Chopin al piano / y VI | Letras Libres
artículo no publicado

Chopin al piano / y VI

Chopin, en retrato al óleo de Delacroix

En los comienzos del invierno de 1848, Chopin, en un nuevo exilio durante unos meses londinenses, fue por unos días huésped en la mansión de la muy adinerada, muy rumbosa, muy escocesa familia Stirling, en agradecimiento a la cual daba lecciones de piano a la esbelta, pálida, casi espectral señorita Jane Stirling, una de las discípulas y fans del momento, que lo asediaba con una soñadora mirada compuesta de admiración, amor y una avanzada miopía. (Esta somera aunque tal vez bien documentada descripción del personaje ha sido posible tras el examen del retrato oval de Miss Stirling, realizado por un artista anónimo en el más preciosista estilo de la romántica pintura de medallón.)

Un anochecer, cuando se ejercitaba en el piano bajo la distraída o huraña mirada de Frédrerick, la señorita Stirling, entre arreboles y suspiros (esos recursos estratégicos de la femenina coquetería de la timidez), se le declaró al maestro, le propuso matrimonio y quizá le dio a entender que, si él pronunciaba el anhelado (al fin y al cabo, sólo le costaba emitir un poco fatigante monosílabo), los dos podrían compartir la heredable fortuna de los Stirling…

Pero, recientemente escarmentado de su relación con una anterior y temible sobreprotectora por amor: (madame George Sand, ¿quién si no?), Chopin se asustó ante la proposición de la nueva y joven admiradora. Si incurría en matrimonio con ella ¿sufriría otra extenuadora “relación pasional”, ahora además atado por una compartida gran fortuna?, ¿reaparecerían al paso de los años las trifulcas y las griterías hogareñas?, ¿tendría él, de cuerpo ya tan debilitado por la desgarradora tos, que dar un mal rendimiento en las batallas de amor en el lecho conyugal?... La vacilación de Frédrerick no duró mucho. Con el más exquisito arte de la excusa cortés, con un muy bien argumentado discurso disuasor a propósito de su mal de los pulmones (parece que solmene y lúgubremente dijo a su enamorada: “Para usted sería como casarse con la muerte”), declinó el ofrecimiento y festinó los preparativos para el retorno a París.

Unos días después, el 24 de noviembre de ese 1848, Frédrerick reiniciaba la reconquista de los cultos salones parisienses y la frecuentación de las cafeteriles tertulias de los exiliados polacos (que no se cansaban de achatarse el dedo índice golpeando en las mesas para profetizar que el zar, el opresor de Polonia, caería de un momento a otro). Y, a pesar de todo requiriendo las protectoras amistades femeninas, visitaba a su compatriota Delfina Potocka, a la baronesa de Rothschild y volvía a recibir el amoroso asedio de Jane Stirling, llegada de Londres con sus tintineantes pulseras y collares, con su anheloso gran escote, con su tan romántico mirar de miope, para continuar acompañando lateralmente al esquivo amado; y a ellas poco después se añadiría Ludwika Chopin, que llegó de Varsovia en agosto de 1849 para cuidar del hermano ya muy secuestrado en la cama por la enfermedad. Así ocurría lo que Chopin a la vez temía y gozaba: otra vez estaba bajo el implacablemente tierno dominio de las mujeres. Y ellas lo cuidaron, lo mimaron, lo ayudaron, le hicieron abandonar una buhardilla de Chaillot para aposentarse en el apartamento del número 12 de la Place Vendôme, en el cual, sentado al piano cerca de una ventana desde la cual podía admirar un tal vez ilusorio panorama parisino que había descrito en cartas a la hermana para que viniese a la ciudad capital de Francia:

“Estoy sentado en el saloncito, y a través de cinco ventanas dispongo de una amplia vista de todo París: las torres, las Tullerías, Saint Germain l’Auxerrois, Nôtre-Dame, el Panteón, el Val-de-Grâce, los Invalidos… y. entre esas bellezas y yo, no hay más que jardines.” Allí compondría sus últimas admirables composiciones: la Mazurka en Sol menor opus 67, nº 2, y la Mazurka en Fa menor op. 68, nº 4.

En aquel su último tiempo le gustaba decir que se sentía ciudadano de dos patrias: era parisiense de vida diaria y seguía siendo el polaco de siempre y de la irreductible añoranza de una tierra a la que siempre, elevando a refinado gran arte canciones y danzas folclóricas, rindió el más bello de los homenajes con su música.

Las manifestaciones de felicidad ante el panorama parisino que se leen en algunas últimas cartas de Chopin eran tal vez meros wishful thinkings. En ese su año preterminal, en el que dio la última de sus muy ovacionadas performances pianísticas en una concierto en la sala Pleyel, se le tomó una sombría foto que hace flotar tristemente ante nosotros un incómodo personaje en encogida pose, con un rostro que la preocupación hace pálido y estrecho, con unos ojos sombríamente interrogativos, una boca tensa, unas manos cruzadas sin gracia, y vestido con ropas que siempre los daguerrotipos suelen mostrar arrugadas, viejas e inelegantes, mientras, en cambio, los dos espléndidos retratos de Delacroix, uno a lápiz y otro al óleo, nos lo acercan más vivo, más nuestro Chopin.

Y el 17 de octubre de 1849 Frédrerick Chopin agonizaba rodeado de ilustres amigos (Liszt, Berlioz, Delacroix… otros) y de algunas de las mujeres de su vida…(menos George Sand, quien lo ensalzaría y maltrataría dándole un nombre ficticio pero transparente en alguna de sus hoy ilegibles novelas).

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Chopin, como Mozart, como Schubert, como Debussy, como Satie, como Albeniz y Granados, es uno de esos privilegiados músicos con ángel de los que habla Jomi García Ascot en su muy grato y demasiado breve libro Con la música por dentro (de 1982 y reeditado en 2006 por El Equilibrista y la UNAM, con los bellos dibujos de Gabriel Ramírez y el admirativo, si no admirable, prólogo mío). Y resulta desconcertante que la sonrisa de ese ángel chopiniano (¿parecida a la célebre sonrisa del lateral ángel de piedra en la fachada de la catedral de Reims?) nunca se halle en su no exigua iconografía pero quizá ello se debe a que rara vez alguien se anima a sonreir durante las largas, las cansadoras poses que eran necesarias para los daguerrotipos.

Pero en su obra, incluidas las piezas tormentosas o de tono trágico o meramente sombrío, el ángel de Chopin siempre ofrece alguna suerte de sonrisa, aunque sea tan fugitiva como la del carrolsiano gato de Cheshire: la sonrisa que permanece y dura aunque el gato ya haya desaparecido.