Tu cerebro vs. los propósitos de Año Nuevo | Letras Libres
artículo no publicado

Tu cerebro vs. los propósitos de Año Nuevo

Sobre las bases científicas de nuestra eterna batalla perdida contra las buenas intenciones de Año Nuevo.

La primera semana del año se llena de listas de buenos propósitos que uno, más o menos de manera inevitable,  acaba por hacer, leer o escuchar. De acuerdo con History Channel –que hasta antes de la serie Alienígenas ancestrales eran más o menos serios– las primeras celebraciones para conmemorar un año nuevo corrieron a cargo de los babilonios, quienes hace más de 4000 años festejaban el inicio de la siembra (que era en marzo) con una serie de eventos religiosos que incluían hacer promesas a los dioses (pagar deudas, ser más prolijos, etcétera). Desde entonces la humanidad se dedica a incumplir sus resoluciones más optimistas.  

Quizá el estudio más citado de nuestra eterna batalla perdida con las buenas intenciones de Año Nuevo es el que, en 2007, documentó el psicólogo británico Richard Wiseman. Este estudio, realizado con 3000 personas, le permitió concluir que –por razones tan simples y diversas como fijarse muchas metas, todas muy ambiciosas y poco realistas– el 88% de los que hacen propósitos de Año Nuevo fallan

Acá pueden hacer un test preparado por Wiseman para saber cómo les irá con sus propósitos.

 

 

Varios años antes del trabajo de Wiseman, los profesores de la Universidad de Stanford, Baba Shiv y Alexander Fedorikhin publicaron en el Journal of Consumer Research los descorazonadores resultados de otro experimento que a grandes rasgos consistió en:

A un grupo de estudiantes se le dividió en dos equipos. Al equipo 1 se le pidió que memorizara dos dígitos, el equipo 2 debía hacer lo mismo con siete dígitos. Habiendo memorizado los números. Se llamaba a ambos equipos a un receso y durante este se les ofrecía un plato de frutas o una rebanada de pastel de chocolate. Pues bien, el grupo que había memorizado siete dígitos fue dos veces más propenso a elegir el pastel. ¿Por qué? Según Shiv y Fedorikhin la razón es que en la corteza prefrontal de nuestro cerebro “comparten espacio/bytes” las partes encargadas de las tareas racionales y las responsables de la fuerza de voluntad. Esta coexistencia de funciones nos satura con frecuencia (cognitive load) y, con siete números ocupándonos la cabeza, no podemos hacer otra cosa que rendirnos frente a un postre apetitoso. 

 

 Aquí puede escucharse un podcast en el que Baba Shiv cuenta los detalles de su experimento. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero si dicho todo esto, aún siguen resueltos a, por ejemplo, bajar de peso (que según el Journal of Clinical Psychology es el propósito que ha encabezado la lista de los últimos años) vean este video antes de embarcarse en una dieta imposible cuyo horizonte realista no va más allá de los tamales del dos de febrero.

 

 

 


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