50/50 | Letras Libres
artículo no publicado

50/50

Reseña de una de las mejores comedias del año pasado. 

 

Un chico de veintitantos descubre que sufre de un cáncer extrañísimo en la zona pélvica, adherido a su columna vertebral. Va a quimioterapia mientras aprende a vivir sin su novia, que le fue infiel a pesar de su enfermedad.

Sin contexto, la premisa de 50/50 suena a melodrama sacarino, a culebrón miserable, a película que viene con navaja y guía para cortarte las venas. La sorpresa, lo que la convierte en una de las películas más disfrutables y honestas del 2011, es que se trate de una comedia, o una comedia con tintes dramáticos, que aborda los temas espinosos de su trama de manera descarnada, natural, original y, sí, chistosa.

Adam, interpretado por Joseph Gordon-Levitt (que con 50/50 cimienta su posición en el pedestal Hanksiano del everyman versátil), descubre que tiene cáncer y que tiene 50% de posibilidades de curarse. Acto seguido: empieza quimioterapia al lado de dos viejos enfermos y pachecos, visita a una terapeuta (Anna Kendrick, de Up in the air) para hablar de sus revueltos sentimientos, convive con Kyle, su mejor amigo (un hilarante Seth Rogen), y corta con su novia (Bryce Dallas Howard), una dizque artista que lo traiciona a la primera oportunidad. Desde el principio, el guión –escrito por Will Reiser- aborda los problemas de Adam con absoluta franqueza, sin cursilería ni exageraciones dramáticas, desde la lejana relación que mantiene con su madre (Anjelica Huston) hasta el creciente dolor físico al que se ve sometido por culpa de su enfermedad. Sin caer en guiños al cine indie de los dosmiles y sin echar mano de personajes estrafalarios e inverosímiles (como abundan en Juno, Away we go o Little Miss Sunshine), 50/50 salpica de comedia una trama que está repleta de instantes incómodos. El director Jonathan Levine captura cada secuencia con la naturalidad de un documentalista, nos abre las puertas a las vidas de sus personajes secundarios y, con cada uno, crea seres redondos y, aún mejor, creíbles. Los compañeros de quimioterapia, el personaje de Rogen y la propia Huston bien podrían haber sido válvulas de escape para la comicidad, pero Levine encuentra momentos que los humanizan y les dan matices insospechados (la parrillada en casa de los viejos es una escena dulcísima; el hallazgo de un libro en el baño de Rogen reinventa a un personaje con una sola pincelada).

Si bien al final 50/50 es incapaz de zafarse de su andamiaje hollywoodense (y de las expectativas de una audiencia acostumbrada a los finales felices), la cinta luce por su modestia y por la precisión de su tono: la comedia nunca es burda, el drama casi nunca es fácil. Hay algo real y cálido en la cinta. Y en la era en la que Hollywood se ha convertido en una fábrica monótona de cintas irreales y frías, se agradece entrar al cine para ver una película como 50/50