Alice in Wonderland, 1 | Letras Libres
artículo no publicado

Alice in Wonderland, 1

Esperaba más de Tim Burton. ¿O acaso fue un error tener tan altas expectativas? Después de todo es el maestro del atractivo visual. Cada vez que alguien utiliza el adjetivo burtoniano, inmediatamente me transporto a un mundo plagado de referencias a las películas de horror de las décadas de los veinte y los treinta; un mundo de líneas espirales y personajes siniestros con ojos enormes y bocas miniatura. Su destreza consiste en mostrar el lado humano de los monstruos y personajes rechazados por la sociedad. Hay quienes argumentan que sus últimas películas carecen de una buena historia. No los culpo. Es posible que Hollywood haya estropeado al director predilecto de tantos. A pesar de todo, tuve la certeza de que Burton tenía sus problemas resueltos cuando aceptó el reto de hacer una nueva adaptación de Alicia en el País de las Maravillas. Después de todo, Lewis Carroll nos dejó con una historia sublime; una sátira de la rígida sociedad victoriana; un mundo en el que los sueños y la realidad se funden. “¿Acaso no es un sueño la vida?” es la frase que cierra la segunda parte de la novela : A Través del Espejo y lo que Alicia Encontró Allí.

Alicia en el País de las Maravillas es una historia que muchos se han aventurado a llevar a la pantalla grande. Existen versiones animadas, gore, musicales, anime, con actores de carne y hueso, y hasta una adaptación conocida como la Alicia pornográfica, no porque provenga de esta industria tan prolífica sino porque cada escena está plagada de connotaciones sexuales. Como verán, las posibilidades que presenta la novela del maestro del sinsentido son infinitas. Sólo faltaba la versión burtoniana.

A simple vista pintaba bien. La dirección de arte es un espectáculo; y el score de Danny Elfman, compositor y cuatacho de Burton, es sensacional. Alicia (Mia Wasikowska) corre tras el conejo mientras los violines tocan con intensidad. Traté de olvidar ese prólogo plagado de clichés de la sociedad victoriana y decidí darle una oportunidad. Después de todo, la idea de un personaje de la literatura infantil que regresa, ya de adulto, al mundo que visitó en su infancia, no suena mal, siempre y cuando esté bien ejecutada. Spielberg lo hizo con Hook (1991), mostrando un Peter Pan adulto que regresa al País de Nunca Jamás.

Pero en el Wonderland de Tim Burton (o Underland, como él le puso), lo ilógico se volvió lógico, lo absurdo dejó de ser absurdo y algunos personajes –influidos por la psicología moderna, supongo- dejaron atrás sus desórdenes psicológicos para volverse sanos consejeros de Alicia. Ella misma dejó de ser esa niña curiosa y preguntona para convertirse en un intento de heroína llevada a actuar para cumplir a marchas forzadas con las exigencias del argumento más que a hacerlo por la fuerza de sus motivaciones. Y todo parece indicar que el ratoncito que sufría de narcolepsia en la versión de Lewis Carroll se curó y le pasó su enfermedad a Alicia, quien misteriosamente siempre se queda dormida en los momentos más convenientes para el argumento. Cada vez que despierta, algo fue resuelto en su ausencia.

No todo es negro. Burton entrega una pequeña dosis de momentos mágicos: la interpretación de la Reina de Corazones (Helena Bonham Carter) con su cabezota y su complejo de superioridad, la Reina Blanca (Anne Hathaway), la fotografía de Dariusz Wolski, los árboles con espirales que recuerdan a aquellos de The Nightmare Before Christmas y la idea de un mundo colapsado que va más de la mano con una pesadilla que con un sueño. Desgraciadamente, la pesadilla de Burton se queda tibia, a la mitad del camino. Una idea forzada con un mensaje demasiado sentimental: la joven que se rebela y se vuelve independiente. La película me dejó una sensación de vacío, sobretodo después de aquel baile del Sombrerero Loco (Johnny Depp) que más tarde repite Alicia. Un intento fallido de catarsis que no le llega a los talones a los bailes de Bollywood.

Una segunda oportunidad. Tristemente, mi opinión no cambió mucho. Lo único que cambió fue el nuevo y terrible dolor de cabeza que me dio el formato 3-D que no es oficialmente 3-D según dicen algunos, como el mismísimo James Cameron, quien critica la decisión de Burton de filmar con equipo 2-D y no incorporar la tecnología 3-D sino hasta la etapa de postproducción. Burton contesta que se ve igual de bien y que no pensaba tardarse diez años más en filmar la película. No le voy a discutir. Seguramente se ahorró unos cuantos millones. Sin embargo, hubiera sido bueno que esos millones se hubiesen destinado entonces al desarrollo de la historia.

¿Qué pasó ahí? La guionista, Linda Woolverton, no es ninguna amateur. Empezó trabajando en televisión y sus créditos en cine incluyen nada más y nada menos que los guiones de La Bella y la Bestia, El Rey León y unas cuantas escenas de Mulán. Se trata de películas memorables y bien construidas. El problema es que esta mujer no supo qué hacer con una narrativa tan poco convencional. Mató la esencia del mundo de Carroll. Y la película se convirtió en una historia predecible sin sensación alguna de peligro. Burton mencionó su interés por aquella mezcla entre sueños y realidad, y cómo éstas son una misma cosa. Pero su película hace una clara distinción. Entonces cabe la pregunta: ¿qué tan difícil puede ser desdibujar la línea entre la fantasía y la realidad? El cineasta checo Jan Svanskmajer lo hizo con su versión surrealista y oscura titulada Alice (1988), en la que juguetes y objetos caseros toman vida y se convierten en la pesadilla de la niña. Vale la pena. Se trata de una reinvención que no pierde la esencia.

Al final, la película fue un deleite a la vista. Lástima del popurrí, mal ejecutado, de elementos de la mitología griega y películas como El Señor de los Anillos, Las Crónicas de Narnia, y El Mago de Oz. Y lástima del tono: una mezcla entre el estilo excéntrico de Burton y la eterna felicidad de Disney que no logra aterrizar ni en uno ni en otro. ¿Y el guapo y encantador Johnny Depp? Aparece en todas las escenas posibles con un acento que oscila entre británico y zipizapo. Y la película se podría llamar “El Sombrerero Loco y Yo”.

-Olga de la Fuente