Ciencia y filosofía | Letras Libres
artículo no publicado

Ciencia y filosofía

 

¿Tiene la ciencia algo que decir sobre materias clásicas de la filosofía como la felicidad, la justicia o la belleza? Parece ser que sí, y mucho. Durante noviembre pasado, se desarrollaron en Tarragona unas jornadas organizadas por Tercera Cultura (http://www.terceracultura.net/tc/) donde se analizaron bajo este prisma la belleza, la verdad, la felicidad, la libertad, la justicia y la verdad. Sobre la belleza y el arte, desde un punto de vista evolucionista, existen trabajos influyentes que señalan su papel central en la adaptación del hombre y a la facultad estética como un componente psicológico básico en cada ser humano. Han habido importantes aportaciones a esta fecunda línea de investigación que van desde las propuestas del recién fallecido fundador de Arts & Letters Daily, Denis Dutton, a las de Ellen Dissanayake desde la investigación antropológica. Los puntos de vista son variados: un más que posible papel en la selección sexual, el considerar las artes como subproductos de otras adaptaciones, como el afán por el estatus, por ejemplo, etc. Francisco Mora, reputado neurólogo que se responsabilizó del tema en las jornadas, habló sobre la capacidad de abstracción como una habilidad fundamental para nuestra supervivencia y del placer como motor de la existencia humana.

Las dotes del ser humano y de algunos primates para comprender en los demás el principio de “agencia” o de “teoría de la mente” –es decir, de conocer que el otro tiene intenciones y que podemos adivinarlas– es uno de los pasos más importantes que se dan en el camino de la hominización. A partir de aquí el homínido será capaz de transmitir una información veraz o utilizará las armas del engaño, cuestión que, para algunos científicos, es fundamental para definir estrategias plenamente humanas. Tanto Frans de Waal como Jane Goodall han hablado ampliamente sobre la verdad y el engaño en los monos superiores. En lo que están todos de acuerdo es en que decir la verdad es vital para generar confianza en las relaciones humanas, particularmente en las conductas cooperativas y su valor de supervivencia. El filósofo Jesús Mosterín desarrolló su conferencia sobre la verdad apoyándose en razonamientos lógicos y filosóficos.

La felicidad es un tema de la filosofía que se hunde en la noche de los tiempos. Pero fue Darwin quien le dio una mirada totalmente nueva que ha creado un fecundísimo campo de investigación. El paleontólogo Jordi Agustí habló de la felicidad como ausencia de dolor y de miedo. Introdujo un tercer concepto exclusivo de los seres humanos: la conciencia de la muerte. ¿Qué podemos hacer ante esta certeza? En cierto modo, junto con el dolor y el miedo, puede ser una herramienta que incorporemos a nuestra capacidad de supervivencia.

La libertad estuvo a cargo del psiquiatra Adolf Tobeña, quien la trató como otra de las experiencias humanas fundamentales también abordables desde el análisis científico. La cuestión del libre albedrío es candente entre neurofilósofos, psicólogos evolucionistas y neurocientíficos en general. Algunos investigadores, como Paul y Patricia Churchland, rechazan que el ser humano disponga de esta capacidad y creen que es un mito. También ha sido determinante el famoso experimento de Benjamin Libet en el que se demostraba que los procesos inconscientes en el cerebro son el iniciador verdadero de los actos de la volición. Sin embargo, Tobeña habló de grados de libertad al hacer referencia a una autonomía transitoria y constreñida, o libertad al uso, que se produce puntualmente al elegir nuestro cerebro entre un conjunto de predicciones.Arcadi Navarro, biólogo evolucionista, trató el concepto de justicia desde la realidad de una serie de experimentos basados en la teoría de los juegos. Estos juegos están diseñados para medir conductas humanas como el altruismo, la capacidad redistributiva o la colaboración en grupo. Nos mostró cómo los primates y los niños pequeños son capaces de hilar bastante fino sobre conductas justas e injustas y que tienen un sentido del fair play que es innato. La filósofa Paula Casal, vicepresidenta del Proyecto Gran Simio, trató el concepto del bien como una cualidad compartida con otros mamíferos en la que la maternidad ocupa un espacio central y esencial en el desarrollo de la civilización humana.

 Según se desprende de las jornadas, no solo los ponentes aseguran que la ciencia tiene instrumentos para tratar de forma eficaz estos temas tan queridos por la filosofía y por estetas y pensadores de todos los tiempos, sino que están convencidos de que gracias a sus avances se está produciendo una revolución en el conocimiento de sus motivaciones profundas que les da una dimensión de consecuencias extraordinarias. Arcadi Navarro discutió la figura del científico social clásico al que considera más un creador artístico, una persona que establece una construcción teórica a partir de sus propios prejuicios dando forma a ideologías o religiones, que alguien con capacidad para arrojar verdadera luz a cuestiones que están vinculadas a una naturaleza humana susceptible de conocimiento experimental. Se sabe ya que existen conductas protomorales, protoestéticas o de intuición del carácter inapelable de la muerte en mamíferos que van desde los elefantes, pasando por los monos superiores y llegando a los homínidos pasados y presentes.

Desde este punto de vista, la justicia, por ejemplo, ya no parece ser una cualidad que pertenece solo al universo humano, sino que forma parte de una cadena de adaptaciones y conductas que se hunden en el pasado.

Adolf Tobeña, en un artículo publicado en la revista Mètode, celebra el fértil campo de investigación que las teorías evolucionistas abren a la filosofía y a las artes y señala cómo esto crea tanto fascinación como rechazo en el público cultivado. Algunos ensayistas de nueva hornada como Jonah Lehrer, autor de Proust Was a Neuroscientist (2007), editado este año en español por Paidós como Proust y la neurociencia, explotan con gran éxito esta polémica hasta el extremo de afirmar que un novelista como Proust ya descubrió en su día las conexiones neurológicas entre sabores y memoria. “Cuando los neurocientíficos intentan diseccionar nuestros recuerdos para referirse a ellos como a una pandilla de moléculas que trabajan en lugares y circuitos del cerebro, no se dan cuenta que tan sólo resiguen las huellas dejadas por un novelista enfermizo, recluido y meticuloso.”, dice rizando el rizo en un poco riguroso ejercicio de lo que en inglés se llama hindsight bias y que se puede traducir como la inclinación a ver los eventos ocurridos como más predecibles de lo que fueron antes de suceder.

Según Tobeña, para Lehrer “la orgullosa neurociencia no habría hecho sino confirmar, de manera grosera y limitada, las hondas intuiciones de estos artistas”. Este tipo de reacciones también se dieron entre la asistencia de las jornadas de Tarragona. En el turno de preguntas de la ponencia de Jordi Agustí, alguien muy airado del público preguntó desafiante al paleontólogo cuál, según él, era la relación entre la felicidad y la termodinámica. Esas fueron más o menos sus palabras. Agustí hizo bien en responder simplemente que no era físico. Pero igualmente podría haberle respondido que las ideas y las emociones son producidas por el cerebro, con su cableado neuronal, sus neurotransmisores y sus hormonas. Que estos son productos de reacciones químicas que se basan en leyes físicas y que ahí entraría su termodinámica de marras. Posiblemente la idea de Tercera Cultura moleste tanto a una izquierda como a una derecha preocupadas ambas por su propia concepción de la “transcendencia”. El mismo Lehrer aboga por una “cuarta cultura”: la de la fusión íntima entre el arte y la ciencia en “la verdadera frontera investigadora”. Sin embargo, la brecha que durante miles de años dividía los sucesos físicos por un lado, y el significado, los contenidos, las ideas, las razones y las intenciones por otro, y que parecía partir el universo en dos, posiblemente se vaya a cerrar. El razonamiento, la inteligencia, la imaginación y la creatividad son formas de procesado de información, y eso es un proceso físico susceptible de conocimiento científico. Como dice Tobeña en su artículo, no compartimos que la aventura científica a la hora de afrontar preguntas decisivas sea según Lehrer “el callejón sin salida reduccionista”. Como augura Richard Dawkins en La tabla rasa (2002), “las nuevas ciencias de la naturaleza humana pueden encabezar la marcha hacia un humanismo realista e informado biológicamente”. Parece un magnífico panorama. ~