Biutiful: historias desde el subsuelo catalán | Letras Libres
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Biutiful: historias desde el subsuelo catalán

Biutiful (2010), la última película de Alejandro González Iñárritu, marca su independencia de Guillermo Arriaga, hermano de armas en sus primeras tres películas. A pesar de que la idea original de Babel (2006) es de ambos, los guiones de lo que podría llamarse su trilogía son de Arriaga. La historia en la que Biutiful está basada es de González Iñárritu, y comparte el crédito de guionista con Armando Bo y Nicolás Giacobone. En ese sentido bien podría argumentarse que es su obra más personal, un film cuya autoría no se le puede negar. El estilo fílmico es el mismo: cámara en mano, escenarios y decorados realistas y un marcado talante humanitario repleto de la angustia existencial permeable a lo largo de su filmografía. Su equipo de producción se mantiene, con Rodrigo Prieto detrás de cámaras, Gustavo Santaolalla en la composición musical y Brigitte Broch como diseñadora de producción.

El rompecabezas temporal quedó atrás. La cinta mantiene un camino lineal que se tuerce y se retuerce dramáticamente para revolcarse como espiral hacia profundidades desamparadas. Los efectos melodramáticos excesivos quedan fuera. Se vislumbra y se llega a la tragedia de una manera más sutil, con mayor naturalidad por parte de la historia y la construcción del personaje. El agujero lo cavan sus imperfecciones, el azar y la intransigencia o la traición de sus allegados, mientras que la mano del destino juega un papel vital sin parecer forzado (basta recordar aquel "tengo el corazón de tu marido difunto" de 21 gramos (2003) o la bala perdida en Babel para ilustrar el punto). La mala pasada que le juega el destino al protagonista es natural: un cáncer mortal que lo persigue desde que da comienzo la cinta.

En otro gran acierto en su carrera, Javier Bardem hace el papel de padre soltero que regentea los bajos mundos del comercio ilegal en las calles de Barcelona, una suerte de figura paterna dentro del sucio negocio de la trata de blancas. Su ex mujer, además de bipolar, no es capaz de cuidar a sus hijos como debiera, y su hermano es un pequeño diablo desleal. La gran mayoría del elenco son desconocidos, talentos nuevos para la pantalla que subrayan el toque realista que González Iñárritu persigue desde Amores perros (2000).

Al igual que otros de sus personajes, el interpretado por Bardem va en una búsqueda desesperada de redención que se materializa en el intento de afincar el bienestar económico de los dos chiquillos que pronto quedarán sin padre. Defiende y regentea inmigrantes africanos e impulsa a los chinos a conseguir trabajo mediante una buena tajada, y no descuida el componente sobrenatural en su vida: el don de escuchar almas en pena. Huérfano desde niño, se crió en las calles y teme esa vida para los suyos.

Estamos ante el tórrido mundo de los desposeídos, de aquellos olvidados que antes retratara Buñuel en México y que más de medio siglo después uno de los grandes cineastas mexicanos de su generación retoma; regresa el gesto al invertir los papeles. Las vicisitudes de la vida callejera que mantiene a tantos a salto de mata sigue siendo un tema abrumador, y aunque se le puede criticar no haberla filmado en su ciudad natal, a fin de cuentas la raza humana es una sola y los confines políticos inventos pragmáticos que dan una vaga sensación de pertenencia. El trasfondo social apenas perceptible en su trabajo previo es en este caso mucho más relevante, porque aunque en las otras tres existen indicios de la decadencia social que circunda a sus personajes, en este caso el hincapié es más claro, más eficaz. Biutiful dibuja un viaje íntimo que además deja en evidencia las paupérrimas condiciones de vida de millones de seres en los que casos de abuso laboral como los expuestos en la película son una constante. La situación de los personajes periféricos de Biutiful se puede trasladar a decenas de lugares análogos.

La última cinta de González Iñárritu obedece a una loable evolución tanto humana como estética que penetra más a fondo en sus obsesiones como observador y crítico del mundo, le da una mayor cohesión a su discurso y abre un prometedor camino para el cineasta. Biutiful articula la desesperanza de manera poética. Estruja el corazón con cuidado, se pone del lado de sus personajes con afecto semejante al de Bardem con los hijos que la vida le obliga a abandonar. Si bien es un trago amargo para el espectador, el refinamiento cinematográfico con el que se acerca a las brutales problemáticas que ilustra revitaliza la discusión en torno a ellas y hace más llevadero el choque con situaciones que no es bueno dejar en el olvido.

Si en ocasiones la tristeza desborda el cuadro, la clemencia que otorga el cine quizá redima a víctima y victimario. Aunque sea por un momento Biutiful dirige un halo de luz hacia un mundo sumido en una atribulada oscuridad.

-Juan Patricio Riveroll