Cartas manuscritas enviadas a ninguna parte | Letras Libres
artículo no publicado

Cartas manuscritas enviadas a ninguna parte

para Ana Paola Barbosa

El tamaño de mi esperanza es proporcional al de mi nostalgia: casi una nulidad. Sin embargo, como en la canción de Arcade Fire, todavía guardo en los sótanos de la memoria la singular sensación de esperar el arribo de una carta, esa forma de comunicarse hoy cercana a la extinción. O quién sabe, al parecer eso todavía no ocurre. El pasado 7 de enero el New York Times reportó una inofensiva pero potente historia. Se trata del estado que guarda en la actualidad la escritura de cartas manuscritas (sí, manuscritas, nada de email ni computadoras) entre la población de reclusos en las cárceles de Estados Unidos. Según la nota periodística, a lo largo y ancho de ese país un ejército de tatuados y temibles convictos utiliza el viejo recurso de la escritura de cartas para volar con la mente más allá de los muros y barrotes con los que sus cuerpos son castigados y confinados al aislamiento, incluso en el más grande imperio de la banda ancha y la Blackberry. No se dice ni especula mucho acerca de los motivos que llevan a los reclusos a la inmemorial práctica de escribir y enviar cartas. Lo cierto —y hasta reconfortante—es que no se trata de émulos de Abelardo y Eloísa. Previsiblemente, la mayor parte de la correspondencia proveniente de las penitenciarías tiene como destinatario a los editores de las llamadas revistas para caballeros como Maxim o Esquire, en las que los presidiarios, a la manera de ablandados corresponsales del infierno, solicitan comunicarse con las despampanantes modelos que aparecen vistiendo minúsculos bikinis tanto en las portadas de dichas publicaciones como en las fantasías de sus autores, condenados por partida doble a las aflicciones del confinamiento y a la desconsolada puñeta. La primera revista mencionada suele recibir entre 10 y 30 cartas por semana, mientras que a la segunda pueden llegar hasta 20 misivas en un mes. Incluso las prestigiosas Rolling Stone y Vanity Fair llegan a recibir diariamente una carta manuscrita firmada por alguno de los casi dos millones y medio de presos que habitan las cárceles gringas.

Esta historia real me recordó dos imprescindibles historias de ficción acerca del arte de escribir cartas usando únicamente papel y pluma. Me refiero a las novelas Dear Everybody (2008) de Michael Kimball y Herzog (1964), de ese titán de las letras que fue Saul Bellow. En la primera de ellas aparece un meteorólogo autodidacta cuya prolongada caída existencial se consuma cuando decide abandonar su empleo en un canal local de televisión tras el paso devastador de un tornado en su ciudad natal. Al borde del colapso psíquico que finalmente lo llevará al suicidio, Jonathon Bender pasa sus últimos días escribiendo cartas a sus familiares, a su ex esposa, a sus amigos de la secundaria, a la propia secundaria y al satélite del clima, entre otros. El hermano que le sobrevive reúne esos papeles, que se convierten en una especie de honesto y enloquecedor repaso autobiográfico del malogrado meteorólogo. He aquí un ejemplo:

Querida Florida State University:

Solicité admisión al programa de posgrado en Meteorología porque quería estar cerca de los huracanes. También presenté solicitud para la Iowa State University debido a los tornados y a la San Jose State University por los sismos, pero tampoco me aceptaron. Todo lo que yo quería era mudarme a un lugar con mal clima. No supe qué hacer después del rechazo de ustedes y de todo el mundo.

En el segundo caso, el novelista Saul Bellow narra el lento derrumbe de Moses Herzog, un profesor, humanista e historiador de las ideas, una promesa intelectual que un día descubre que nada lo justifica, que su carrera, su matrimonio y su vida toda no han sido más que un rotundo fracaso. Su historia comienza, precisamente, en el momento en que se aficiona a escribir extrañas epístolas que revelan su precaria condición y ponen en duda su buen juicio:

Había caído bajo una especie de hechizo y escribía cartas a todo bicho viviente. Estas cartas le apasionaban tanto que, desde fines de junio, iba por ahí con una maleta llena de papeles. Había llevado esta maleta de Nueva York a Martha’s Vineyard, pero regresó enseguida de ahí, y dos días después fue en avión a Chicago, y desde Chicago a un pueblo al oeste de Massachusetts. Escondido en el campo, escribió incesante y fanáticamente a los periódicos, a la gente que desempeñaba cargos públicos, a los muertos, sus propios muertos sin importancia y, por último, a los muertos famosos.

¿Qué es exactamente lo que lleva a Jonathon Bender y Moses Herzog a escribir una avalancha de cartas que nadie leerá? ¿Por qué insisten en comunicar sus genialidades y disparates a sus imposibles destinatarios? Quizá la pérdida de cierto sentido y orientación en sus respectivos mundos, la desesperación, el hallarse en un perpetuo fuera de foco, el cuestionamiento radical, la ausencia de alguien, la más arrebatada crisis de la mente y el corazón, la incapacidad, como ocurre a todas luces con Herzog, de explicarse a sí mismo. En otras palabras, razones que cualquier individuo, dentro o fuera de una novela, de una historia real o ficticia, compartiría plenamente. No de otra manera me explico el estallido interior que yo mismo experimenté el día en que, alojado en un hotel de Sevilla, comencé la lectura de Herzog sin saber que la vida que hasta entonces llevaba estaría resumida en dos breves frases de dicha novela. “En un trozo de papel reconoció: No puedo justificarme.”

Detesto la nostalgia y cualquier sentimiento que embellezca el pasado como un sutil engaño. Si el email y la Blackberry representan la bancarrota de las cartas manuscritas como forma de comunicación, que así sea. Dice Adorno que la tecnificación vuelve adustos a los hombres, al despojar a la civilidad y a los ademanes de toda noción de demora y cuidado, “para subordinarlos a las exigencias implacables y como ahistóricas de las cosas.”

Todo pasa y todo se pierde como en una noche eterna, ahistórica, es cierto; pero las cartas manuscritas seguirán siendo el último recurso de quienes, desesperados y desesperanzados, tocamos a una puerta que no se abrirá más.

- Bruno H. Piché