Casanova contra el burka | Letras Libres
artículo no publicado

Casanova contra el burka

La robusta defensa de la libertad de escritores como Casanova y Brodsky es también un argumento contra la imposición del burka.

Para mi desdicha, veo todos los días a mujeres cubiertas con chador, negro hasta los pies y solo con los ojos libres, y con burka, negro y con una rejilla tupida en los ojos. Y las veo también a menudo cuando viajo a otras ciudades: las veo en París, en Roma, en Atlanta, en Casablanca, en Múnich... Siempre sufro un calambre eléctrico. No me acostumbro a verlas y nunca me acostumbraré. Me parece una atrocidad, pura barbarie. Y me repugnan quienes, en países democráticos, amparándose en supuestos valores culturales y, por supuesto, sin que ellos padezcan ninguna limitación en sus propias libertades, lo defiende y lo justifican.

Pero en Venecia, donde he pasado unos días, cada vez que veía a una mujer con burka o con chador, y vi muchas, acompañadas siempre por hombres que vestían como les daba la gana, sin restricciones culturales, mi asco hacia el burka y hacia el chador, y hacia el sistema social y religioso que los imponen, se incrementaba. Sin duda, porque tenía muy fresca la relectura de los ensayos de Joseph Brodsky, que además fue uno de los más brillantes teóricos de la ciudad italiana, en cuya isla cementerio está enterrado.

Joseph Brodsky (Leningrado, 1940-Estados Unidos, 1996) sabía lo que era una tiranía totalitaria, y su descripción de una sociedad asfixiante, enferma, sigue siendo válida: el comunismo es diferente del integrismo islámico (aunque la URSS, gracias al espía Kim Philby, quiso hacerse con el control del mundo musulmán, con resultados no del todo satisfactorios), pero comparte su profundo desprecio por el individuo.

Giacomo Casanova, magnífico escritor y veneciano, escribió en sus Memorias: “el hombre es libre, pero deja de serlo si no cree en su libertad”.

Joseph Brodsky pasó toda su vida breve creyendo en su libertad y enfrentándose a los gobiernos soviéticos, lo que le acarreó, primero, ser considerado un parásito social, posteriormente, una estancia en la cárcel y, más tarde, y benéficamente para él, el exilio. No defendía ningún proyecto político, aunque sabía que solo en democracia era posible vivir, pese a la burocratización creciente y a la tentación del control social, y proponía la libertad individual como única organización que merecía la pena.

Explicaba, en La canción del péndulo, cómo las tiranías trabajaban con mucho celo por “nuestro propio beneficio”, creyendo que el individuo no puede decidir correctamente sin la inestimable ayuda de un Estado que a todos nos quiere iguales, idénticos, como idénticas tienen que ser las mujeres, nada libres, que son obligadas a llevar el chador y el burka.