplio asiento posterior y va rodeado de libros y revistas, recortando fotografías y noticias que pega en un álbum y tarareando una vieja melodía que suena en la radio del coche. S. conduce alegremente y de vez en cuando rompe el mutismo de Don Q. con su jovial locuacidad, contándole a su señor episodios de su vida pasada. Aunque Don Q. se mantiene ausente y parece no escucharle, en algún momento le corrige su dicción torpe y atropellada a Sancho, o le habla de ejemplos célebres sacados de un film con modelos de las aventuras enrevesadas que S. le acaba de referir.

9. En mitad de un impresionante paisaje de polvo y montañas, Don Q. ordena parar el coche a S. al ver venir hacia ellos a un grupo de personajes que arrastran carretillas y roulottes. Se trata de una compañía de actores ambulantes vestidos aún con los trajes y el maquillaje de sus funciones teatrales. Un actor va vestido de Rey, otro de Muerte, otro de Mago, una actriz de Geisha, otra de Princesa árabe, etc., y le cuentan a Don Q. que recorren el país dando funciones por cada ciudad pero que nunca tienen tiempo de cambiarse de ropa por la prisa en llegar a su siguiente destino. Don Q. les observa fascinado y les hace preguntas sobres su atrezzo, su maquillaje y su repertorio dramático: él parece conocer todos los secretos de ese arte, y les recita parlamentos enteros de algunas de las obras clásicas que ellos dicen representar. La troupe se une a Don Q. y S. y todos juntos continúan el viaje.

10. Don Q. les habla a los actores y a S. de sus aspiraciones al iniciar este gran viaje en el que se ha embarcado: triunfar como un gran actor, llegar a ser un gran ídolo admirado de todos. También les cuenta que su máximo deseo es llegar a reunirse con su adorada Dulcinea, la célebre actriz que admira y de la que está secretamente enamorado, y con la que aspira a trabajar. Los actores se asombran de no conocer a esa supuesta gran estrella, y Don Q. les describe con entusiasmo y gran riqueza de detalles a Dulcinea, que es, obviamente, un ser mítico e idealizado: sobre la pantalla, con la voz en off de Don Q., vemos aparecer sucesivamente los rostros de distintas y bellas mujeres del cine mudo, y de cada una de ellas Don Q. elige un rasgo físico con el que va componiendo su rostro de Dulcinea. En la pantalla, y a la manera de un retrato robot de los que usa la policía para identificar a los criminales, se forma finalmente el semblante ideal, hermosísimo e inexistente de Dulcinea.

11. En su viaje, Don Q. y sus acompañantes llegan a un gran hotel de paso aislado en un paraje solitario, donde constantemente entran y salen viajeros que parecen detenerse muy brevemente en él. Tanto Sancho y la troupe de actores como los distintos empleados y viajeros del hotel se han dado cuenta de que Don Q. no vive en el mundo real, sino que sus imaginaciones y sueños constituyen para él la realidad. Por eso todos empiezan a tratarlo sistemáticamente como a un loco, y ante él fingen, mienten, y pretenden seguirle en sus fantasías. Don Q. se pasea majestuosamente por los grandes salones de ese hotel, sorprendiendo y maravillando a todos los que le escuchan y siguen con narraciones rocambolescas, en un lenguaje muy adornado, a propósito de los viajeros que van llegando al lugar. Así, la entrada de una pareja muy agitada, ella llorando, él con gesto desesperado, seguidos a corta distancia de otro hombre sereno y sonriente, hace que Don Q. cuente y articule la historia de esos personajes, que él presenta como sus vidas reales pero que, claramente, es algo inventado, ya que el desarrollo dramático recuerda al de algún viejo y conocido film de Hollywood. Estas invenciones de Don Q., intercaladas y en número de cuatro, constituirán el núcleo central de la película, siempre tomando como pretexto la llegada de algún nuevo cliente al hotel, y siempre también mezclando en cada romance ficticio elementos de películas célebres. En estas historias que él presenta como hechos reales y sucedidos, la heroína es la misma dama, remota y misteriosa, asociada por él a Dulcinea, mientras que Don Q. se reserva siempre un papel protagonista (de protector o ángel guardián, de galán que resuelve todos los problemas, de perdedor sacrificado y contento de serlo...). El trasfondo de cada historia será distinto: una es un melodrama burgués típico a lo Douglas Sirk, otra será una intriga amorosa en un marco oriental, otra una romántica peripecia de abandono motivado por la guerra. La presentación cinematográfica de cada una de las historias se hace a la manera de un tableau vivant, ritual y muy formal, con un décor tipificado y propio en cada caso de la época a que el film imitado pertenece (melodrama años cincuenta, film bélico años cuarenta, thriller años treinta, etc.) Los actores que en todos los casos interpretan las historias serán los de la troupe que acompaña a Don Q., disfrazados en cada ocasión de manera pertinente. Sancho escucha atentamente a su señor y parece en ocasiones creerle, seguirle en sus fantasías, fascinado por su extravagante figura. Pero no por esa admiración deja él de intentar negociar y sacar fruto del regocijo general que las excentricidades de Don Q. provocan; a espaldas de Don Q. va obteniendo dinero y regalos de los numerosos clientes del hotel y hasta de los actores de la compañía, que se agolpan para escuchar a Don Q. y quieren participar de sus hazañas imaginarias.

12. La fama de Don Q. como personaje excéntrico, algo dandy y lunático, se ha ido extendiendo, y su imagen aparece en periódicos y en otros medios de comunicación. Mientras, él, siempre acompañado del fiel pero interesado S., prosigue su largo viaje que ha de llevarle hasta el estrellato y hasta Dulcinea. Sancho es a lo largo de todo el viaje el que conduce, se encarga del sustento y de los detalles menores y circunstanciales, al tiempo que está siempre atento a conseguir todo el lucro y ventajas personales para sí mismo. Con la presencia de S. a su lado, Don Q. puede permitirse divagar y soñar, sin preocuparse de los aspectos cotidianos y materiales del viaje. En sus paradas y estancias breves son ahora Don Q. y S. reconocidos y saludados como personajes casi legendarios, del folklore, y las gentes simulan delante de Don Q. formar parte de ese mundo ficticio, lleno de glamour, en que él cree moverse.

13. En una de sus escalas, alguien le habla a Don Q. de un lugar próximo y encantado que debe visitar: la Cueva de Maravillas. Es un lugar, le dicen, al que pocos se atreven a ir pero del que aquellos que lo visitan vuelven transfigurados. Don Q. siente inmediatos deseos de conocerlo, sobre todo espoleado por el riesgo implícito, y ante las protestas de S., que no se fía y teme una mentira o una trampa, se encamina hacia la cueva. Don Q. penetra en la Cueva de Maravillas, mientras S., aún temeroso, se queda fuera. La Cueva de Maravillas ocupa el amplio y tenebroso espacio de un caserón rodeado de parque y boscaje, lleno de recovecos y claros fantasmagóricos; una mezcla de empobrecida Disneylandia y Jardín de Bomarzo de caprichosas estatuas. Tanto los jardines como el interior del caserón —que parece un viejo y polvoriento museo provincial de antigüedades— están poblados de objetos relacionados con el mundo del cine: viejos proyectores, linternas mágicas, muebles de atrezzo, útiles diversos, y sus paredes cubiertas de improvisadas pantallas en que se proyectan sin cesar películas antiguas. Don Q. lo observa todo con detenimiento y hace comentarios entusiastas, grandiosos, que no se corresponden con aquello que describe, ya que sus palabras lo falsean, lo engrandecen todo. En el último piso del caserón descubre una galería de figuras (recortables, fotos gigantes o auténticos maniquíes) a modo de museo de "Madame Tussaud" de célebres estrellas, y, con aún mayor entusiasmo, casi con frenesí, Don Q. comenta ante cada una la historia o rasgos célebres del actor o actriz en cuestión o del episodio del film al que pertenece la figura. Su sorpresa es enorme, sin embargo, cuando al final de la galería descubre su propia imagen de cera, exactamente igual a él y vestida con la misma y ya típica vestimenta que ha llevado a lo largo de la película. Este Don Q. ya convertido en personaje mítico está rodeado en el tableau de una serie de carteles y símbolos cinematográficos similares a los que rodeaban al verdadero Don Q. en su vivienda. Don Q. abandona finalmente la Cueva y reencuentra a S., que escucha incrédulo las maravillas que su señor le cuenta, sospechoso de que tras las paredes de un caserón ruinoso y en los rincones de un parque tan salvaje se escondan realmente esos prodigios.

14. Un grupo de aristócratas y ricos hombres de negocios, a los que acompañan hermosas starlets y damas del gran mundo, rompen su dorado aburrimiento al escuchar que el célebre Don Q. (se supone que las aventuras de Don Q. duran años, y a lo largo de la película el paso del tiempo se irá sugiriendo sutilmente a través de distintos detalles) se encuentra muy cerca de la fastuosa casa de campo en la que se han reunido para pasar un fin de semana. Animados por la diversión inesperada que les asegura tan extravagante personaje, salen en su busca y se presentan ante él en aparatosa comitiva (coches lujosos, criados, música). Don Q., al ver tal profusión de magnificencia, cree haber llegado por fin a El Dorado de sus sueños, a ese imperio cinematográfico-escénico donde se van a reconocer sus méritos estelares y va a hallar a Dulcinea. El grupo de adinerados así se lo confirma y, habiendo instruido a sus sirvientes de que actúen en la forma que Don Q. espera que las cosas se desarrollen, invitan a Don Q. y S. a la finca que presentan como auténtica meca. El recibimiento es apoteósico, y la estancia de los dos invitados transcurrirá en el lujo y entre atenciones constantes, que Don Q., aunque complacido, rechaza, y de las que Sancho se aprovecha con creces. Los manjares y las bebidas abundan, las habitaciones que se les asignan están ricamente decoradas y poseen numerosos adelantos automáticos, y hermosas doncellas intentan servir, bañar y ayudar a vestir a Don Q., que se siente cohibido y las hace marchar.

15. En la finca, los anfitriones hablan a Don Q. de sus proyectos para dar a conocer al mundo entero su talento. Ante la insistencia del caballero de entrar finalmente en contacto con su adorada Dulcinea, le dicen que esa gran dama, estrella famosa y por tanto huidiza del clamor de las masas, vive recluida en una isla del Mar Egeo, pero que si Don Q. confía en ellos y sigue sus instrucciones le podrán llevar hasta ella. A tal efecto, Don Q. y S. deberán hacer el viaje hasta la isla montados en un ingenio mecánico casi sagrado y portentoso que les transportará a través de los aires, pero a condición de que acepten ir con los ojos vendados y sin hacer preguntas al silencioso piloto que les conducirá. Don Q. asiente entusiasmado, a pesar de las reservas y protestas de S., y los anfitriones les muestran el fantástico aparato volador en que han de viajar hasta Dulcinea: una especie de estilizado caballo automático lleno de resortes y metales brillantes. El triunfal Don Q. y el aprensivo S. montan, y la expectación entre anfitriones y criados de la mansión es grande. Se prepara una gran diversión. Una vez que se les ha vendado a ambos los ojos, todos los presentes arrastran el caballo volador y a sus dos jinetes hasta una enorme estancia del palacete que es, en realidad, un gran plató cinematográfico, con falso cielo raso, decorados, etc. Todos les desean buen viaje a los dos aventurados viajeros y ponen en marcha el resorte que mueve al caballo: aunque éste, desde luego, no vuela, sí se agita, da saltos, cocea, y lanza desde su interior nubes de polvo y llamaradas. Para completar los efectos de movimiento, los anfitriones ponen en funcionamiento todos los aparatos del plató: ventiladores gigantes que producen viento, sonidos especiales, grandes focos, y una pantalla en la que proyectan transparencias que representan distintos paisajes y ciudades remotas, frente a los que se recorta la silueta de Don. Q. y S. La ilusión de desplazamiento, de altura, es profunda, y los dos jinetes responden a ella con expresiones de júbilo y emoción.

16. El viaje inmóvil termina, y los anfitrionesabandonan en sigilo la estancia para seguir el resto de la farsa desde unos espejos dobles camuflados en una pared. Antes de marcharse, sin embargo, modifican de nuevo el decorado del plató y retiran un lienzo que cubría, a pocos metros de donde se halla el caballo mecánico, a una figura femenina envuelta en gasas e inmóvil, a la que iluminan y colocan de manera muy efectista. Detenido el artefacto, Don Q. y S. descienden de él y, aún turbados por el viaje, tantean el lugar donde se encuentran y se quitan, finalmente, los antifaces. Mientras S. descubre en pocos segundos la trampa del lugar, Don Q. se extasía descubriendo ese paraíso en el que cree hallarse y, sobre todo, acercándose —con una mezcla de arrobo y temblor— hasta su Dulcinea, que es de hecho una madura y nada atractiva cocinera de la casa a la que han maquillado y vestido con exageración hasta convertirla en un fantoche de oropeles y afeites. Entre tanto, ha aparecido por el fondo de la estancia la troupe de actores ambulantes, ahora vestidos todos ellos exactamente igual que Don Q. e imitando sus gestos y movimientos. Con fingida extrañeza al ver al auténtico Don Q. asediando a Dulcinea, los falsos quijotes pretenden todos tener la primacía respecto a la dama y se acercan a ella, a lo que Don Q. responde con ira, ahuyentándolos de palabra y con las manos. Se enzarzan todos en una pelea por la posesión de Dulcinea, y en el tumulto de los adornos y perifollos de la bella caerán por tierra, y la verdadera naturaleza de Dulcinea quedará al descubierto. Desnuda y desenmascarada, huye la sirvienta avergonzada, y los actores también escapan con grandes risotadas. Don Q. parece por fin darse cuenta de la realidad de las cosas que lo rodean; husmea entre los jirones de la ropa de Dulcinea, toca el cartón-piedra del decorado, observa los aparatos que han creado la ilusión escénica en la sala. Recorre de un rincón a otro el plató; al abrir una puerta se encuentra con los camerinos de la troupe —donde, aún risueños, los actores se están quitando los disfraces— y poco a poco parece entender la vulgaridad y falsedad del entorno en el que se ha estado moviendo. Él mismo va apagando, antes de salir, los focos de luz de color y eliminando los efectos especiales del plató, y se despoja no sin melancolía de sus ropajes.

17. A pie y cansados, polvorientos, Don Q. y S. llegan a la ciudad de la que salieron, ahora igualados por la sencillez de su atuendo y el gesto común de desencanto. Don Q. despide a S. y se lamenta de no haberle podido dar las riquezas y honores que le prometió un día, al principio de su epopeya, y aunque S. protesta y afirma querer seguir al lado de Don Q., éste le conmina a la separación. Mientras S. se aleja en solitario, vemos a Don Quijote subir cansinamente los desvencijados escalones de su antigua morada, y en el momento en que abre la puerta de sus habitaciones, aparece en la pantalla la palabra.
     FIN