El callado cuerpo español | Letras Libres
artículo no publicado

El callado cuerpo español

La primera pregunta que se me ocurre en el contexto da pánico. ¿Estamos a la altura? Recuerdo una zozobra parecida a finales de los años 70, cuando vivía en Inglaterra como profesor y escritor —voluntariamente trasterrado de la España recién librada del general Franco— y era allí sometido en reuniones universitarias o charlas informa-
les a la cuestión palpitante: "¿Se nota ya la desaparición de la dictadura en lo que crean los artistas españoles?". Ese "ya". Temible. El mundo occidental nos estaba esperando con benevolencia impaciente, con curiosidad, con ganas; con ganas de no equivocarse en la esperanza de que una libertad expresiva tan largamente coaccionada por la censura franquista tenía a la fuerza que cristalizar en una rica serie de obras revulsivas, críticas, renovadoras. Algunas aparecieron, creo, aunque no con la inmediatez prevista, y fenómenos como la Guerra Civil, el compromiso político clandestino, la transición y los nuevos patrones sociales fueron trasfondo de mayor o menor empeño artístico en la novela y el cine de los años 80 y 90. ¿Estuvimos a la altura?
     Y ahora, ¿lo estamos? Esta vez la pregunta no proviene de los curiosos impertinentes extranjeros, que ya nos ven, si no me equivoco, como semejantes en el campo semántico de la (tediosa, aunque confortante) normalidad democrática europea. Nos la hacemos nosotros mismos, echando una mirada a lo que nos rodea, a lo que somos 25 años después de haber dejado morir sin sobresalto al tirano, al cómo administramos la gran altura alcanzada en el vuelco de los comportamientos, las tecnologías y los módulos familiares que caracteriza —de momento sólo dentro del civilizado Occidente— el arranque de un siglo destinado aún no sabemos a qué cataclismos o logros fenomenales.
     España es el país más hot, aunque sospecho que la palabra idónea para la traducción sería "acalorado" o, entrando ya en el hemisferio del juicio, "calenturiento". Hace seis años estuvo en España Susan Sontag para presentar la edición española de su novela El amante del volcán, y un día, mientras la acompañaba a un cine de Madrid, me confesó que se había pasado la tarde en su hotel leyendo con asombro los anuncios clasificados de relax y masaje, cinco páginas enteras de El País. A mí me entró un rubor regeneracionista, casi noventayochesco, y empecé a farfullar palabras de disculpa o vergüenza, que Sontag cortó bruscamente. A ella no le parecía nada mal que un periódico de calidad ("quality paper") publicase esos explícitos, a veces procaces anuncios, impensables, decía ella, en el contexto puritano de The New York Times o The Washington Post. También le había gustado la literatura sucinta y cautivadora de alguna de las ofertas eróticas más rebuscadas.
     Como es sabido, esas páginas han ido a más en la prensa española de todas las calidades, aunque en los últimos años se han visto superadas por la programación televisiva nocturna, que suele mostrar en vivo, y sin metonimias, exhibiciones hermafroditas, posturas sexuales más propias de la gimnasia olímpica que de la lujuria, y una gama de miembros viriles que tendría cabida en la zoología fantástica. La censura es quizá una palabra que muchos jóvenes ignoren, y la publicidad juega descaradamente, constantemente, con la ambigüedad de los sexos, el engaño matrimonial, el intercambio festivo de roles y —también— con la poética de las turgencias desproporcionadas. Un whisky escocés, un automóvil nuevo, una marca de cigarrillos, confiarán en el retorcimiento de nuestro deseo (no en el aroma adquirido dentro de la barrica, la calidad de los airbags o el control nicotínico) a la hora de tentarnos con su producto desde una valla urbana o un spot proyectado en el entreacto de los cines.
     Y sin embargo. Yo no me atrevo a jurar que la dichosa altura haya sido alcanzada en lo que respecta a las representaciones formales de una nueva conciencia de los límites. Sin ánimo de hacer un cómputo exhaustivo, diría más bien que el gesto y la carne siguen siendo conceptos inasibles en la mayoría de obras artísticas producidas, dentro de España, en estos últimos años de cambio de un siglo a otro. Como el fantasma del padre de Hamlet, el cuerpo poético ocupa nuestras noches y no nos deja dormir (volvamos a insistir en el calor de la temperatura temperamental), pero por mucho que su voz resuene ominosamente, una vez dichas las palabras obsesivas la figura real no es visible. Somos —o así se dice en los folletos turísticos y en la leyenda rosa de algunas saunas centroeuropeas— el pueblo desinhibido, promiscuo, tórrido, bullanguero, intempestivo en las horas del sueño, desmesurado en las raciones de alcohol. Puede que tengan razón. Pero paso revista a las novelas o filmes o piezas de teatro que he leído y visto en los años recientes y, con excepción de Lucía y el sexo de Julio Medem y la novela de Luis G. Martín La muerte de Tadzio, todos los títulos de verdadera trasgresión sexual que me vienen a la cabeza proceden de otros países y lenguas. ¿Dónde están aquí, entre nosotros, películas como Romance de Catherine Breillat, Baise-moi ("Fóllame") de Virginie Despentes y Coralie Trinh Thi o Intimacy de Patrice Chéreau, obras teatrales como las de Sarah Kane y Mark Ravenhill, novelas como las de Dennis Cooper y Elfriede Jelinek (y no sólo la más celebrada ahora, por su brillante adaptación al cine, La pianista), memorandums de desaforada erobiografía como La vida sexual de Catherine M. de Catherine Millet?
     Ignoro si es una anécdota o un síntoma que la mayoría de los nombres citados pertenezcan a mujeres, y los únicos hombres a la cultura gay. Quizá el salto al vacío resulte más practicable cuando uno viene del margen o los segundos términos de la historia. No lo sé. Lo que está claro es que el ejemplo Almodóvar, un caso excepcional de conquista de las mentalidades del público a base de combinar con desfachatez y talento la transversalidad sexual y el melodrama convencional, debe una gran parte de su éxito mundial a la mirada oblicua, camp, de alguien que inició su carrera en el show business (sobre)actuando en los garitos madrileños vestido de mujer.
     En la arbitraria (por incompleta) lista de obras citadas de cineastas, dramaturgos y novelistas mayoritariamente europeos, el sexo no echa mano del fantasma para comparecer; ni siquiera se hace sueño o quimera. La fisicidad integrada —integral— como parte inseparable del discurso, la rotura del borde que separa el buen del mal gusto (una categoría aprendida ideológicamente, no innata), la exposición en primer término de unas figuraciones dolorosas o anormales del deseo, son algunos de los rasgos de la conquistada corporización del arte, aunque debería ser innecesario aclarar que no todas esas obras turbadoras y fervientes están en el mismo plano de alcance estético.
     No estoy haciendo juicios de valor, sino apreciaciones de una carencia inquietante. A pesar de La Celestina y La lozana andaluza, a pesar del voluptuoso trato con las palabras de Góngora y Valle-Inclán, la literatura española (y no digamos el cine), es más de Séneca que de Epicuro. Y eso en el país de la sangre que hierve a todas horas. Antonio Machado y Juan Ramón, Delibes o Buero Vallejo, cada uno en su propio genio, han sido, creo yo, los modelos de la astringencia (por no decir estreñimiento) mejor recibida, más enseñada y aconsejada en nuestra literatura. El colorido de los epítetos, el sonido fuerte de algunas figuras verbales, el seminal derroche del estilo; todo lo que aquí huela a carne o grasa excedente produce resquemor. Por muy estruendosamente que hayan caído nuestras "caenas", seguimos siendo un poco monjes. El ayuno y los cuerpos magros resultan preferibles —¿por sanidad?— al libertinaje y la molicie.
     Claro que entre nosotros hay muchas mujeres ocupando nuevos espacios propios, y muy osadamente en el campo de la artes plásticas, que merecerían un comentario aparte imposible de hacer en este recuento. En el cine y la novela se ha producido en España, sólo con algún retraso, la normalización civilizada gracias a la cual se devuelve a la mujer la voz que le escamotearon los siglos del hombre. Pero no veo a ninguna Elfride Jelinek, Sarah Kane o Catherine Millet sacando sin tapujos su fantasía al mostrador del deseo que antes sólo los hombres, algunos pocos, atendían. Y cuando se producen intentos de plasmar la sensibilidad homosexual sin disculpa ni trágico castigo final, con el natural claroscuro dramático de todos los seres, este país que es meca del turismo gay aún se incomoda, sin decirlo abiertamente, acusándose a un cineasta que conozco muy bien de "tratar de imponer una visión homosexual del mundo".
     Soy pesimista, pues, pero no sumo la cabeza entre mis brazos para llorar. Lamento, como lector y espectador español, la confusión del pudor con la verdad, el cristianismo latente, la desactivación del cuerpo como arma expresiva. Me gustaría mucho que ese poder hacer y poder decir que son el fruto —ya veremos si pasajero— del nuevo espíritu del tiempo se concretasen en obras profundas y profundamente desvergonzadas, libres y licenciosas, frescas aunque imperecederas, carnales y no sólo descarnadas. Es una ilusión erótica, lo admito. Que no me hace olvidar, sin embargo, la realidad de que algunos de los artistas que tengo por más grandes y más cerca guardo en ese lugar del organismo donde está el corazón (Emily Dickinson y Gerard Manley Hopkins, Borges y Henry James, Dreyer y Bresson) fueron puritanos y muy ascetas del cuerpo, unos mortificados de la vida real. Unos estrechos. -