Chest en el centro del mundo | Letras Libres
artículo no publicado

Chest en el centro del mundo

G.K. Chesterton

Allí, enorme, ventrudo, despeinado por el viento, sentado en una banca a la orilla de un parque londinense y entre papeles que le desbordan de un bolsillo o que reposan junto él despues de haber sido fatigados por su escritura manual, se puede ver al escritor Gilbert Keith Chesterton (Londres, 29 de mayo de 1874 – Londres, 14 de julio de 1936) leyendo su cuaderno de notas en quién sabe qué día de los años treinta del siglo XX, y puede jurarse que mientras lee escucha cuanto le rodea: el zumbar del tránsito automovilístico, la perorata del predicador amateur, las risas de los niños, el mascullar de un cockney borrachín, el rumor de las no lejanas frondas y acaso el primer ¡cucú! del primer pájaro que canta el inicio de la primavera y que, según una tradición del periodismo británico, será mañana reportado al Times por cualquier ciudadano que fue el primero en escucharlo.

Novelista, cuentista, poeta, ensayista, periodista, Chesterton en su Londres se consideraba en el centro del mundo porque, como dijo Jules Renard hablando de su aldea, el centro del mundo está en cualquier parte. Celebraba que lo milagroso estuviera en la realidad cotidiana: en la casera vulgar lechuga que es un pequeño y quieto mar vegetal, en las nuevas mil y una noches árabes albergadas en cualquier noche del Londres secreto, o en el corazón de la chiquilla pobre, pelirroja sin duda que, acaso en esa misma tarde de la foto, pasó frente a Chest llevando en un destartalado carrito a otra más pequeña y que (reinventando sin saberlo el dicho de Wilde de que la Naturaleza imita al Arte, y no al revés como quiere el lugar común) explicó al escritor maravillado: “Estamos jugando a que mi hermanita es mi muñeca”.

Esa es mi favorita foto de escritor, aun si en ella a Chest se le ve leyendo y no escribiendo. Es un espléndido icono del escritor al aire libre, que mientras lee su propia escritura también oye, y en algún modo lee, al despeinador viento de la estación más revuelta del año. El viento nunca es visible pero lo vemos y leemos en las frondas que agita, en las ropas que danzan colgadas del tendedero de la azotea o en el cabello violentamente despeinado del señor que, corpulentísimo como un G. K. Chest habitual, está sentado a la orilla de un parque de una cualquier ciudad del centro del ilimitado mundo… que no tiene centro pero los tiene todos.

El autor de prodigiosas historias preborgesianas, como las de las novelas El hombre que fue jueves y La esfera y la cruz, como las de sus innumerables cuentos entre policiacos y fantásticos y como las que prodigó en su muy fecunda carrera de articulista, charlista, conferencista y polemista, Chest descubría el milagro en la realidad más cotidiana y vulgar. Su filosofía era una alegre estética de la fe cristiana: si su amigo y contrincante ideológico, el socialista George Bernard Shaw, afirmaba que la historia de Jesucristo era demasiado bella para ser verdadera, él respondía que precisamente era verdadera por ser tan bella. Para él los sueños, los mitos, las fábulas y los cuentos eran más confiables que los libros de Historia, y, cristiano total, pero no convencional, simpatizaba con el feroz Danton porque había dicho, poco antes de marchar hacia la guillotina (por decreto de la revolución iniciada por él y otros), que era un crimen despojar al pueblo de sus sueños y sus mitos.

Lo etiquetaron como escritor moralista, pero su moral arraigaba en su alegría de vivir y en la idea de que, diariamente y a través de los menudos hechos, cada hombre debía hacer que el sacrificio del Cristo justificase nuestro estar en el mundo; y aun si a veces admitía que algunos de sus artículos se acercaban a ser sermones católicos, siempre los escribió con un espíritu de juego que admitía y aun exaltaba todas las contradicciones. Miembro de su partido unipersonal, podía de pronto declararse partidario de quienes combatían sus ideas o adversario de quienes las compartían. Su fe no lo eximía de sentirse socialista a su modo, y así, durante la guerra de los boers, Chest, inglesísimo, se puso del lado de los boers por no estar de acuerdo, dijo, con la política imperialista de su propio país; y cuando las autoridades de la higiene pública decretaron rapar a las niñas de los arrabales londinenses para evitarles la suciedad y los piojos, disparó un vibrante poema en prosa disfrazado de artículo periódico en el que llamaba a la desobediencia civil en defensa de la integridad capilar de las niñas (sobre todo las pelirrojas) y defendía una revolución social que pusiera cuartos de baño en las casas de los pobres. Antes de que rapen a ese cordero, decía, nos rebelaremos y reharemos el orden social, y para ello derrumbaremos todos los templos de la Ley y la Justicia, pero no habría de tocársele un solo cabello a esa niña que acababa de pasar por la calle con la cabellera roja como una llamarada ondeando al viento.

Allí está el controversial, el alegre, el perturbador, el querible Chest. Allí está y allí estará mientras esa foto y mi recuerdo perduren: sentado en un parque de Londres como en cualquier parte del mundo, es decir: en el centro del mundo.