Canciones para leer | Letras Libres
artículo no publicado

Canciones para leer

"Si de verdad quieres enderezarte / Apóyate contra una biblioteca, cantaba y sigue cantando para que nosotros lo continuemos escuchando, desde hace treinta y un años, un tal Lloyd Cole en “Are You Ready to Be Heartbroken?”, al final de Rattlesnakes, uno de esos perfectos álbumes debutantes que retratan en detalle un giro momentáneo pero llegan para quedarse girando para siempre. Un disco generacional que marca no solo una época de la música sino de la vida de quien la recibe y la asimila como soundtrack de la propia vida.

Rattlesnakes, también, es uno de los álbumes más literarios jamás grabados: Cole venía de un grupo anterior llamado –evelynwaughianamente– Vile Bodies. Sus canciones se escuchan y se leen y, todas juntas, de la primera a la décima, pueden entenderse como uno de esos libros de cuentos iniciáticos a los que volvemos, en noches solitarias, para sentirnos bien acompañados con nuestro propio fantasma de navidades pasadas pero permanentes. Y pregunta: ¿cómo es que Wes Anderson no los ha metido aún en un soundtrack de alguna de sus películas? Mientras tanto y hasta entonces, ahora, perfecta excusa para reincidir: Lloyd Cole and The Commotions alcanzan –más vale tarde que nunca– la canonización modelo box. Así, Lloyd Cole and The Commotions: Collected Recordings 1983-1989 recopila una saga breve pero intensa y perdurable. Aquí dentro, el ya mencionado Rattlesnakes (1984) seguido por Easy Pieces (1985) y Mainstream (1987), corregido y remasterizado y aumentado con lados b, rarezas, versiones en directo, dvd con vídeos, póster, postales y un libro redactado con la colaboración de los involucrados para intentar narrar una historia rara de aquellos con el talento suficiente para ser superestrellas pero con el pudor excesivo y la incomodidad hipersensible para jugar el juego de las discográficas y productores y estrategas del marketing.

Sí, los chicos escoceses en la universidad de Glasgow Lloyd Cole y Neil Clark y Lawrence Donegan y Blair Cowan y Stephen Irvine pudieron –como Marlon Brando en La ley del silencio ser contenders y compañeros de ruta de gente como u2. El problema es que lo suyo no era para todos sino para algunos. Música para happy few y que no tenía nada que ver con lo que se hacía por entonces. Un disco sin latidos electrónicos o raros peinados nuevos pero ideal para jóvenes cultos y snobs con jerséis de cuello alto y parejas complicadas y muchos Penguin Modern Classics junto a la cama. Rattlesnakes sonaba y sigue sonando definitivo y en su punto y económico (treinta mil libras de presupuesto) y dueño un sonido propio que no dejaba de hacer guiños cómplices pero con la ceja enarcada. Ecos de The Byrds y Big Star y Lou Reed y The Kinks y Bob Dylan especialmente y una manía referencial solo superada por la de Franco Battiato o la de Quentin Tarantino. Nombres y más nombres en versos sueltos de un cantautor que ahumaba con cigarrillos franceses y brindaba con vino español y nos presentaba a chicas fatales “con pómulos como geometría y ojos como pecados”, que “se llevaban las valijas pero dejaban toda la ropa” y que siempre eran “demasiado bien leídas”. Nenas a las que se les preguntaba “¿por qué tienes que decirme todos tus secretos cuando ya es difícil amarte sin saber nada?” y que acaban partiendo en un 2cv. Sótanos y altillos y nombres: Eva Marie Saint, Norman Mailer, Greta Garbo, Renata Adler, Grace Kelly, Simone de Beauvoir, Leonard Cohen, Truman Capote, Marcel Proust. Todos están allí dentro como en una portada encriptada de Sgt. Pepper’s. Y todo esto produjo cierta irritación en los periodistas, porque aquí había llegado un tipo que “sonaba” como ellos pero encima de un escenario –¡lo mejor de ambos mundos!– y, para colmo, a la hora de las entrevistas Cole explicaba sin vacilaciones que “The Sea and the Sand” había sido inspirada por la lectura de Colina Negra de Bruce Chatwin, que “Down on Mission Street” era “consecuencia directa de una sobreexposición al primer Graham Greene”, y que la clave de “Rattlesnakes” estaba en “haber puesto a la protagonista de Una liturgia común de Joan Didion en el contexto de Play It As It Lays, también, Joan Didion”. Para cuando la gente de New Musical Express los acusó de poseurs y de “Country & Western Velvet Underground” ya fue demasiado tarde porque el mismo Cole se reía de sí mismo en “Speedboat” al cantar aquello de “Como no hay verdad absoluta que desvelar / Esto implica que no queda nada por descubrir / A nosotros los académicos no se nos desanima fácilmente / Ya sabes, Lloyd, que te puedes comprar tres frases ingeniosas por una libra.” Todo esto, también, les encantó a las juventudes en busca de algo especial. Y tuvo cierto éxito. Y, dicen, Rattlesnakes era el disco favorito del príncipe Andrew. Y fue esta especialidad –la sofisticación aristocrática cruzada con pub para bohemios– la que se continuó en el menos redondo y presionado por el éxito Easy Pieces y, cansados de sí mismos, en 1987 llegó el inesperado canto del cisne con algo de albatros: el dolido y agudo Mainstream. Tal vez el mejor disco sobre el fin de la adolescencia entendiendo por adolescencia eso que dura hasta los treinta años. Postales y despedidas para el disco del adiós: canciones sobre los papelones de aspirar papeles y pasarse de las rayas en discotecas y oficinas, sobre la vejez de los propios padres y la novedad enseguida rutinaria del propio matrimonio, sobre cumplir los veintinueve y asumir “que todo lo que hay que hacer es arrastrarse” para entrar en caja y en molde, de sentirse como Sean Penn (circa Madonna) sin serlo, de hacer el amor antes del divorcio, de llamar por teléfono al amigo de la infancia y encontrarlo y que nos cuelgue, de descubrirse tan insatisfecho en los tiempos de la nueva y gran peste, y de descubrir que para volver a empezar primero hay que sentirse acabado. Todo eso que ya estaba anunciado en Rattlesnakes cuando se nos preguntaba una y otra vez si estábamos listos para que se nos rompa el corazón. Y sangrar. Pocas veces alguien fue más felizmente triste. Y luego de eso, suele ocurrir, solo quedó separarse.

Desarmados The Commotions, la carrera de Cole –exportado a los Estados Unidos para ser una estrella y “hacer todo lo que no podía hacer con los tan reflexivos e intelectuales The Commotions; rock ‘n’ roll estúpido, por ejemplo”– fue un asunto raro. No es que sus discos fueran malos. Todo lo contrario. Pero hay artistas que nacen para ser cult y no religión y la furibunda “Downtown” se escuchó en el soundtrack de aquella película voyeur-perversita con Rob Lowe y James Spader y poco más. Y de algún modo, está muy bien que así sea. Allí, grabó varios discos triunfales sobre el fino arte de no ganar: Lloyd Cole (1990, también conocido como The x Album), Don’t Get Weird on Me, Babe (1991) y Bad Vibes (1993), funcionando como journals de un artista cada vez más desconcertado por los rascacielos de n.y. y las autopistas de l.a. y que finalmente, en “Can’t Get Arrested”, en el cruce de Sunset y Vine, solo sueña con volver a Londres y sacarse una foto junto a la reina. Y, en 1995 y de regreso en u.k., Love Story, que –con la ayudita de Neil Clark en la guitarra y con dos singles vintage, “Like Lovers Do” y “Sentimental Fool”– es algo así como el perfeco cuarto disco de The Commotions y donde Cole se hacía una pregunta terrible y desesperada: “¿Acaso no sabes que todo se oye más fuerte después de cortarte la oreja?” Después, Cole flirteaba brevemente con nueva banda en el 2000, The Negatives (donde destaca la casi confesión “Tried to Rock”), coqueteaba con el ambient (Plastic Wood y Etc. en 2001), mutaba a artista solista muy a solas con ese gran momento de Music in a Foreign Language (2003), y, a continuación, una palabra que lo dice todo: Antidepressant (2006). Después, en 2009, la propia caja de material de archivo (con el gran título de Cleaning Out the Ashtrays). Una de las últimas veces que lo vi en directo, en Barcelona, Cole venía subiendo desde Valencia donde también había ofrecido un concierto –él y su guitarra y nada más– y casi se había desmayado de furia al comprender que la mayoría de los asistentes “me habían ido a ver pensando que yo era Boy George, el cantante de Culture Club”. A partir de eso y de entonces, el crowdfunding como única estrategia posible para Broken Record (2010, donde se hacía comulgar a Scarlett Johansson con Henry Green y se reía de los gajes y gajos del oficio en “Writer’s Retreat”: “¿Con quién te acostaste en el retiro para escritores? / Sí, puedes escribir todo un libro mientras te vienes abajo / Pero yo me conformo con apenas una canción”) y seguir en el camino. Lo último hasta ahora, también financiado por su selecta y generosa fan base (yo contribuí) fue el tan brillante como muy decepcionado y algo furibundo contra todo y por todos Standards (2013). Cole comentó que pensaba dejarlo todo, pero escuchó el Tempest de Bob Dylan y le dio vergüenza quejarse. Así que sigue en lo suyo y este septiembre edita compilada su faceta electrónica junto al legendario Hans-Joachim Roedelius y sigue en tour por las suyas o con sus The Leopards, donde ruge el Blair Cowan de aquellos The Commotions.

Standards concluye con la muy dolida “Diminished Ex”. Pero antes, en el single “Period Piece”, se hace no las paces pero sí, al menos, las vencidas y convencidas treguas, y se alcanza ese lugar comunal, casi a pesar suyo, de un pasado mejor.

Y, claro, esos fueron los tiempos de Lloyd Cole junto a The Commotions.

En 2004, Lloyd Cole and The Commotions se juntaron para una breve gira por los veinte años de Rattlesnakes. Les fue bien pero, dicen en el libro que acompaña a estos Collected Recordings, les sirvió para acordarse de por qué se habían separado. Sencillamente, se cansaron de ser tan buenos en un negocio tan mediocre. Quedan sus canciones que no cansan nunca, que parecen nuevas. En una de ellas (“Perfect Skin”) se canta a la piel perfecta. En otra (“Jennifer She Said”) al arrepentirse enseguida de haberse hecho un tatuaje donde se jura en vano que el amor es para siempre. Entre una y otra, entre el principio y el final, en esta caja, se deja oír un formidable track desconocido hasta ahora. Se titula “Everyone’s Complaining” y arranca con un “Siempre está lloviendo en San Petersburgo”.

Dicho y hecho y cantado y leído.

Si de verdad quieres enderezarte, apóyate contra esta caja. ~