Stephen Jay Gould (1941-2002) | Letras Libres
artículo no publicado

Stephen Jay Gould (1941-2002)

Lo conocí el año 2000, antes de una conferencia que él ofrecería en el auditorio del Museo de Antropología de la Ciudad de México. El famoso escritor científico, brillante polemista sobre el origen y evolución de las especies, estaba librando una larga batalla de 18 años en contra de una rara forma de cáncer en el abdomen. Esa mañana parecía contento, impresionado luego del repaso que acababa de hacer junto a su esposa, la escultora Rhonda Roland Shearer, de las civilizaciones prehispánicas de Mesoamérica. Su inmensa cultura y sus ideas heterodoxas le ganaron el respeto y el rencor de una comunidad feroz, la de los biólogos, y en ella logró destacar entre los más duros e implacables, aquellos que se dedican al estudio de la evolución.
     Hace justamente treinta años, Gould y su compañero en la Universidad de Columbia, Niles Eldredge, renovaron la paleontología al someter a revisión el registro fósil. Es importante recordar que la biología, a diferencia de la física, no es una ciencia exacta. No tiene leyes ni axiomas, sino que se basa en la observación y en preceptos que conducen a hipótesis, más o menos verificables sobre la base del mismo registro fósil y de lo que podemos deducir a partir de lo que sabemos de las especies vivas. A esto se unen la experiencia geológica y el conocimiento geográfico, y en los últimos años se ha agregado la genética. Pero lo que han hecho los biólogos, desde Aristóteles hasta Darwin y todos los posdarwinistas, incluidos sus opositores, los creacionistas, ha sido pronunciar hipótesis. Y éstas se apoyan en la capacidad para descifrar lo visto, traducirlo en un texto escrito y convencer a los demás de que así son (y fueron) las cosas en materia de vida.
     No fue fácil desde un principio que el público siguiera la polémica inaugurada por Jay Gould y Eldredge con su famosa tesis del equilibrio puntuado, es decir, que la evolución procede a saltos y no en una progresión paulatina, como sostienen los biólogos más reduccionistas Richard Dawkins y Sir John Maynard Smith, entre otros. Esa mañana propicia, rodeados de los restos de piedras útiles usadas por los antiguos nahuas, Jay Gould me agradeció con una amplia sonrisa el que no me hubiera acercado a él para darle una lección de cómo leer a Darwin ni para exponerle una teoría de la evolución o preguntarle su opinión sobre el tercer milenio, pues él acababa de publicar un pequeño libro sobre este tema casi esotérico, en el que explicaba la confusión que había generado el olvido del cero por parte de un monje, así como el cuándo, el porqué y el cómo de esta manía nuestra de contar los años en un sistema decimal.
     Mis dudas eran más mundanas. ¿Es usted de Brooklyn o de Queens? ¿Cómo puede seguir a los Yankees y al mismo tiempo ser fervoroso asistente de Fenway Park, donde juegan los Medias Rojas de Boston? ¿A quién admira usted, a Salinger o tal vez a John Updike? La obra de Jay Gould fue galardonada y es apreciada por millones en el mundo no sólo debido a su profundo conocimiento de la paleobiología, sino porque hizo aportaciones a la historia de esta ciencia y colaboró para que ideas de difícil interpretación, como son el valor de la inteligencia y las cuestiones raciales, la definición de vida, los mecanismos de la evolución y las implicaciones del darwinismo en la visión que tienen las religiones del origen y destino de la vida, pasaran lo menos distorsionadas al público y con el mayor goce literario. Al igual que Darwin, Jay Gould se convirtió en un espléndido prosista. Y es ahí, en su estilo literario, donde radica el poder de alguien que ha conocido las fuentes. Jay Gould hizo investigación de campo en los arrecifes coralinos del Caribe y durante 26 años escribió mensualmente una columna en Natural History sobre darwinismo.
     Jay Gould no quería alardear esa mañana y dijo que había leído algunas de las novelas de los escritores que le había mencionado (al menos El guardián entre el centeno y Corre, conejo, corre), pero que, siempre que podía, regresaba a George Eliot. Me confesó que no leía toda la literatura que debía, pues había estado terminando la obra de su vida, La estructura de la teoría de la evolución, volumen de mil cuatrocientas páginas que alcanzó a ver publicado días antes de su muerte. En cierta forma, no fue una sorpresa descubrir sus gustos victorianos. La vasta obra que Jay Gould dejó escrita y grabada en vídeo y en audio se distingue por su profundidad histórica y sus referencias literarias, arquitectónicas, pictóricas. Rhonda y él tenían un círculo de estudio en Harvard sobre las relaciones entre las artes, las humanidades y las ciencias. Me invitaron a visitarlos. Nunca fui pero durante esa conversación en México confirmé que, al igual que Eliot a principios del siglo XIX desarrolló un estilo peculiar en sus novelas, basándose en un análisis metódico de la psicología de los personajes y su historia, preludio de buena parte de la ficción moderna, Jay Gould encarnaba en su obra las mismas aspiraciones literarias de la novelista inglesa. Practicantes del contraste y la fragmentación de la trama continua, Eliot y Jay Gould sabían que el hilo principal de la historia no depende de que la intriga se halle indefectiblemente "pegada" y fluya con una aparente continuidad, sino de mostrar cuán decisivos son ciertos actos "ahistóricos" (el registro fósil, los personajes anónimos cuyos restos descansan en tumbas que nadie visita) y su efecto disipador en la conformación del rompecabezas, ya se trate de una novela o de la evolución de las especies.
     Gould nació en Queens el 10 de septiembre de 1941, y murió en Manhattan el 22 de mayo de 2002. Adoraba el béisbol, como muchas otras manifestaciones de la cultura popular de nuestros días, y por eso podía ser fanático de los Yankees y los Medias Rojas al mismo tiempo. Alguna vez usó este deporte como metáfora para tratar de explicar el papel de la variación en los mecanismos evolutivos. Su estilo, menos elaborado que el de Lewis Thomas y Carl Sagan, a quienes admiraba, era intenso, sutil y en cierta forma cruel, más cercano a Updike y los suburbios de Pennsylvania que a las obsesiones urbanas de Salinger. En el Queens y Shillington de 1950 se vivía la misma paz y se gestaban los mismos dramas que llevaron a Jay Gould y a Updike a ser escritores polémicos, prolíficos y testigos intransigentes del gran circo de la vida. ~