Carismas combatientes | Letras Libres
artículo no publicado

Carismas combatientes

Por todas partes de Esmógico City, y frecuentemente en las “mantas” que cruzan la porción de cielo que va de una a otra acera de cualesquiera calles, y en lo alto de los postes de luz y los reverberos, y a veces hasta en el ramaje o en el tronco de los desprevenidos árboles (que en su candor de seres absolutamente naturales no se imaginaban que iban a ser humillantemente utilizados para esa manía de la especie humana: la contienda política), se aparecen, impresos en tela o plástico o cartulina los rostros de los hombres y mujeres que con las siglas de sus correspondientes partidos aspiran a gobernar las zonas y delegaciones de la urbe, confiados en que los habitantes de las mismas —estimulados por las diferentes maneras de carisma poderosamente emanadas de esas acicaladas facciones, de esas sonrisas prometedoras (¿prometedoras de qué?), de esas miradas puestas en los varios horizontes de un vasto aunque difuso Mejor Futuro para el ciudadanaje local— los elegiremos para que nos gobiernen sabia y brillantemente.

Tales personajes pertenecen a la variedad de partidos que los ciudadanos contribuyentes, es decir los cautivos del Fisco Kid, mantenemos para darnos el gusto de contemplar en los noticiarios de la televisión sus espléndidos números de carismas combatientes, de actores en shows de palabrería a favor o en contra de algo o alguien pero siempre motivada por un común aunque variado afán de sacrificarse a su manera por nosotros, los del ciudadanaje común y corriente (dicho sea sin ofender a nadie, ni siquiera a uno mismo).

Curiosa multitud de rostros que, excepto por alguna frasecita como por ejemplo: “¡Seguridad o renuncio!” (que es la más precisa y contundente que hemos recientemente leído abajo de uno de esos rostros), sólo ofrecen sus meras facciones como promesas de programas políticos.

Y...

Y, la verdad sea dicha, cuán extraño nos parece que entre esa floración de caras no aparezca la más carismatica de todas: la de la chavita sabionda y calculadamente simpatiquísima que gracias a los spots de un partido —no diré cuál, pero sigan mi mirada— ya es (quién lo diría: ¡una chamaca!) el nomberguán e hipercarismático astro político del país.

Publicado previamente en Milenio