Blood Simple: treinta aniversario | Letras Libres
artículo no publicado

Blood Simple: treinta aniversario

¿De qué fuentes, literarias y cinematográficas, abrevaron los Coen antes de escribir y dirigir su primera obra maestra? ¿A qué género pertenece Blood Simple? ¿Cómo se distingue formalmente de sus contemporáneas? 

Este es el primer monólogo de la primera película de los hermanos Coen, Blood simple:

El mundo está lleno de gente quejumbrosa, pero el hecho es que nada tiene garantía. Y no me importa si eres el Papa de Roma, el presidente de Estados Unidos, el Hombre del Año, algo siempre puede salir mal. Ándale, quéjate, cuéntale tus problemas al vecino. Míralo cómo se va. En Rusia lo tienen planeado para que todos jalen parejo. En teoría, pues. Lo que yo conozco es Texas y aquí es cada quien por su cuenta.

No sabemos aún que el que habla es el gordo, sudoroso, parlanchín, cuentacuentos, fotógrafo, maestro del photoshopeo antes de photoshop, transa, asesino, detective Loren Visser, pero el monólogo ya deja entrever algo que (atentos, auteuristas) encontraremos constantemente en subsecuentes películas de los Coen: incluso el trabajo más fácil en las manos de la gente más capacitada se va a echar a perder. Dicho, además, en tono semicómico (acentuado por el Texas drawl, ese indolente arrastradito tejano de las sílabas), el monólogo anticipa el talante de Blood simple e incluso de la obra posterior de estos hermanos: entre peor salgan las cosas –esas cosas pueden incluir asesinatos, traiciones, suicidios–, más será su posibilidad de generar material cómico.

Y en Blood simple todo, absolutamente todo, sale mal. Abby abandona a su esposo Julian para largarse a Houston, pero nunca llega a Houston. Antes se acuesta con un empleado de Julian, Ray. Ellos no lo saben pero Julian había tenido la pésima idea de mandar seguir a Abby; el encargado de ese seguimiento: Loren Visser. Enterado de la infidelidad, Julian manda matar a la pareja. Por supuesto el encargado es Visser, que prefiere no cumplir la chamba; en cambio, altera una fotografía para que la pareja parezca asesinada:

Y por supuesto el pobre Julian se tragará completita la mentira del asesinato. (Abby y Ray están dormidos nomás, en un sueñito postcoital.) Visser, en cambio, intenta asesinar a Julian –con el arma de Abby. Él no lo sabe, pero también eso sale mal. Ray encuentra el “cadáver” de Julian y el arma de Abby, y se traga completa la píldora de que ella ha matado al marido. Limpia los rastros del asesinato e intenta enterrar a Julian. Julian, lo descubrimos entonces, sigue vivo. Lo que sigue es un descenso brutal (y extremadamente divertido) a la desconfianza, a la confusión y al error. Incluso el último asesinato es un equívoco: Abby cree que su perseguidor es Julian (no sabe que está muerto) no Visser. Blood simple es una comedia de errores no en un sentido genérico sino literal: buena parte de su humor proviene de las malas decisiones de los personajes; el espectador puede reírse porque sabe más que todos ellos juntos.

También es una comedia negra, doblemente: 1. porque su humor “se ejerce a propósito de cosas que suscitarían, contempladas desde otra perspectiva, piedad, terror, lástima o emociones parecidas” y 2. porque toma sus claves genéricas del cine y la novela negros.

El noir clásico no propendía al humor. Sí: siempre un detective o un policía o un matón o una femme fatale tenía a la mano la frase socarrona, el wisecrack destructivo. (En The narrow margin, 1952, un tipo describe a una mujer como “un platillo”. ¿Qué platillo? “The sixty-cent special”, responde. “Cheap, flashy. Strictly poison under the gravy.”) Pero el tono general, el mood, era de desesperación, soledad, muerte. De un destino determinado: no importa a dónde huyas, tú pasado va a alcanzarte y destruirte (Out of the past). En todo caso, o el que se ríe aquí es Dios y se ríe de la pequeñez y de la hilarante capacidad de sus criaturas de hacer planes (Detour) o la “risa” proviene de la vergüenza ajena (Sunstet Blvd). A nadie debería sorprenderle esta escasez humorística: el noir literario es hijo de la Depresión; el cinematográfico, del expresionismo alemán y la guerra. (Difícilmente encontrarán libros más tristes que They shoot horses, don’t they? de Horace McCoy y Down there de David Goodis, ambos en la tradición noire.)

Para 1984, año de la aparición de Blood simple, todavía estábamos lejos de Perros de reserva o Pulp fiction y su humor pop/noir hiperreferencial, pero el neonoir ya estaba claramente establecido y separado, incluso con una distancia irónica, del noir “clásico”. (Algo similar pasaba en el cine de horror; en 1984 la atmósfera estaba lista para producir Gremlins pero había que esperar hasta 1990 para que pudiera existir algo como la perversa y divertidísima Gremlins 2: La nueva generación.) Los Coen en Blood simple aprovechan esa ironía y crean un erudito licuado de Dashiell Hammett –visible en la perfecta estructura causal y equívoca de la trama (“La historia tiene casi tantas vueltas de tuerca, claves, cortinas de humo y malentendidos como El halcón maltés” escribió Judy Klemesrud en una de las primeras reseñas de la película), en cierto dialecto pulp y en el “homenaje” del título (“blood simple”es una locución que aparece en Cosecha roja)–, Jim Thompson –Loren Visser es primo hermano del retorcido sheriff Nick Corey, de Potts County, en Pop. 1280: su lengua revela ese parentesco– y por supuesto James M. Cain –en el centro: un triángulo amoroso quebrado por el interés monetario–. “Nos gustaba especialmente El cartero siempre llama dos veces, Pacto de sangre, Mildred Pierce y una medio desconocida, Career in C-Major”, dijo por ahí Joel Coen. “Nos gustaba su estilo hard-boiled. Queríamos escribir una historia de James M. Cain y ponerla en un contexto moderno.”

Sus fuentes son primariamente pero no únicamente literarias. La segunda introducción –durante los créditos– es una larga toma de Ray y Abby, desde el asiento trasero, en el auto de la huida:

Esta imagen evoca toda una iconografía expresionista de cine negro clásico. Puede verse, por ejemplo, en los créditos de La muerte en un beso (1950) y El beso mortal (1955):

Pero evoca también la primera toma de Vivir su vida (1962) de Jean-Luc Godard, “un film dedicado al cine de serie B”, como puso el propio Godard en los créditos. En aquella escena/toma larga una pareja también discute el rompimiento de una relación: la suya. (Un clip de la escena en TCM.) Tampoco vemos sus rostros:

El “prémier tableau” de Vivir su vida se titula ‘Nana quiere dejar a Paul’; el tableau de Blood simple podría titularse ‘Abby quiere dejar a Julian’. Los Coen utilizan ya su enciclopédico conocimiento de la historia del cine de formas muy sutiles.

También de formas muy conspicuas. El cine negro clásico tendió siempre al estilo visible, ostentoso. Algunos críticos conservadores lo consideran “excesivo” por ser un “estilo que llama la atención sobre sí mismo”. Hay una sensibilidad barroca en ese cine. Iluminación antinatural, hipercontrastada aunque urbana; encuadres difíciles de justificar; amplísima profundidad de campo en que todos los planos, imposiblemente, están en foco; aparatosas tomas largas. El estilo consciente de sí mismo termina por llevar, casi forzosamente, a la ironía y a la comedia negra. Los Coen imprimen en ese barroquismo varias funciones. A veces generan suspenso, como en la toma que sigue a un pastor alemán para que él nos revele, sigilosamente, la locación en que se desarrolla la escena:

A veces propician una sensación enervante de clímax; por ejemplo, cuando una travelling shot a la altura del pasto se acerca a toda velocidad a Abby, que forcejea con Julian:

Otras, funcionan como chistes. En la barra de la cantina de Julian un borracho se ha quedado dormido. La cámara comienza a avanzar hacia él para acercarse, suponemos, a la conversación que está sucediendo al fondo. Cuando no tiene otra opción, la cámara salta al borracho como a una cosa:

A un espectador joven estos movimientos de cámara pueden parecerle cosa de todos los días. Lo son, pero una razón muy importante de que lo sean es el aporte de los Coen y su fotógrafo de entonces, Barry Sonnenfeld, al arte hollywoodense. Joel Coen había trabajado como asistente de editor en El despertar del diablo (1981) de su amigo San Raimi, acaso el inventor del travelling shot a toda velocidad a la altura del pasto. (Vean la toma en este video.) Pronto Sonnenfeld haría sus propias películas y el estilo sería imitadísimo. Danny DeVito lo adoptó en 1989 para La guerra de los Rose (en 1987 Sonnenfeld había fotografiado el primer largo de DeVito como director: Tira a mamá del tren); Raimi lo culminó en Darkman en 1990. La primera señal de que el estilo se había vuelto tic fue tal vez la intratable Robin Hood: Príncipe de los ladrones (1991), que no perdía oportunidad para tomas como ésta.

Como puede verse en estos móviles shots, otra fuente importante de inspiración de los Coen (y de Raimi y de Sonnenfeld) fueron las caricaturas de la Warner. Su humor por encuadre revela esta influencia también. Por ejemplo, cuando Ray va por primera vez a casa de Abby y Julian (para que ella recoja, entre otras cosas, la pistola que va a condenar su relación), decide fumarse un cigarro. Por el interfón suena la voz de Abby: “Ray?” Ray voltea:

Y esto es lo que ve:

Es un chiste casi infantil, pero tremendamente funcional.

Blood simple es formalmente irónica pero también clásica. Una marca de clasicismo en cine hollywoodense es la de la transición enganchada entre escenas. Ya en su primera película los Coen muestran un dominio completo de esta “técnica”. Un ejemplo elegantísimo. La escena A abre con una toma del ventilador en la oficina del bar de Julian; la siguiente toma tiene a Julian viendo, pensativo, el ventilador:

Julian marca a casa de Ray; Abby contesta (escena B), cuelga. Al final de la escena vuelve a su posición inicial; corte a escena C: ventilador en la habitación de Ray y, ahora, Abby mirándolo pensativa:

Esta transición extremadamente artificiosa, impracticable, también es difícil de olvidar:

Por último, Blood simple –y muchas otras películas de los Coen– derivan parte de su gozo de la subversión del lugar común. (En eso se parecen a la poesía de López Velarde y a muchos juegos de ingenio que parten de memes.) Ya he mencionado en otra parte en Letras Libres este ejemplo, pero tal vez se vale volver a él. El tópico es ver la vida pasar frente a los ojos en el momento de la muerte. El cine de Hollywood basa en él muchas de sus creaciones (algunas de cine negro). Los Coen propician el momento al final de la película. El detective Visser, narrador inicial de Blood simple, ha recibido un balazo en el estómago. Está desangrándose y en sus últimos suspiros. Barry Sonnenfeld lo fotografía desde lo alto, se le acerca, preparándolo para la revelación final:

Pero los jóvenes Joel e Ethan Coen, que apenas van pegándole a los treinta años, que son incapaces de ajustarse al lugar común, aún incapaces de tocarse el corazón, cortan a esto:

Los últimos instantes de una vida no revelan nada: sólo una pequeña gotera en el desagüe del lavabo. Fin.