Carta de Reims: El trofeo francés | Letras Libres
artículo no publicado

Carta de Reims: El trofeo francés

De ser un trofeo del sexenio de Felipe Calderón ahora ha pasado a manos del gobierno francés que no ha desperdiciado la ocasión para levantarlo ante sus compatriotas.

Si bien hemos de congratularnos por la histórica decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que, con la liberación de Florence Cassez lanza un mensaje contundente en contra de las prácticas habituales de tortura, manipulación, siembra de evidencias, invención de pruebas, soborno de testigos –víctimas incluidas–, y un sin número de perversiones que con total impunidad se llevan a cabo en la oscuridad de los pasillos de la policía para llenar las cárceles, no se puede pasar por alto la manera con la que, en Francia, se ha “vendido” la puesta en libertad de su compatriota.

Los días que han seguido a la liberación de la francesa han evidenciado que los medios de comunicación son los mejores y casi únicos instrumentos de manipulación que se utilizan hoy en día para hacer política y gobernar a los países, cuyos líderes parecen hambrientos de encontrar héroes y heroínas con los cuales se pueda relajar un poco esa idea de que todo marcha mal, y va para peor, y así entretener momentáneamente la triste, gris y anodina cotidianidad de muchas vidas.

La alfombra roja que se le puso a Florence Cassez nada más bajar del avión para que se enlazara en un abrazo con su hermano Sébastien, quien estuvo involucrado en México en negocios no del todo claros con Eduardo Margolis, amigo de Isabel Miranda de Wallace, es pecata minuta comparado con la propaganda política y las sonrisas de algunos ministros, del presidente FrançoisHollande y de la siempre desatinada primera dama, Valérie Trierweiler, que no hace sino meter la pata cada vez que habla o escribe un Twitter, o con la avalancha informativa de periodistas que no cabían de gozo, narrando en vivo la llegada de Cassez como si fuera una nueva Lady Di francesa que ellos asumían que había sido declarada “inocente” por los aparatos de justicia mexicanos, y hablando de las virtudes de una persona con la que jamás habían cruzado una palabra. “Reservada y encantadora”, decían mientras la francesa daba sus primeras declaraciones.

De ser un trofeo del sexenio de Felipe Calderón que se mostraba como prueba irrefutable de que el gobierno luchaba contra la delincuencia, y con el que se quiso vender una historia a la que se sumaron infinidad de acusadores, los mismos de los que hace no mucho en una entrevista al diario Libération Cassez se burlaba: “aquellos que me juzgan, conformándose con la idea cómoda de que soy culpable no se han enterado de nada”, el trofeo ha pasado a manos del gobierno francés que no ha desperdiciado la ocasión para levantarlo ante sus compatriotas y restregarlo ante los mexicanos –convirtiendo a México en el hazmerreír de los últimos días en radio y prensa: los caricaturistas se han despachado con desparpajo comparando, en algún caso, a los rehenes muertos en Argelia con el estado de indefensión de la francesa en México–, especialmente ante las autoridades judiciales de nuestro país que aún no han siquiera respondido por qué Guadalupe Vallarta, hermana de Israel, y Alejandro Mejía Guevara, su esposo, dueños del predio de Xochimilco donde fueron encontrados los secuestrados, antes de haber sido trasladados al rancho Las Chinitas, no han sido siquiera llamados a declarar; o los primos Rueda Cacho, Marco Antonio y Edgar, este último identificado por Cristina Ríos Valladares y Cristian Ramírez Ríos en sus declaraciones, como uno de responsables de su secuestro. Misterios, sin duda, del sistema judicial mexicano, dado que toda esa información consta en el expediente judicial.

Pero lo más llamativo de esa cobertura mediática fabriqué en France muy similar a la que México utilizó el 9 de diciembre de 2005 –con el arrepentido Loret de Mola encabezando la telerealidad–, ha sido hacer creer que el trofeo que hoy celebran haber ganado, tiene lo que se ha dado por llamar “una paternidad” francesa, aunque esta se la disputen la administración actual y la del ex presidente Nicolas Sarkozy –que en sus conversaciones privadas se dirigía a Cassez con un “ma petite Florence”–, conocido en el ministerio de relaciones exteriores francés por pasar por encima de sus diplomáticos y matar con tiros de gracia cualquier gestión, como lo hizo con México, encargando la embajada a un hombre, Daniel Parfait, que dedicó sus cuatro años al frente de la misma, de 2008 a 2012, y en forma exclusiva, al affaire Cassez, haciendo lobbying por la francesa y no dudando en utilizar a los propios corresponsales y enviados para conseguir los fines de su jefe.

Así, parece que la noticia de la liberación de Cassez en Francia ha pasado por alto el hecho de que si Cassez llegó sana y con vida a Francia, no se debía precisamente a la nulidad del país europeo para ejercer la diplomacia, sino en una gran medida –y excluyendo obviamente el apoyo, la presión y las investigaciones de la prensa de ese país–, al trabajo de un abogado mexicano, al de tres jueces, también mexicanos, que se apegaron a la Constitución y en defensa de los derechos humanos, al de varios periodistas mexicanos –contados con los dedos de las manos, es cierto– que contra el tono de linchamiento generalizado que se alzaba en contra de ellos desde la desinformación e ignorancia en el mejor de los casos, y de las amenazas, en el peor, se atrevieron a denunciar todas las patrañas que se cometieron en el caso, al de los editores mexicanos que tradujeron y publicaron dos libros al respecto, donde se documentaban gran parte de las irregularidades, a las decenas de personas que cada semana le rendían visita a Cassez en la cárcel, acercándole comida, tarjetas de teléfono y sus paquetes de correo, a los médicos que la atendieron en forma permanente, al abogado y sacerdote de la iglesia mexicana, destituido después, que elaboró un reporte, con una comisión independiente, en el que se desprendía lo que ellos juzgaban como la inocencia de Cassez.

Y aún, la lista podría ser infinitamente larga de todos aquellos mexicanos que buscaron la verdad, investigaron y la denunciaron, lo que hace suponer que ese país que Ezequiel Elizalde llama “una porquería”, lo es más por gente que fabrica culpables inventándose pruebas y haciendo a otros cambiar sus declaraciones –y ese joven secuestrado que nos conmina a todos a tomar las armas (“¡ármense!”, dijo) sin que sienta un poco de piedad por sí mismo no es un novato en la mentira, como nos los comprobó a todos, incluso a quienes han seguido creyéndole cuando dijo que su mancha de nacimiento en el dedo era resultado de una inyección que le había hecho Cassez para cortárselo–, que por toda esa otra gente, miles de mexicanos, que a diario hacen con eficacia y compromiso su trabajo para que el país se limpie un poco.

Pese a que la negligencia y el grave delito en el que incurrió Genaro García Luna, todavía impune, dañó la convivencia entre dos países y echó al traste un evento por el que México hubiese sido extraordinario escaparate en Europa, ahora solo cabe esperar que la relación histórica entre ambos países retome su curso fraternal, y que los 15 minutos de fama que Francia le ha rendido a Florence Cassez se queden en eso, y que ella evite escribir ese libro que, nada más bajarse del avión, cuando aún se sentía “en el cielo” –en las “nubes”, le corrigió su abogado francés que ahora lleva el trofeo de un lado para el otro, exhibiéndolo ante Hollande, ante Sarkozy–, amenazó con escribir; o que, en el caso de que siga con su desafortunada idea, cuente en él lo que no contó, la explicación a detalles que nunca supo dar.