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Gran Torino, de Clint Eastwood

A sus 79 años de edad, al legendario Clint Eastwood no hay quien lo pare. Esta década ha sido no sólo una de las más prolíficas en su carrera como director, sino la más estimulante. En el 2006 se dio el lujo de filmar dos películas (Flags of Our Fathers y Letters from Iwo Jima), maniobra que repitió el año pasado con El sustituto y Gran Torino. Esta última, sin embargo, parece una despedida. Aunque ya prepara otro filme, su papel del veterano de guerra que lidia con los demonios del ocaso, funciona a manera de testamento fílmico. La historia resulta emotiva y cómica a la vez, y el propio Eastwood está fantástico representando a un trasunto de Harry El Sucio con tarjeta del INSEN. Todo ocurre en un barrio de inmigrantes marcado por los pleitos raciales. En medio, la figura de este anciano incapaz de adaptarse a su viudez y a sus vecinos, pero que al mismo tiempo no puede permanecer indiferente ante las injusticias. Con Gran Torino, Eastwood adelanta su adiós de manera inmejorable.

Asfixia, de Clark Gregg

Regular adaptación de la novela del mismo nombre de Chuck Palahniuk. La película funciona para introducir, a quien no haya leído al escritor estadounidense, en su particular universo: las adicciones (en este caso al sexo) y la lucha infructuosa por dejarlas, los grupos de autoayuda, el humor negro como antídoto ante la miseria humana, y los personajes marginales –“los pequeños hijos de la Historia”—que hacen del embuste un arte. En este caso estamos ante unos de sus antihéroes más logrados: Victor Mancini, quien se dedica a atragantarse adrede en restaurantes para que las personas lo rescaten y así se sientan responsables de su bienestar de por vida. Los cheques que le envían los desconocidos le sirven para pagar el hospital de su madre, una anciana enferma de Alzheimer. Lo mejor de la cinta es la actuación de Sam Rockwell, quien encarna con una efectiva mezcla de comicidad y patetismo a este perdedor irredento. El esfuerzo del debutante Clark Gregg se queda, sin embargo, muy lejos de El club de la pelea, cinta que sí estuvo a la altura de la genialidad de Palahniuk.

Río helado, de Courtney Hunt

Ganadora del Gran Premio del Jurado en el festival de Sundance y nominada al Oscar a mejor guión original y mejor actriz, la cinta debut de Courtney Hunt es un sólido drama que se sostiene tanto en la historia como en las actuaciones. A partir del punto de vista de una mujer abandonada por su marido, Río helado aborda el viacrucis de los indocumentados, pero del otro lado de Estados Unidos: en la frontera con Canadá, donde tampoco cantan mal las rancheras. Desesperada por sacar adelante a sus hijos y por comprar una casa menos deprimente, Ray (Melissa Leo) se adentra en el tráfico de inmigrantes, a quienes transporta en la cajuela de su auto, a través de las aguas congeladas de un río fronterizo. Obviamente, el dinero fácil trae consecuencias para los involucrados; pero en lugar de moralizar, lo que en realidad le interesa a la directora es ahondar en la relación que construye Ray con su cómplice: una india Mohawk que ha perdido la custodia de su hijo. Antagónicas al principio, ambas madres estrecharán su vínculo conforme sus intereses se vuelven comunes. Un relato de supervivencia en medio de las ruinas del sueño americano.

- Bernardo Esquinca