El país del antiturista | Letras Libres
artículo no publicado

El país del antiturista

Desde que unos señores británicos con tiempo suficiente y fortuna lo inventaron a finales del XVIII, el turismo es el paraíso de lo indeterminado. Lo es, hay que aclarar, cuando se hace bien, sin seguir por el Valle de los Muertos la enseña del paraguas amarillo del guía ni cantar karaoke en los cruceros bálticos. Para ello no es preciso tener los medios ni el séquito del antiguo gentleman; estamos en la era del low cost, apenas inferior en calidad de vuelo a las grandes compañías aéreas, y perderse en la red de sus autobuses, con una mochila en la espalda, es uno de los modos más seguros de entrar en el corazón de la India.

El cine ha sido muy turístico desde el principio, por razones fáciles de comprender, aunque sólo unos pocos maestros han viajado bien, sin disparar su cámara con la facilidad aniquiladora del gatillo; Pasolini, Malle, Agnès Varda, Rossellini, y el Orson Welles de sus reportajes españoles son ejemplos distinguidos de viajeros de gran clase, pero ninguno de ellos llegó al atrevimiento de Jim Jarmusch en Los límites del control (The Limits of Control). Es doloroso, como lo son siempre las comparaciones, que su película coincida en la cartelera con Si la cosa funciona (Whatever Works), el último Woody Allen, en la que el gran director neoyorkino, incluso rodando en su ciudad, incurre en escenas de agencia turística (la visita a la Estatua de la Libertad, el Museo de Cera), quizá el inevitable destilado de esa colección de postales bobamente iluminadas que fue su anterior Vicky Cristina Barcelona.

Advierto que no soy un incondicional de Jarmusch, lo que traducido en hechos contantes significa que hay algún título suyo del que he prescindido como espectador, algo que nunca he hecho ni haré con Allen. Los límites del control no está a la altura de las que, a mi entender, son sus obras maestras, Noche en la tierra (Night on Earth) y la aún reciente Flores rotas (Broken Flowers), faltándole creo el humor –deadpan pero verdaderamente divertido– que ambas tenían y tendiendo más, por el contrario, al un tanto inconsistente trazo de sus primeras y significativas obras, Permanent Vacation y Extraños en el paraíso (Strangers than Paradise), que le pusieron en el mapa del mejor cine independiente americano a principios de los años ochenta. Se trata, sin embargo, de un ejercicio de vaciamiento de la noción de turismo fílmico que, con todos sus defectos de ritmo y sus autocomplacencias de guión, resalta la paradójica verdad de una hermosa frase de Emerson: “Si uno se pone expresamente a mirarla, la luna se convierte en oropel”.

La acción de la película trascurre toda ella en una España de la que Jarmusch no evita clichés. El Solitario, matón que encarna con adecuada impasibilidad estatuaria Isaach de Bankolé, se sienta a tomar sus espressos repetidos en el Madrid antiguo, toma el AVE en Atocha y se baja en Santa Justa, se detiene ante la Torre del Oro y recorre algunos de los rincones más típicos del barrio de Santa Cruz, sin dejar de asistir, en uno de los más sugestivos momentos del film, al espectáculo de un tablao flamenco. En su trayecto elípticamente criminal, el Solitario visita cuatro veces el museo Reina Sofía y tiene citas o encuentros con personajes disfrazados, en general lo menos logrado de Los límites del control, pese a que esos personajes los interpreten actores de la talla de Bill Murray, Luis Tosar, Tilda Swinton, John Hurt, Gael García Bernal y la libanesa Hiam Abbass, que últimamente sale en todas las películas. Un helicóptero que al final desciende del cielo sin mostrarnos de dónde viene sobrevuela la mayoría de los episodios.

Jarmusch ha definido Los límites del control, en una entrevista de Film Comment que traduce en su número de septiembre la edición española de Cahiers du Cinéma, como “una película de acción sin acción”, lo que no es del todo cierto; hay un asesinato, desnudos, niños locuaces, sicarios, y la silueta del edificio madrileño de Torres Blancas, en sí mismo un icono de lo irresoluble y lo unheimlich. El secreto del trasfondo fascinante de Los límites del control es su falta de determinación, de norte, de fijeza. Madrid, Sevilla, Almería, son paradas de un recorrido que bien podría llevar al protagonista a cualquier otro lugar de España o América sin por ello dejar de ser un viaje. En este caso, un trip alucinante voluntariamente rebajado con el frío del juego de las simetrías y los silencios. ~