Compliance | Letras Libres
artículo no publicado

Compliance

En la cinta de Craig Zobel, la maldad no se esconde tras un arma cargada: un teléfono y una voz pueden extraer con facilidad la peor versión de nosotros mismos.

[Contiene un par de spoilers.]

Hay una semilla que está sembrada, al parecer de forma irremediable, en la condición humana: la capacidad de causar daño a un semejante sin que medie algún remordimiento. La cuestión ya fue planteada en clave científica (cf. Experimento de Stanford; Experimento de Milgram), literaria (Lord of the flies, Goldwin, 1954; Battle Royale, Takami, 1999) y cinematográfica (Battle Royale, Fukasaku, 2000; La cinta blanca, Haneke, 2009). Compliance (Zobel, 2012) es el añadido más reciente al tópico.

La anécdota es sencilla: durante alrededor de diez años, algo conocido como strip search prank call scam sucedió en varios lugares de Estados Unidos. El asunto era el siguiente paso en la evolución de la llamada telefónica de broma: alguien que fingía ser alguna figura de autoridad (un oficial de policía; un mando superior) llamaba por teléfono a un sitio –generalmente, un restaurante– y convencía a quien tomaba el teléfono de la culpabilidad de alguna de las personas que estaban cerca; usualmente, la llamada terminaba en algún episodio de abuso sexual. La técnica, aunque pudiera parecer infantil, funcionaba en la misma forma que funcionan las extorsiones telefónicas: la voz en el teléfono lograba transmitir una emoción que doblegaba la voluntad del sujeto que recibía la llamada, orillándolo a actuar de forma contraria a la acostumbrada.

Compliancerecupera el caso más sonado de esta ola de ataques –uno que involucraba a unos empleados de McDonalds– y lo traslada al cine. Aunque la leyenda inicial (“Esta historia está basada en hechos reales”) funciona de forma contraria a la deseada –es decir: poniendo sobre alerta al espectador acerca de la inverosimilitud de lo que está a punto de ver–, la cinta construye durante la primera mitad una estética y una mecánica interna de congruencia casi total. La cámara se mueve como si documentara los movimientos de la comida rápida en el restaurante en el que se desarrollan los hechos; casi en tono documental, vemos desfilar hamburguesas, papas a la francesa, manos de gente que prepara comida y atiende la caja. Quizá haya en toda esta minuciosidad una intención de dotar de un aire de verosimilitud a lo que se mira en pantalla.

Sandra (Ann Dowd) es la gerente que recibe la llamada de la policía advirtiéndole sobre una de sus empleadas, Becky (Dreama Walker), sospechosa de robo y tráfico de drogas. Sandra actúa  con empatía hacia Becky, pero la voz en el teléfono la empuja a pensar lo peor de su subalterna. La tensión lograda durante los primeros 40 minutos es ejemplar: con recursos tan comunes como una habitación, tres actores y una voz en off a través de un teléfono, se comienzan a crear una serie de preguntas en la mente del espectador que, desafortunadamente, se verán resueltas poco después, con la aparición del interlocutor (Pat Daniels). La revelación de la identidad del abusador rompe el impecable aire de incertidumbre y suspense que se generaba con su anonimato;  parte de eso se debe a que Daniels no es un actor particularmente dotado, y nunca su rostro termina de crear la atmósfera tensa que quizá debería: por momentos, sus silenciosas risas del otro lado de la línea –o la escena en la que muerde un sándwich preparado con esmero– lo emparentan más con una veta cómica que con el thriller que se pretendía mostrar.

La hora y media de Compliance avanza gracias a su elenco –compuesto apenas de una media docena de actores con diálogos– y la buena mano de su director y fotógrafo (atención, hacia el final, a la cámara montada en la puerta de una patrulla de policía). Su anécdota, tan sólo en apariencia lejana, es también un recordatorio de que, a veces, la maldad no se esconde tras un arma cargada: un teléfono y una voz pueden extraer con facilidad la peor versión de nosotros mismos.