Casa mínima | Letras Libres
artículo no publicado

Casa mínima

Al fin, el prisionero logró escapar de la Colonia de Rinocerontes.” Estas fueron las palabras que utilicé en el ensayo de 1999 sobre Eugène Ionesco titulado Bérenger at Bard. La Colonia de Rinocerontes, por supuesto, es la colonia penal socialista administrada por el máximo líder Rinoceronte: el presidente Nicolae Ceauşescu. El 9 de julio de 1989 fue otro hito crucial en la vida del vagabundo en que me había convertido desde entonces. “El pequeño Honda marrón, traqueteando heroicamente, cruzó impertérrito las puertas de la universidad americana. Sus instalaciones me parecieron un verdadero Edén, con matorrales y flores alrededor de casitas en las que los profesores y los estudiantes jugaban el tradicional juego académico de las canicas.” Estaba inserto en mitad de la famosa novela de Hermann Hesse transportada al Nuevo Mundo de finales del siglo xxi.

Así empezó mi vida en Bard, al principio instalado en la casa de un profesor de química en su año sabático, después en la casa que fue de Mary McCarthy; esta constaba de varias habitaciones espaciosas y soleadas en la primera planta y de tres pequeños dormitorios en la de arriba y en la que por las noches rondaban unas extrañas distorsiones de los juegos académicos cotidianos. Al inicio de mi tercer año me mudé a una pequeña cabaña, lejos de los caminos transitados, que enseguida se apoderó de mi imaginación con sus encantos utilitarios básicos. Podría haber sido diseñada como refugio para cazadores de ciervos o pavos salvajes, porque estaba rodeada de bosques hospitalarios que resguardaban, indiscriminadamente, tanto a profesores y estudiantes como a ardillas, ciervos, conejos y pájaros de todos los colores y tamaños. La puerta de entrada daba directamente a una gran sala de estar en la que había una inmensa ventana hacia el bosque.

Esta pared de cristal no imponía ningún límite al paisaje de los alrededores y permitía la entrada de su tranquilizadora presencia hacía el interior de la sala. Un dormitorio minimalista y un baño a juego, así como un estudio, eran parte de la casa que algunos de mis amigos llamaban con amable ironía “La casa del Unabomber”. Esa denominación cuajó no por el remoto aislamiento de la cabaña, sino por el de su morador, el excéntrico refugiado de Europa del Este. Ni Bérenger ni yo, el exiliado solitario, teníamos ninguna relación con el célebre Theodore John Kaczynski, el brillante graduado de Harvard convertido en ermitaño que había compuesto el manifiesto La sociedad industrial y su futuro en su cabaña y lo había mandado junto con sus bombas a varias universidades y compañías aéreas (Unabomber es el acrónimo de University and Airline Bomber). Aunque este líder de la lucha contra la modernidad había acabado matando a tres personas, hiriendo a 33 más y al final siendo condenado a cadena perpetua, la denominación que se le había dado a mi morada no me parecía ni hostil ni desagradable. En lugar de una afirmación de mi derecho a rebelarme, mi aislamiento autoimpuesto y mi reclusión eran una búsqueda de la paz. Necesitaba un refugio.

Casi cincuenta años habían pasado desde otro otoño similar, no menos encantador que los que estaba disfrutando en Bard. Recuerdo el día en que me obligaron a abandonar el lugar en el que nací en Bucovina y fui enviado junto a otros pecadores de la misma etnia a un campo de exterminio. El mundo de mi infancia con sus dulces olores y colores había perdido la capacidad de protegerme. Cuando nos ordenaron abandonar nuestra casa, mis padres se llevaron el dinero que habían estado ahorrando para adquirir el hogar del que sí serían verdaderos propietarios; no vivieron para comprarlo. El Ejército Rojo acabó liberándonos, así que pudimos volver a Rumania una vez terminada la guerra. Europa del Este brillaba ahora a la luz de un sol soviético, utópico y opresivo. La luz procede del Este. Esta fórmula exaltada era repetida hasta la
nausea en todos los tonos posibles...
La propiedad privada había sido abolida: las fábricas, los bancos, las granjas, los cines, los rebaños de ovejas, las casas particulares, los estadios, los hospitales, los autobuses y los hoteles se habían convertido en propiedad del Estado, así como las personas relacionadas con todo ello. En lo que sería conocido como el multifacético socialismo rumano, “las normas de vivienda” llegaron a asignar unos escasos ocho metros cuadrados por persona. Una habitación extra era un raro privilegio conseguido mediante leyes dacronianas y oscuras prácticas bizantinas. La idea de una “ciudad cercada” estaba empezando a arraigar: solo a los nacidos dentro de sus confines se les permitía permanecer en ella; las pocas excepciones hechas eran por decreto de una Autoridad Superior. La policía secreta firmaba todos los pasaportes para viajar al extranjero y los pocos beneficiarios eran quienes estaban dispuestos a corresponder el favor y servir a sus oscuros propósitos. El espacio público se convirtió en el escenario de mascaradas políticas mientras el espacio privado menguaba bajo el ojo vigilante y los oídos atentos de los informantes de la policía secreta. No resultaba paradójico en absoluto que los ciudadanos comunes trataran de construir paredes adicionales dentro de ese espacio de por sí restrictivo y desconfiado para proteger su privacidad. Los resultados, como en “La muralla china” de Kafka, espesaron progresivamente los límites del cerco; mantuvieron el entorno amenazador a raya, pero el espacio vital en el interior languideció al punto de asfixiar a sus ocupantes. El tiempo mismo se había convertido en una propiedad del Estado por medio de incontables imposiciones: reuniones políticas, manifestaciones y desfiles, y varias obligaciones cívicas al servicio del Partido. De joven, yo parecía vivir del contenido de una maleta, siempre mudándome de un apartamento temporal a otro, en una continua sucesión de escenarios. Me sentía como una larva que espera perpetua y desesperadamente el momento de una metamorfosis final.

Al fin llegó el momento en que me largué de la Colonia de Rinocerontes. Como exiliado, sentía que el futuro se abría a incertidumbres desconcertantes, escritas en un nuevo código de probabilidades que no sabía leer con claridad. Lo desconocido parecía ilimitado, sin duda, y la frenética sensación de una libertad recién adquirida era abrumadora. Por lo demás, la libertad cobró su precio: sentirse desposeído y fuera de lugar siempre ha marcado la vida de un vagabundo. La mutabilidad era el verdadero espacio “físico” de la libertad, y el tiempo se convirtió, para quien vive sin hogar, en el rasgo último y trascendental. Mi único refugio y posesión era mi lengua nativa, el idioma en el que había nacido, el que había formado y deformado mi verdadero ser. Llevaba mi idioma del mismo modo en que el caracol lleva su morada sobre la espalda. Anhelaba reencontrarme con mi ser fracturado.

La acogedora cabaña del Bard College se llamaba –¡imagínense!– Casa mínima, y había pertenecido a una profesora italiana, Irma Brandeis, reconocida traductora y, según ciertos rumores, la amante virginal de Montale. Mis paseos solitarios por el campus, que parece un gigantesco parque urbano, me llevaban con frecuencia a la tumba de la aguerrida Irma en el cementerio de la universidad. Está junto a la de Hannah Arendt, otra legendaria amante culpable de haberse enamorado de un artesano de las palabras.

Me gustaba contemplar los viejos edificios diseñados para albergar seminarios protestantes y admirar cómo el severo estilo gótico anglosajón se mezcla con el estilo nouveau de dormitorios más recientes; con la biblioteca construida a la manera de un templo griego; con el ala más reciente y posmoderna; con la capilla para ceremonias sagradas y profanas; con el instituto para estudios museísticos y el museo, modernizado gracias a las adquisiciones recientes; con el imponente edificio del Instituto Levy y su meseta, que recuerda a la escena del parque desierto en el que se está perpetrando el asesinato en Blow-up de Antonioni. Se podía ver el Hudson desde ahí. Lejos, a la distancia, las montañas azul claro me recordaban las montañas de mi Bucovina nativa, en el nordeste de Rumania. “Bucovina en el Hudson”, como el título de la entrevista realizada aquí por un joven alemán amigo mío. Tras carecer durante toda la vida de una “idea de la naturaleza”, acabé en este lugar, con su turbulento esplendor, intangible y pleno de significado.

Casa mínima era incomparablemente más grande, más luminosa y más hospitalaria que la celda monástica que Kafka alquiló cerca del castillo de Praga para proteger su soledad y su escritura. El boscoso Bard College ponía sordina a las oscuras resonancias de un pasado en el Este de Europa, y ofrecía una patria rejuvenecedora y nueva para un extranjero sospechoso que nunca había tenido una. Al final, el exiliado dejó de ver su distanciamiento como una desventaja y lo consideró un desarraigo benéfico.

Esta pequeña escuela de artes independiente se estaba volviendo aún más cosmopolita gracias a los estudiantes internacionales procedentes de treinta países distintos y a un profesorado al que se unían gentes llegadas de los rincones más exóticos del planeta. Saul Bellow, Toni Morrison, Roy Lichtenstein, Ralph Ellison, Arthur Penn, Isaac Bashevis Singer, Philip Roth, Ismail Kadaré, Orhan Pamuk, Mario Vargas Llosa, Claudio Magris, Antonio Tabucchi, Antonio Muñoz Molina, Edna O’Brien, Peter Sloterdijk, Cynthia Ozick, todos han estado aquí. Chinua Achebe, Leon Botstein, John Ashbery, Ann Lauterbach, Ian Buruma, Mary Caponegro, Daniel Mendelsohn, Robert Kelly, Elizabeth Murray, Stephen Shore, Francine Prose, William Tucker, Peter Hutton, Brad Morrow y Joan Tower estaban cerca de mí.

El campus mismo ha cambiado en los últimos veinte años: han surgido muchos nuevos edificios que establecen un diálogo dinámico y provocativo entre el presente y el pasado. La historia de los estilos arquitectónicos americanos de los dos últimos siglos puede contemplarse en la espectacular serie de edificios que llevan sus artísticos rasgos grabados en piedra y madera, así como acero y cristal. Entre los ejemplos más tempranos está el elegante Gatehouse, que hoy alberga al Instituto Internacional para la Educación Liberal, diseñado en la primera mitad del siglo xix por Alexander Jackson Davis, el arquitecto y pensador pionero en promover la idea romántica de vivir en cercana armonía con la naturaleza. La capilla protestante fue construida alrededor de 1869 por Frank Wills, que es también responsable de la Catedral Episcopaliana de Montreal. El edificio Ludlow, que alberga las oficinas administrativas, junto a las construcciones aledañas, fue diseñado por Richard Upjohn, el arquitecto de la famosa Trinity Church que se hallaba junto al desdichado World Trade Center de Nueva York. El sello del arquitecto puede observarse fácilmente en la austeridad enclaustrada de las facultades anglicanas construidas antes de la Guerra de Secesión. El edificio de la biblioteca, completado a finales del siglo xix, lleva el nombre de Hoffman, un gran patrono. Al ser el Partenón de la universidad, se halla en lo alto de la colina y es de estilo griego. Las mejoras más recientes del arquitecto Venturi, especialmente los extravagantes arabescos de sus ventanas frontales, han añadido un toque de contraste, posmoderno al templo clásico del conocimiento. Una catedral genuinamente sólida ha sido construida en el extremo del campus en el transcurso de los últimos años; sus paredes de hormigón y cristal diseñadas por Frank Gehry la hacen comparable al Guggenheim de Bilbao. Recientemente vi cómo se completaba un centro científico de última generación basado en los planes del arquitecto Rafael Viñoly, con paredes de cristal que recuerdan a la ventana gigante de la casita de Irma Brandei, que me separaba y al mismo tiempo me acercaba al bosque.

Siento como si el 9 de julio de 1989 hubiese sucedido ayer, pero ya es parte del milenio pasado. Desde mi llegada aquí hace casi veinte años, los cambios espectaculares del campus han reforzado orgullosamente su modernidad. Mientras yo empezaba a “instalarme” en este nuevo mundo, el tiempo mismo pareció moderar sus fluctuaciones con una complicidad benevolente, cómoda –hasta 2006, un año asombroso que debería haberme concedido la marca de la sabiduría. Pero no es esto lo que sucedió; el tiempo se volvió de repente agitado, y de una manera muy poco sabia. Cuando la universidad decidió reconstruir y ampliar mi lugar de refugio para ponerlo a la altura de los estándares del nuevo milenio, y los del recién acuñado ciudadano americano en el que me había convertido no mucho tiempo antes, experimenté una grave dolencia cardíaca. Vino en forma de aviso que coincidió y contrastó vivamente con los cambios benéficos que significaba convertir mi casa improvisada en una verdadera residencia.

Una complicada historia personal me ha acostumbrado a aceptar las formas raras en que el destino se ha desplegado en el espacio y el tiempo. El vagabundo ahora cuenta los días en su calendario de vida sedentaria en una morada permanente, óptima, consciente de lo tardío que puede ser este logro, pero aceptando agradecido cada uno de los momentos de su indulto. ~

 

Traducción de Ramón González Férriz