Cine: las traidoras | Letras Libres
artículo no publicado

Cine: las traidoras

Para evitar cada vez que se estrena una película la eterna monserga, todos tendrían que saberlo, los espectadores, los lectores de novelas, los autores que se dejan adaptar al cine: parafraseando los versos de Emily Dickinson (“Subasta al publicar / su Alma el Hombre”), al vender sus derechos de adaptación, el novelista vende también el derecho a la traición, sin la cual no tiene sentido ni podría existir el paso de la página a la pantalla. La historia de esa traición es tan larga como la historia del séptimo arte, aunque el sumario ni mucho menos contiene sólo barbaridades: al lado de ejemplos dignos y muy creativos, hay bastantes casos de mejoramiento del original. Dejo el nombre de los traicionados mejorados, algunos vivos y cercanos, para otra ocasión. Las dos últimas traiciones literarias lo son, sin embargo, en toda regla, siendo su modo de traicionar distinto. Como película resulta mejor, creo yo, El curioso caso de Benjamin Button, que expande innecesaria y portentosamente (186 minutos de duración) la homónima y deliciosa miniatura gótico-irónica de Scott Fitzgerald; como era de esperar del excelente narrador David Fincher, autor entre otros títulos de Se7en y El club de la lucha, se trata de un relato trepidante, a ratos conmovedor, a ratos cursi (el colibrí, el reloj a la inversa) y casi siempre hermoso de ver, sobre todo en el largo episodio ruso, donde la siempre estupenda Tilda Swinton, haciendo de vampiresa educada, se apodera de la acción, del escenario y, por supuesto, del anciano púber Benjamin. El lector, dirigida por Stephen Daldry, comparte con la anterior la debilidad del guión, estando firmado el primero por un premiadísimo Eric Roth, que tiene en su haber el deshonor de haber escrito Forrest Gump, y el segundo, y esto sí que duele, por un dramaturgo de la calidad de David Hare, aquí nada brillante en los diálogos y enredado en un tránsito temporal innecesariamente saltarín y confuso.

Mi decepción ante El lector es mayor porque soy un entusiasta de la novela de Bernhard Schlink, y antes de que se hiciera cineasta admiraba también a Daldry como director de teatro emprendedor, original y dotado de una poderosa capacidad para crear imágenes escénicas memorables. Un montaje suyo de la pieza de Priestley Llama un inspector, que duró años en las carteleras londinenses, lo tengo por uno de los mejores que he visto en mi vida de espectador del West End. En cine, por el contrario –aunque en conjunto Las horas no traicionaba nada mal la novela de Michael Cunningham, y se servía con tacto de las fuentes originales de Virginia Woolf– fue desde el principio un realizador acomodaticio, de servicio, serviceable que se diría en inglés, o sea, servil. Uno de los factores más irritantes de este nuevo trabajo de adaptación al cuidado de Hare & Daldry será paradójicamente evitado por aquellos espectadores que, al contrario que yo, sean proclives a ver el cine doblado. Se perderán las modulaciones siempre ricas de Ralph Fiennes, pero se librarán de oír a un plantel de actores alemanes (entre los que figura el excelente Bruno Ganz) hablando en un inglés frotado a conciencia por los coachs de dicción y por tanto “limpio”, rutilante, desprovisto de sombra y de poso dramático. No es una crueldad señalar al adolescente germano David Kross como la peor víctima de esa operación de lavado lingüístico; el chico tiene un papel extremadamente difícil, a menudo desempeñado mientras copula o está íntegramente desnudo.

Es imposible hablar de El lector sin referirse a su polémica recepción, a partir del momento en que el libro se fue convirtiendo en un best seller internacional. Cuando apareció en Gran Bretaña, el Times Literary Supplement tuvo al rojo vivo durante muchas semanas su legendaria sección de Cartas al Director, animada, como es norma de la casa, por un cruce de invectivas y apologías en el que dos buenos escritores anglo-judíos, Gabriel Josipovici y Frederic Raphael, denunciaron la novela de Schlink como “moralmente ofensiva”, aparte de mal escrita. No conozco esa traducción, pero en la que sacó aquí Anagrama, firmada por Joan Parra, así como en otros libros suyos publicados en la misma editorial y con el mismo traductor (Amores en fuga es excelente), encuentro que el jurista y novelista policiaco es un escritor sutil y elocuente que no elude enfrentarse a los fantasmas más temibles de siglo XX alemán. ¿Que hay en las páginas (y en los fotogramas) de El lector una humanización de la ex-guardiana nazi Hanna? Naturalmente. Las aberraciones del Holocausto están aún demasiado próximas, pero ha de llegar el día en que, sin de ningún modo exculparlas históricamente, sea posible ver a sus responsables como personajes de una ficción imaginaria, dotados de la misma vileza y encanto, de la inteligencia y la monstruosidad que tienen, por ejemplo, los grandes malvados de Shakespeare, sin que por ello se acuse a los autores de filo-nazismo. ~