Chest, lector al aire libre | Letras Libres
artículo no publicado

Chest, lector al aire libre

Como el arquitecto Mies van der Roe, que dijo: “Dios está en los detalles”,  Chest era goloso de las minucias, de lo circunstancial y aun de lo absurdo.

En la foto, tomada en una tarde de los primeros años 30, Gilberth Keith Chesterton, Chest, despeinado por el viento, sentado en la banca de un parque londinense que es el centro del mundo (pues, según decía Jules Renard, ese centro está en todas partes), lee sus apuntes para alguno de sus artículos periodísticos, ahora leídos como obras maestras de la prosa inglesa.

Elartículo que Chest ya escribe mentalmente ha de tratar de cualquier minucia de la vasta realidad cotidiana y vulgar, a la cual su escritura le dará el esplendor de una joya. Chest descubre que la humilde coliflor es un pequeño mar vegetal, que un habitual crepúsculo rojizo de Londres es el más lujoso espectáculo escénico, que en un boleto de tranvía se puede leer la historia de la civilización mundial y que hay una pequeña filósofa en la chiquilla pobre que pasa por el parque llevando a otra más pequeña en un destartalado carrito, y(reinventando el dicho wildiano de que la naturaleza imita el arte) le dice a Chest: "Es que no tengo muñeca, y mi hermanita hace de mi muñeca”.

Como el arquitecto Mies van der Roe, que dijo: “Dios está en los detalles”,  Chest era goloso de las minucias, de lo circunstancial y aun de lo absurdo. El capricho tenía una gran importancia en su filosofía, en su literatura, y por eso en la novela El hombre que fue Jueves, donde se desarrolla una conjura universal de seis activistas nombrados según los días de la semana, ocurre que el séptimo miembro, el jefe, Sunday,esto es Domingo (del latín dies dominicus: día del Señor), es decir Dios, tras permanecer invisible durante la mayor parte de la historia, finalmente se presenta como en un número circense: montado en un elefante que corre por las calles con “la trompa más rígida que el bauprés de un barco y trompeteando como la trompeta del Juicio".

Chest escribió una enciclopedia universal vertida semanalmente en forma de ensayos, monólogos radiofónicos, conferencias, brindis y discursos, en los que derrochó sus dones de narrador, paradojista y poeta. Sus relatos, sus biografías, sus ensayos son admirables, pero más lo son sus artículos periodísticos. Cualquier asunto, ya fuese tan común como el billete de tren, o tan frívolo como el debate entre el vino y la cerveza, o tan quimérico como la corte de Camelot o la "historia de lo que pudo ser", o tan trascendental como el objetivo religioso de la educación, o la defensa de la intimidad del individuo frente al poder del Estado, le servía para seducir a sus lectores, inquietarlos, convencerlos tal vez. Su filosofía era una alegre poética: cuando su gran adversario y amigo, el ateo Bernard Shaw, afirmaba que la historia de Cristo no era verosímil por ser demasiado perfecta, Chest replicaba que precisamente por ser perfecta era creíble. Consideraba los sueños, los cuentos, las leyendas como géneros hermanos de la Historia: un relato popular oído en nuestra niñez, decía, es algo tan tangible y grandioso como una catedral gótica. Y simpatizaba con el jacobino Dantón quien había dicho que tan criminal como negar alimentos al pueblo era despojarlo de sus sueños.    

Chest era tan capaz de ser amigo de quienes combatían sus ideas, por ejemplo George Bernard Shaw, o tan adversario de quienes las compartían, por ejemplos muchos de sus lectores católicos. Considerándose como"la minoría de una minoría", como un partido unipersonal,  tomaba inesperadas posiciones políticas: durante la guerra de los boers contra el dominio británico se puso del lado de los boers, pues no quería que Inglaterra fuese "un imperio cosmopolita, mandado por plutócratas no menos cosmopolitas". Cuando las autoridades de la higiene pública dictaminaron rapar a las hijas de los pobres para evitar la suciedad y los piojos en sus cabellos, disparó un vibrante poema disfrazado de artículo (titulado “La revolución por los cabellos de una niña”) que denunciaba la situación de los barrios miserables y defendía la integridad capilar de las niñas pobres, y el artículo concluía: “Esa niña pelirroja que pasa corriendo ante mis ojos no será humillada, no será rapada, no será trasquilada como un cordero. Es la imagen sagrada de la humanidad. Y que todo alrededor de ella, todo el edificio social y las cúpulas de los templos se derrumben, pero a esa niña no se le cortará un solo cabello.”

Su juego preferido era la polémica en los clubes o en el Hyde Park abierto a los oradores espontáneos. Con George Bernard Shaw sostuvo "una controversia intermitente durante la mayor parte de nuestra vida", en la que sólo variaban los pretextos para discutir gozosamente y eternizar la fiesta de simpatía mutua y sonriente antagonismo, y  los dos, ejerciendo íntimamente la simpatía hacia el contrincante, rivalizaban en la polémica, en la fama y en el anecdotario. La teología chestertoniana se la puede encontrar divertidamente ilustrada en su más reiterado asunto novelesco: la permanente y gozosa conjura de los buenos del uno y el otro bando que, aunque son contrarios ideológicos, coinciden en querer el bien para el mundo y sosteniendo un amoroso combate moral, intelectual, espiritual.

Chest infiltraba a Chest en los personajes de sus obras de ficción. Ya sean sus héroes curas o rebeldes sociales, policías o ladrones, creyentes o ateos, pelioscuros o pelirrojos, se manifiestan como anarquistas del bien empeñados en lograr un orden universal que sea un libre orden espiritual. En un gran convivio-debate, vale decir en una universal tertulia, sería el adversario más agradecible.

(Publicado anteriormente en Milenio Diario.)