El cine en tiempos de cólera | Letras Libres
artículo no publicado

El cine en tiempos de cólera

Crónica de los recientes enfados, entrevistas y disculpas de Arturo Ripstein.

“Si esto es lo que tiene que darme, no tengo nada que decir”, aseveró Theo Angelopoulos en la clausura del Festival de Cannes de 1995, al ver que su filme, La mirada de Ulises, obtenía “sólo” el Gran Premio del Jurado. Dicen que el público del Palais des Festivals quedó estupefacto. Angelopoulos había hecho visible, con exquisita frialdad, algo de la frustración que le producía que otro –y ese otro se apellida Kusturica- se llevara la tan ansiada Palma de Oro. La semana pasada Arturo Ripstein protagonizó otro de esos enfados que echan a volar las plumas de los críticos y quedan en los anales de la ego-historia del cine. Si tuviéramos que resumir la actitud de Ripstein utilizando la fórmula de Angelopoulos el resultado sonaría más o menos así: “Si usted no tiene nada que darme, yo tengo mucho, muchísimo, que decir”.

En la terraza del casino de Biarritz, el director mexicano se desahogó frente a los periodistas del diario Gara por el desaire que le había hecho el festival de San Sebastián. Su último filme, Las razones del corazón,no había entrado en el palmarés del certamen y eso que él era uno de los realizadores con más trayectoria de la competición, contaba con los favores de la crítica y había ganado ya en dos ocasiones la Concha de oro (Principio y fin, 1993 y La perdición de los hombres, 2000).

Su crítica de las injusticias cometidas con Las razones del corazón tiene demasiado de lo segundo y muy poco de lo primero. Cargó contra San Sebastián: “Este era un festival realmente serio, era de los cinco de Europa y, de pronto, es subnormal”. Acusó a José Luis Rebordinos el nuevo director del certamen –y ex director de la Semana de Cine Fantástico y de Terror- de ser “el director de un festival de peliculitas de susto, de ¡ay que tuto, ay que mello!”. Y, por supuesto no olvido descabezar al jurado, partiendo por su presidenta, Frances McDormand, que a pesar de protagonizar algunos filmes inolvidables de los hermanos Cohen, para Ripstein no pasa de ser una simple “actriz que no ha salido nunca de Pensilvania”. Como no podían faltar las rencillas nacionales, Guillermo Arriaga también se convirtió en otro damnificado por el paso de la diatriba huracanada. Ripstein lo acusó de ser “un guionista mexicano; es decir, un enemigo personal por el hecho de ser mexicano. Porque la megalomanía hace que todo lo demás no exista, que la basura que se escribe parezca oro”.

Lo de Ripstein es un verdadero intento por hacer tabula rasa con la necedad del cine, el problema está en que resulta un ejercicio arriesgado –y peligroso- el encumbrarse a uno mismo como el elegido que ha de indicarle al rebaño donde reside esa necedad. Efectivamente, “la megalomanía hace que todo lo demás no exista…”.
Los reproches del cineasta recuerdan ese aspecto entrañable de Don Quijote que, demasiado celoso de su renombre, cargaba lanza en Ripstein –perdón en ristre- contra cualquier peligro para luego, magullado y avergonzado, acusar a algún envidioso encantador de haberle torcido la suerte.

Afortunadamente los encantadores no han nublado por mucho tiempo el genio de Ripstein, y el cineasta no ha dudado en disculparse públicamente por sus palabras: “Confieso que me arrepiento de algunas de las películas que he perpetrado pero me arrepiento muchísimo más de las entrevistas que he dado. Siempre que las he leído, parecen dichas por otra persona, un poco más imbécil que yo. Y eso me da mucha vergüenza”. La reacción no llega tarde y parece sincera. Evidentemente, el episodio ha traído bastante publicidad no buscada para Las razones del corazón, pero por desgracia esa publicidad se centra en los dimes y diretes de la polémica y olvida totalmente hacer mención de las virtudes y defectos del filme.

El encontrón de Ripstein con los molinos de viento revela bien la pasión que lo mueve. Una pasión que, como él mismo reconoce, se refleja en su cine. Sin embargo, tampoco hay que rasgar vestiduras, la polémica es intrínseca al cine y al arte en general. El formidable puñetazo de Godard a Geraldine Chaplin en el festival de Cannes de 1968 es difícil de olvidar –no sólo para la actriz- y tiene un trasfondo mucho más serio de lo que parece. Los manifiestos de las vanguardias históricas también están cuajados de ataques, insultos y hermosas arbitrariedades que sirvieron para revolucionar el arte. Cierto es que las palabras de Ripstein no se pueden comparar con el ejemplo anterior, aunque es posible decir que -en el sentido bastardo que se le da al término- sí tienen algo de surrealista.

Aquí la reseña de Las razones del corazón.