Chopin al piano / I | Letras Libres
artículo no publicado

Chopin al piano / I

Embelesados al ver a un niño repetir el prodigio mozartiano tecleando sonatas, sonatinas, serenatas, minués e impromptus cuando sus piececitos ni rozaban los pedales del piano demasiado grande para él, los parientes y los amigos cariñosamente le pusieron nombre y apellido en diminutivo: lo nombraron Frycek (Federiquito o Fede) y lo apellidaron Chopinek (Chopinito), y de este modo los más íntimos seguirían distinguiéndolo en conversaciones y cartas durante el resto de sus años (que habrían de ser apenas cuatro más de los de su idolatrado Mozart).

Fryederick Franciseck Chopin, de madre polaca y de padre francés con ascendencia polaca, había nacido en Zelozowa Wola, a 17 verstas de distancia de Varsovia, el 22 de febrero de 1810, pero, a saber por qué, ¿acaso por la vanidad de fingirse unos cuantos días más joven?, festejaba su cumpleaños cada primero de marzo. Se dice que aprendió a improvisar piezas en el piano o en el clavecín antes de silabear palabras. ¿Lo acechaba ya su leyenda? Lo cierto es que en 1818 una de sus primeras composiciones, una Polonesa en Sol menor que, como precoz galanteador, había dedicado a la condesita Viktoria Skarbek, motivó un patriótico, triunfal, esperanzador clarinazo de la Revista de Varsovia: “El compositor de esta danza polaca, hijo del profesor Mikolaj Chopin, profesor de Letras y Música Francesas en el Liceo varsoviano, es un genio musical de sólo ocho años. Ademas de interpretar al piano con agilidad y elegancia piezas muy difíciles y es autor de danzas y variaciones que deleitan a todos quienes las escuchan. Si este chiquillo hubiera nacido en Alemania o en Francia ya lo coronaría la fama. Vayan pues estas líneas para recordar que también en Polonia nacen genios y que sólo la falta de una resonante publicidad los esconde en la sombra.”

La gacetilla abrió al precoz virtuoso del piano las puertas de los palacios de condes y duques, de las mansiones de ricos melómanos y de los grandes burgueses trémulos de esnobismo. Chopinek tecleaba piezas halagüeñas que, cada vez más, eran compuestas por él, pero antes de dormir pedía perdón al fantasma de Bach por hacer música frívola en el afán de ganarse una posición entre las clases altas. Así, Frycek Chopinek fue desde la niñez una solicitada star frecuentadora de los salones, en los cuales, más que en las grandes salas de concierto, preferiría ejercer su arte durante toda su vida, ya fuese por la delicadeza de su toucher o ya por su afición a la neurosis y a la agorafobia. Las damas varsovianas lo adoraban, se lo presumían unas a otras y se lo disputaban para que tocase en sus veladas mundanas, a las que llamaban soirées porque en la Polonia decimonónica, si no hablabas la lengua de Francia, y particularmente la de los altos barrios de París, eras un ser vulgar o por lo menos un impresentable reciente rico, un burgués ni siquiera matizado con un siquiera aceptable esnobismo. La soprano Angélica Catalani, campeona del repertorio de bravura y triunfadora sobre los aclamados castrati, le regaló un reloj de plata en el que coruscaba una trilingüe dedicatoria: “To Frycek, le nouveau carissimo Amadeus”, y de cuando en cuando la princesa de Lowitz lo raptaba graciosamente y lo llevaba al palacio de Belvedere para que amansara con música a una fiera bípeda: su esposo, el Regente de Polonia y hermano del también muy iracundo zar Alejandro I.

Pero Frycek Chopinek era algo más que un pianoplayer de lujo, que un entertainer de salón, que un mero tecleador de música light bajo cenitales arañas de luces y entre guiñadores espejos de cornucopia dorada. Era ya un pequeño compositor de no pequeño talento que, instruido en técnica pianística por el anacrónicamente empelucado profesor Wojciech Zywny, seguía componiendo sus primeras obras: a los siete años había escrito ya la Polonesa en Si bemol mayor, a los once la Polonesa en La bemol mayor, a los quince ya tenía publicadas las partituras de dos Mazurkas y el Rondó en Do Menor opus 1, y a los dieciséis obtenía las más altas calificaciones en el Conservatorio de Música regido por el prestigiado compositor Josef Elsner.

La seriedad en los estudios y en la temprana obra no eximía a Chopinek de divertirse en las reuniones con los amigos Julian Fontana, Titus Wojciechowski, Julius Slowacki, los Wodzinski, y su sense of humour chispeaba en las cartas frecuentemente firmadas con el apellido anagramizado: Pichon, en las imitaciones gestuales o verbales de grandes personajes de la alta sociedad polaca, en la fundación de sociedades culturales adrede ridículas, en las caricaturas musicales que en el piano de alguna taberna hacía de ciertos sobrevaluados compositores o pianistas de aquel entonces. “Pichon -decía Slowacki-, es un Hermes Trimegisto [Tres Veces Grande], es un diablo cuando, ¡cuidado! detesta a alguien, es un bufón cuando remeda a los altos figurones, es un ángel cuando toca el piano. Pero, felizmente para la salud de la humanidad, durante la mayor parte del tiempo y aun estando entre amigos y quizá hasta mientras duerme, está tocando el piano.” Y Fontana añadía: “Que su aire de profunda melancolía, su porte aristocrático, su mirada de solemne sacerdote del culto a Bach, Beethoven y Mozart, o sus hondos suspiros por señoras y señoritas, no engañen a nadie: Frycek es también el duende Puck y nada le gusta más que el desorden jocoso” (es decir eso que en México llamaríamos relajo).