The Cabin in the Woods | Letras Libres
artículo no publicado

The Cabin in the Woods

Una relectura del género slasher desde una visión satírica. 

Una constante aparece en las opiniones alrededor de The cabin in the woods: el de la serie norteamericana Lost. Su director, Drew Goddard, también escribió nueve episodios para la serie de JJ Abrams –y el guión de esa joya llamada Cloverfield. Parece que pocos están dispuestos a omitir su paso por la serie, comparando en todo momento su debut como director con su carrera como guionista televisivo, en lo positivo y en lo negativo. El lastre de Lost sigue pesando sobre todos sus implicados. No obstante, aunque podría funcionar como una veta para encontrar rasgos de autoría –cosa que parece un poco precipitada al hablar de un cineasta con una sola cinta–, la comparación con Lost al momento de ver La cabaña del terror más bien sale sobrando.

El filme es más bien una relectura del género slasher desde una visión satírica. Su arranque, con varios empleados Godínez de camisa blanca de mangas cortas y delgadas corbatas negras manipulando computadoras, tiene el acierto de decir por dónde irán los tiros: no juega a la falsa sorpresa ni al giro de tuerca, sino que sienta las bases sobre las cuales se desarrollará su pequeño universo. En él, las cintas de terror slasher –aquellas en las que un grupo de adolescentes es tomado por sorpresa por un asesino serial, que también parece castigarlos por el sexo premarital y el consumo de alcohol– son reales y tienen una función específica: alimentar a antiguos dioses que exigen la sangre de ciertos jóvenes con características específicas –una pequeña vetalovecraftiana en el argumento–. Así, el pequeño grupo de cinco adolescentes que presenta el filme tiene la función de morir de las más diversas formas con el fin de completar un ritual que mantendrá al mundo girando como hasta ahora.

El resultado es entretenido; un inventivo guión que vive por y para sus referencias –decenas de creaturas tomadas de igual número de películas de horror son mostradas en el filme–, pero con problemas de indefinición alrededor del tono: si bien construye una intriga que atrapa, su deseo de introducir constantemente gags aquí y allá no permite que el horror se concrete –y tampoco la parodia–. No se trata de un purismo: auténticamente, el filme tiene chistes que no provocan risa y sustos que no asustan. Es una cuestión de mecánica interna: ¿cómo aterrorizar a un espectador al que apenas dos minutos antes se pretendía hacer reír? Forzosamente, el filme se decantará ligeramente hacia uno u otro lado.

Esto no sucede en The cabin in the woods, y la adopción de un tono determinado dependerá así del ánimo del espectador: la cinta nunca termina de imponerse al decir qué es lo que quiere provocar. El desenlace es la prueba de esa indefinición: aunque pretende ser ominoso, no lo logra; aunque tenga elementos cómicos, no da risa. Es tan sólo un final mediano –con un logrado cameo– que remata una serie de imaginativos sketches alrededor del terror slasher.