El efímero cine | Letras Libres
artículo no publicado

El efímero cine

Con el título de El efímero cine, Azorín publicó en 1955 el segundo de sus libros recopilatorios de comentario cinematográfico, sin duda una de las aportaciones más singulares y valiosas que la literatura ha hecho al llamado séptimo arte (¿Se le sigue computando así? Viendo las carteleras de algunos multicines de periferia me entran serias dudas al respecto, inclinándome más bien a pensar que ahora el cine es el enésimo arte). Azorín lo descubrió en su vejez, cumplidos ya los 75, y durante al menos cinco años fue todos los días a los cines cercanos a su casa de la madrileña calle Zorrilla, a menudo pasando la tarde entera en la sala y repitiendo una y otra sesión de la misma película. Como los de Borges, como los de Colette o James Agee, sus críticas y artículos fílmicos tienen una mirada extranjera y por ello insólita, reveladora, sin la deformación santoral del cinéfilo ni el spleen del castigado crítico profesional. El tiempo, en su medida “bergsoniana”, le guía siempre en esos textos: “La película ha captado el momento, con lo sutil, etéreo de la vida, y es víctima también, aun con grandes actores, de ese momento”, escribió Azorín al comienzo de su anterior libro de reseñas, El cine y el momento (1953). Y vuelve a insistir en otra página de ese misma publicación: “Todo caduca rápidamente en el cine: películas –frágiles, friables–, actores, estéticas, modos, escuelas”.

Azorín es un escritor que no ha caducado, en mi opinión, y menos como espectador, y sus palabras y su concepto de la limitada duración del hecho fílmico me han vuelto a la memoria ahora que, cada vez más vertiginosamente, el cine se hace efímero, al menos en los locales de pago. Más industriales, más aparatosas, más populares, las películas viven hoy una vida en muchos aspectos similar a la de los libros; el dinero que mueve su producción es infinitamente superior (salvo excepciones) al de la edición, pero su difusión, su distribución, su permanencia, comparten ya la misma precariedad del objeto libresco. Los llamados blockbusters, un término que igual se puede aplicar a la última entrega de Harry Potter en formato novela o formato película, se estrenan en pantallas y librerías el mismo día y con números de ejemplares o copias sencillamente fabulosos; arrasan en la taquilla y en las cajas registradoras de las librerías, por lo general no más de allá de dos meses de intenso comercio, y después se olvidan o caen en la derivación del libro de bolsillo o el DVD. Hasta que llegue al público el siguiente ejemplo de película o libro concebido para el consumo de masas. A su lado –cuando lo tienen en la programación de los cines o la mesa de novedades de la tienda– las películas artísticas y las novelas literarias languidecen, muchas de ellas sin conseguir siquiera ser descubiertas por sus posibles destinatarios, debido a la avalancha de títulos y al auge de una publicidad que sólo unos pocos productos pueden costearse. Lo efímero del cine ahora no es ese vertiginoso devenir de siluetas y acciones que fascinaba al casi octogenario Azorín, sino su corta por no decir prematura vida. Cada temporada, libros y películas excepcionales o cuando menos originales simplemente no llegan a respirar más allá de sus páginas o sus imágenes minoritarias.

Es el caso, haciendo un pequeño resumen retrospectivo, de algunos de los grandes títulos estrenados durante el 2006, ninguno presente en las listas de premios anuales europeos y americanos (con excepción de la excelente Hijos de los hombres de Alfonso Cuarón, bastante mejor a mi juicio que las reconocidísimas obras de sus cuates Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu). 2006 fue sin embargo el año en que se vieron Llamando a las puertas del cielo de Wim Wenders, Saraband de Bergman, dos o tres películas del prolífico y casi siempre fascinante Kim Ki-duk, y apuestas tan atrevidas como El ciclo Dreyer de Álvaro del Amo o Mujeres en el parque de Felipe Vega. ¿Cuánta gente las fue a ver, quién las recuerda ahora? Particularmente sangrante es lo sucedido con Llamando a las puertas del cielo (Don’t Come Knocking es su más idóneo título original). La película, una profunda, dolorida, tragicómica obra maestra sólo equiparable a El amigo americano o París, Texas, pasó por completo inadvertida pese a sus reclamos: un guión extraordinariamente refinado de Sam Shepard y un reparto estelar (Jessica Lange, Tim Roth, la rescatada Eva Marie Saint, Sarah Polley, todos, y otros magníficos actores jóvenes, junto al propio Shepard, que crea un personaje memorable). A su exhibición le faltaron apoyos y le sobraron las amenazas antes esbozadas. Pero su peor pecado fue el que también condena a los mejores libros: no estar su autor en las listas. Wenders estuvo hace años en todas, y fue desperdiciando su fama con obras menores o rematadamente malas. Cuando, con desafío a las leyes de la moda, ha hecho una película intemporal, magistral, nadie ha ido a su puerta a llamarle. ~